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Se acabó la Pascua

Pareciera que sí, que al igual que cualquier día feriado se acabó el evento y vamos para lo próximo -madres, graduaciones, vacaciones- en esta época que se devora el tiempo y las vivencias. Pero en realidad la Pascua litúrgica, la que va más allá de los huevitos y conejitos, dura un periodo de cincuenta días. Es un tiempo que nos repasa y recuerda uno de los misterios más grandes de la humanidad donde se nos dieron –a mi modo de ver- las mayores  lecciones sobre el amor y el modo al cual estamos llamados a vivir.

El día de resurrección repasaba los últimos  acontecimientos mientras caminaba por la costa.  Pensé en la matanza de Kenia, los jóvenes intoxicados en las playas de Puerto Rico, la quiebra criolla.  Al mismo tiempo iba observando la inmensa línea de autos dirigiéndose a las playas, quioscos y lugares de recreación en esa infinita ansia de pasarla bien que vivimos por este lado del mundo.

Esa mañana leí un escrito de un jesuita, quien desde tierra de misión  exhortaba a cambiar la pregunta que solemos hacernos ante los eventos fatídicos: ¿Dónde estuvo Dios en medio de las matanzas de Kenia, Ayotzinapa y las cientos de desgracias que vive la humanidad?  El cura invitaba a preguntarnos: ¿qué estoy haciendo yo? ¿Dónde estoy yo ante lo que vive la humanidad?. Es decir, invitaba a no seguir poniendo a Dios como pretexto ante eventos que corresponden a la irresponsabilidad humana.

Mi caminata de ese domingo de resurrección estuvo enmarcada por esas simples pero profundas preguntas que debemos hacernos con cierta regularidad, para atemperar los actos con lo que predicamos.  Creo que hay una nueva historia naciendo en medio de nosotros y hay muchas posibilidades, pero hacen falta manos, voluntades que desde el  lugar donde nos toca demostremos que creemos en la Pascua.  Cada quien desde su propia realidad: ayudando a los vecinos, atendiendo a los ancianos, siendo honrado, deteniendo la violencia en todas sus formas etc.  Atrevernos como lo está contemplando el Dr. Vargas Vidot a entrar en espacios políticos y sociales que necesitan nuevas voces para representar al pueblo. Atrevernos a cuestionar lo que sigue oprimiendo, asfixiando y marginando a los empobrecidos. Creer que, por pequeño que sea, hay algo que cada cual puede hacer para demostrar que es posible un mundo de justicia y amor.

¿Por qué hacerlo yo si a los que le toca no lo hacen? Simplemente porque si no lo hacemos, el rumbo de todos se seguirá viendo amenazado. Porque no debemos dejar que unas minorías pongan en riesgo la supervivencia de toda la humanidad. Pero más aún porque la plenitud humana solo se alcanza cuando se vive haciendo el bien.

Una hermosa flor blanca, abierta en medio de mi caminata me detuvo para mostrarme su respuesta.  Ella sin obligaciones, reclamos ni exigencias estaba cumpliendo su papel para mantener el equilibrio universal.  Abrir sus pétalos blancos, regalar su aroma y ofrecer su belleza en medio de una zona árida.   Quizás esa sea la pregunta que debemos hacernos en este tiempo de Pascua, ¿Cuál es el lugar que debo ocupar para que nuestro mundo siga resucitando a la vida, a la belleza… al amor.

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