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¡72 febreros de inteligencia emocional!

¡Los dadores de mis días cumplen 72 años de casados! Sí, leyeron bien, mis padres Paquito y Josefa celebran HOY, martes, 16 de febrero su septuagésimo segundo aniversario de bodas. La tradición denomina los aniversarios entre los 70 a 74 años, como las bodas de titanio, un metal altamente resistente, cuyas aleaciones sobreviven el tiempo y no se corroen. Es un material tan fuerte que se utiliza para blindar buques de guerra, naves espaciales y hasta misiles. Así ha sido el largo matrimonio de mis progenitores, resistente al paso de los años y sobreviviente a todos los retos que impone una trayectoria de siete décadas.

Les cuento, a grandes rasgos, algunas de esas estaciones críticas de sobrevivencia. A poco menos de dos años de casados, al filo del inicio de la década del cincuenta, mis padres perdieron, a sus tres meses de edad, a su segundo hijo, Pascual Rosa Vélez. El pequeñín, quien según relata mami, era la viva imagen de papi, murió de complicaciones de neumonía. Esta pérdida se dio en el contexto de la Guerra de Korea, ya papi estaba inscrito en el servicio militar obligatorio del Ejercito de los Estados Unidos de América. Por bendición, en ese momento tan sensible estaba en entrenamiento militar local, y él mismo llevó la cajita de mi hermanito al cementerio. No hubo un funeral familiar, solo él y el sepulturero.

Con la huella de esa pérdida a flor de piel, el 26 de agosto de 1951, papi parte para Korea, a una guerra en la que los puertorriqueños estuvieron el frente de batalla, en su mayoría el Regimiento 65 de Infantería, conocido como los Borinqueeners. Estuvo 10 meses en el campo de batalla, sustentado por las oraciones y las cartas diarias que recibía de mami. ¡Vio la muerte de forma cercana a diestra y siniestra! Por muchas décadas, no habló sobre el tema. En ese momento no existía el término del Síndrome de Estrés Postraumático (PTSD), que luego se acuñó en 1980, y que una de sus manifestaciones es la evitación. ¡Con el rango de Sargento, sobrevivió la guerra y sus estragos!

¿Y saben quién más es veterana de guerra? ¡Mami! Era una jovencita, ya con una hija, (y la pérdida de un hijo), en la casa de su suegra, en Aguada. Ella venía de Maricao, así que no tenía a sus familiares cercanos. Fueron 10 meses de espera y oración para que su amado regresara sano y salvo.

Pasaron los años, estos retos fueron superados, constituyeron una familia de cinco hijas, yo soy la menor. Papi estudió electricidad y mecánica, eso lo abrió las puertas para trabajar en la otrora Central Coloso, donde llegó a ser el supervisor del Departamento de Electricidad. Laboró allí por décadas hasta su jubilación. En algunas ocasiones, papi nos llevó al interior del ingenio azucarero, y mi recuerdo es de un lugar amplio y oscuro con muchos metales, motores, bobinas, un caldero gigante y caliente, en fin, daba sustito. Era un lugar propenso para accidentes y muertes laborales. Recuerden que mayores criterios de la salud y seguridad en los empleos se establecieron con la llegada de OSHA, en 1971. Papi no estuvo exento a esta realidad, así que sufrió varios accidentes significativos. Además, lamentablemente presenció el accidente de un compañero que provocó su deceso por una caída. ¡Sobrevivió la Central Coloso!

¿Y saben quién más sobrevivió Coloso? ¡Mami! Mientras papi laboraba, ella era la cohesión del hogar. Ya más cimentada en su fe, a la que se arraigó cuando su esposo se fue a la guerra, sus oraciones por el bienestar de papi y la familia eran constantes. De hecho, por cinco años vivieron como esposos, cerca de la Central, pero fue mami la que tuvo la visión de que su ‘casita’ sería en otro lugar; y así fue.

Estas son solo algunas de las estaciones de desafíos de mis padres, que también incluyen la profunda tristeza del fallecimiento de mi hermana Chiqui, en el 2008, a consecuencia del cáncer, enfermedad que también sobrevivió mi padre.

Con tantos retos (los contados y los no relatados) ¿Cuál ha sido la clave de una sobrevivencia matrimonial de siete décadas?, le pregunté a mis padres.

“Con la ayuda de Dios, no hay otra clave”, dice mami. “Seguir hacia delante a pesar de las tribulaciones y enfermedades”, añade. “Mucha paciencia que nace del amor”, enfatiza. “Depositar en lo profundo del mar angustias y sinsabores. Imagínate que ni los científicos han podido llegar allá a esas profundidades”, afirma la dadora de mis días.

“El amor es primordial, si no hay amor, no hay nada”, expresa papi. “Ser dulce, no ser agresivo”, agrega.

El doctor John Gottman, psicólogo clínico, especializado en investigaciones sobre el matrimonio indica: “En los matrimonios más fuertes, esposo y esposa comparten un profundo sentido de significado. No solo se ‘llevan bien’, sino que también apoyan las esperanzas y aspiraciones de los demás y crean un sentido de propósito en sus vidas juntos. Cuanto más emocionalmente inteligente sea una pareja, más capaces estarán de entenderse, honrarse y respetarse mutuamente de esta manera… encuentran una dinámica que evita que sus pensamientos y sentimientos negativos sobre el otro (que tienen todas las parejas) abrumen a los positivos”.

“Un matrimonio feliz es un matrimonio emocionalmente inteligente. Incluye dos socios que están comprometidos con la conciencia de sí mismos y de los demás. Y cada uno de esos socios también tiene la capacidad y la inclinación para manejar su propio estado emocional y su impacto en el otro”, agrega Gottman.

En la sociedad de mis progenitores, en sus alegrías, tristezas, retos, aventuras, perdones, sueños, esperanzas, ilusiones, decepciones, siempre sobrevivió el amor. Ese amor resistente al tiempo, como el titanio, que nos lleva a celebrar: ¡72 febreros de inteligencia emocional!

Arte Kaliany Serrano Viera

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