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La inteligencia emocional no es racista

Celebro mis rizos autónomos y eléctricos como nubes de tormenta. Celebro mi mestizaje que, aunque en la escuela nos enseñaron que los puertorriqueños tenemos una mezcla de taíno, africano y español, una prueba de ADN amplió mis etnias. De acuerdo con los resultados de MyHeritageDNA soy 43.2 por ciento africana, con énfasis en Nigeria (16.1 por ciento). Esa parte no me sorprendió puesto que mi papá es de tez negra o como a mí me gusta llamarle para más precisión visual, marrón. La sorpresa fue en el porcentaje europeo. Mami es de tez clara en alguna tonalidad de crema. Su padre era blanco de ojos azules y su abuelo español. Por eso pensé que mi parte ibérica sería mayor, pero no fue así. De mi porción de 36.6 por ciento europea: 14 por ciento es italiana; 11.3 por ciento es inglesa (¡se imaginan!); 6.3 judía ashkenasi; 3.3 de la península balcánica y solo un 1.8 por ciento ibérica. Así que tal vez el abuelo español de mami era de ascendencia italiana/inglesa. Mientras, mi 19 por ciento indígena proviene de centro y suramérica. Mis abuelas, tanto la materna como paterna, tenían rasgos taínos con pelo lacio. Y para no dejarlo fuera, tengo un 1.2 por ciento de Melanesia, en Oceanía (y sí, tuve que mirar el mapa para saber dónde quedaba). De manera que, de la mezcla de mis padres y de la línea de todos mis ancestros quedé de piel azúcar morena. A mi afropuertorriqueñidad, aquí en mi isla le llaman: café con leche, trigueña, negrita, prieta o piel canela. Y si vamos a ser más específicos, de acuerdo con el proyecto Humanae de la artista brasilera Angélica Dass, quien pareó los colores humanos con la reconocida tarjeta de colores de Pantone, soy el P 62-6-C.

Conocí de la propuesta de Dass en el 2018, cuando fue reseñada en una edición del National Geographic titulada The Race Issue, en recordación del 50 aniversario del asesinato de Martin Luther King, Jr. Su proyecto me fascinó porque desafía el concepto binario racial de blanco o negro, al cuestionar los estereotipos que se asignan a la raza y al hacer un llamado a ver la esencia del ser humano en nuestra paleta de colores.

“Yo no conozco a nadie que es blanco o negro. ¿Por qué siguen describiendo a los seres humanos así? Las fotos las hago en un fondo blanco, cojo un cuadradito de 11 x 11 de la nariz, pinto el fondo y doy el nombre de una paleta de colores llamada Pantone. Utilizó esta paleta porque yo sé el número para el color blanco y yo sé el número para el color negro y, en ese proyecto que tiene cuatro mil retratos, yo no he sido capaz de encontrar ningún ser humano que se encuadrase en lo que era ese blanco y negro. Cuando la ciencia moderna deja claro que no existen las razas, ¿por qué seguimos definiendo a los seres humanos como blancos, negros, rojos o amarillos?”, relató Dass en la serie Aprendamos juntos del BBVA.

Su propuesta me hace reflexionar sobre el valor del ser humano desde su diversidad que incluye todas las características que nos hacen únicos, incluyendo nuestro color de piel o Pantone. Sin embargo, es muy triste, lamentable, sobrecogedor, y asfixiante, sí, asfixiante que, en el año 2020, todavía el color de piel defina privilegios, oportunidades, prejuicios, juicios, estereotipos, la vida y la muerte.

El asesinato de George Floyd, tristemente ejemplifica como el racismo o la anti-negritud, como lo han denominado los estudiosos en el tema, ha impactado las sociedades por generaciones. Esta conducta deplorable, que siempre ha existido pero que se ha exacerbado en los pasados años, tiene una larga y compleja historia. Su terrible génesis fue la esclavitud, abolida hace 155 años en los Estados Unidos de Norteamérica, pero que sigue dejando sus nefastos tentáculos a través de la discriminación.

Y muchos nos preguntamos, ¿a pesar de tantos avances en derechos humanos por qué el racismo sigue presente? En Estados Unidos, en el Mundo y sí, en Puerto Rico, ¿por qué hay tantas personas racistas? Sin duda, la contestación es difícil con un largo trasfondo histórico. Algunos estudiosos aseguran que es una conducta aprendida. Otros lo atribuyen a inseguridades. Todavía cohabitan entre nosotros, aquellos que rinden culto a una supuesta ‘raza superior’. Mientras, algunos psicólogos correlacionan el racismo como un síntoma de alguna enfermedad mental.

En una entrevista con el periódico The Washington Post, Jennifer Richeson, psicóloga social de la Universidad de Yale indicó que “a menudo suponemos que se necesita que los padres enseñen activamente a sus hijos para que sean racistas. La verdad es que a menos que los padres enseñen activamente a los niños a no ser racistas, lo serán. El racismo no es el producto de un corazón malvado profundamente arraigado que se cultiva. Proviene del medio ambiente que nos rodea”.

Precisamente, en ese medio ambiente que nos rodea a cada uno de nosotros, desde nuestro color, identidad, género o raza -de las formas que nos han definido- es que podemos hacer la diferencia en fomentar mentalidades antirracistas. Uno de los pasos es cultivando la inteligencia emocional, ese nivel de conciencia plena que nos ayuda a percibir, valorar y gestionar nuestras propias emociones y las de los demás. La inteligencia emocional es una herramienta para fomentar, entre otros aspectos, el autoconocimiento, el autocontrol y la empatía, habilidades fundamentales para crear contextos, culturas y sociedades libres de la pandemia racial. Los autores de este concepto, los doctores Peter Salovey y John Mayer, aseguran que ‘la inteligencia emocional se refiere a un pensador con un corazón que percibe, comprende y maneja relaciones sociales’.

¿Qué más podemos hacer para erradicar el racismo? ¡Hablemos sobre el tema! La intersección histórica de indignación nos abre la plataforma para conversar y entender más sobre un tópico doloroso, pero que necesita ser discutido. Temas pertinentes para nuestra isla son: la invisibilización de las comunidades negras puertorriqueñas, la perpetuidad del lenguaje racista, la falta de material educativo representativo de nuestra afrodescendencia, la falta de representación de personas negras en los foros que toman decisiones, sin contar las microagresiones raciales nuestras de cada día, por lo solo mencionar algunos asuntos puntuales que nos evidencian que, aún dentro de nuestro mestizaje, existe el racismo en nuestra isla.

Promulguemos una crianza, educación, cultura y sociedad antirracista. “La belleza del antirracismo es que no tienes que fingir que estás libre de racismo para ser antirracista. El antirracismo es el compromiso de luchar contra el racismo donde sea que lo encuentre, incluso en usted mismo. Y es el único camino a seguir”, expresa la escritora norteamericana Ijeoma Oluo, autora del libro So You Want to Talk About Race.

¡Necesitamos más pensadores con corazón empático! ¡Abracemos la diversidad! ¡Disfrutemos nuestro mestizaje! ¡Celebremos nuestros multicolores! Usemos la inteligencia emocional para crear espacios de diálogo y soluciones porque la inteligencia emocional no es racista.

Arte Kaliany Serrano Viera

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