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Me robaron y confiaba en ellas

Eso me narró un médico con quien me crucé hace unos días, en una de esas conversaciones que comienzan en un lado y cogen otro rumbo.  Terminó  contándome con pena evidente como sus empleadas de confianza le robaron. No cualquier empleada  sino unas de confianza, de muchos años trabajando en su oficina.

Su rostro –el del doctor-  reflejaba que aún le costaba creer lo que me compartía. El narrativo también a mí me consternó y me vi haciéndole las mismas preguntas una y otra vez como tratando de entender el perfil de alguien que puede incurrir en esa conducta; la de robarle a quien le da trabajo, a quien le ha brindado su confianza.

Otro amigo empresario me contaba como prestó un dinero –varios miles- para ayudar a una persona “de confianza” y todavía no se los regresa y lo peor me decía “ni siquiera me ha dado cara para justificarse”.

Soy de otro siglo lo sé, de otra generación donde el valor del trabajo y el respeto hacia quien nos  apoyaba –sea ofreciéndonos trabajo o en cualquier gestión de la vida- se agradecía con un sentimiento permanente de lealtad.  Una época donde se guardaba respeto por la mano que se nos tendía sin importar que se nos pagara un salario alto o bajo por el trabajo realizado. Sin importar si eventualmente se tomara otro rumbo,  no se traicionaba esa confianza  con chismes, calumnias y mucho menos con robos.

Pero cambiamos de siglo y ya hay generaciones completas que han crecido en medio de una cultura empobrecida de valores donde el robo, la corrupción, la estafa, la mentira han ido creando un nuevo código moral que ha empañado el sentido ético.

En una sociedad donde permea el truco, el sacar ventaja a como dé lugar con tal de mantener el estilo de vida que dicta la sociedad, no puede esperar honestidad, verticalidad y lealtad de su gente. De momento pareciese que está bien apropiarse de lo que se pueda sea dinero, materiales, equipos, información hasta la misma identidad de otros. Ni hablar de los famosos “pillos” o instalaciones para robar agua y luz. No se vale justificar estas acciones con la crisis de la economía o la injusticia del sistema, cuando en el fondo son acciones que nos denigran como personas y van alterando el sentido de dignidad en las personas.

Es necesario seguir creando espacios donde se eduque para vivir  desde la ética. Los jóvenes necesitan ser parte de experiencias donde se modelen valores.  Es nuestro deber ayudar a las nuevas generaciones a limpiar esos esquemas que se nos van instalando donde el bien es relativo al gusto y el gusto es válido alcanzarlo por encima de todo.

Este espacio con el doctor me sirvió para detenerme un momento a revisar si yo también estoy robando.  Me llevó a reflexionar  que si no cuidamos las convicciones podemos terminar contagiados con este virus epocal. Creernos que está bien cosas tan simples como robarnos una luz roja en un semáforo, llegar a tarde al trabajo o  hacer mal uso del tiempo por el que se nos paga, apropiarnos de cosas que no nos pertenecen sea dinero o materiales.

Ya sé que soy de otro siglo, pero hay cosas que nos hacen plenamente humanos y otras que nos secuestran la dignidad no importa en cual época vivamos.

(La autora es Trabajadora Social y  Directora del Instituto para el Desarrollo Humano a Plenitud de los Centros Sor Isolina Ferré, empresa social que se dedica a la sanación interior  y la formación sico-histórica-espiritual mediante Talleres de Crecimiento Personal.)

lortiz@csifpr.org

https://www.facebook.com/InstitutoParaElDesarrolloHumanoAPlenitud

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