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Semana Santa en la brega

Llegan los días de la llamada Semana Mayor. Días en los que los creyentes celebramos el acontecimiento mayor del cristianismo; la pasión y resurrección de Jesucristo. Más bien lo que se celebra es la resurrección, el paso de la muerte a la vida. La certeza de que la muerte, la violencia, el odio serán vencidos por el amor -que vino a enseñarnos el maestro- aunque paradójicamente haya que dar la vida. Lo que se renueva en estos días es la invitación a la que todos estamos llamados no importa la religión o credo, a vivir según el orden en el que fuimos creados; por y para el amor.

A los que nos toca vivir el evangelio en las calles y en la brega en medio del sistema según nos enseñara Sor Isolina Ferré, esta semana tiene un sentido muy particular. Nosotros celebramos la experiencia de ver al pobre resucitar desde las  tantas injusticias que a diario se viven en nuestro país. Vemos el rostro del Cristo en cada joven, en cada adulto que se redescubre y emprende el  rumbo hacia la plenitud. Podemos ver en lo pequeño y en lo que parece imposible, el renacer de un nuevo  mundo desde la experiencia del amor.

He sido creyente desde que en mí nació la conciencia, pero ha sido la calle, la brega, la gente los que me han dado las mayores lecciones teológicas que me hacen creer en la presencia de un Dios que es amor, y que está en nosotros.

Un Dios que nace y renace, que muere y resucita cada día en las acciones de mucha gente de buena voluntad que hacen de sus días un canto al amor, al servicio,  a la entrega a los demás. Mucha gente que no reza el Padre Nuestro pero saben sacar el pan de su plato para compartirlo con el otro, que dan techo al que perdió su casa o empleo. Gente que practica la honestidad, el bien y la verdad por encima del andamiaje de corrupción y “truqueleria” que puebla la Tierra.

¿Qué si voy a ir a la iglesia en esta semana? Claro que sí. Pero no voy a llorar al lado de la cruz, voy a celebrar al lado de la tumba vacía lo que vivo cada día.  Voy a dar gracias por la resurrección que se sigue viviendo en nuestros pueblos, por los pasos de liberación que siguen brotando desde el despertar de la personas. Voy a la iglesia a pedir para que los otros también resuciten, los que se roban el sustento de los trabajadores. Los que malversan y amontonan a costa de los pobres. Los que siguen devorando el planeta en un ansia desmedida de poder y riqueza que nos mata a todos incluyéndole a ellos.

La invitación -a mi modo de ver- es a que de algún modo en esta semana podamos conectar con nuestra santidad, con nuestra divinidad. La invitación es a que no pasemos estos días  solo como días de culto y golpes de pecho, que no pasen  estos días nada más como unos de sol y playa. Si no que podamos preguntarnos qué me acerca más a lo que transforma, a lo que resucita. Qué me hace más libre para ayudar a liberar a otros. Qué puedo hacer para que la vida siga resucitando, para que la naturaleza siga reviviendo, para que los empobrecidos encuentren su lugar en un sistema económico que los ha excluido y estigmatizado.

Que esta Semana Santa la podamos vivir en el templo, en la calle, en la brega diaria. Sobre todo que nos demos cuenta que todos los días hay resurrección y a pesar de los tentáculos de la opresión la seguirá habiendo. Que podamos reafirmar la santidad que hay en nuestro manantial y podamos crecer a nuevas prácticas que nos acerquen a la civilización del amor que seguimos soñando.

lortiz@csifpr.org

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