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La solidaridad en tiempos de chikungunya

Cada día estamos más atrapados como sociedad. A cada paso seguimos leyendo y escuchando toda clase de situaciones que apuntan a una desigualdad e injusticia cada vez mayor en el orbe y en Puerto Rico corremos tras los primeros puestos en muchas que siguen agobiando a nuestra gente. Me contaban hace poco de un vecindario donde cortaron la luz a más de 25 personas por falta de pago. Las quejas de los costos de estos servicios básicos se escuchan casi como un nuevo lamento borincano que ahoga a las familias. Toda clase de historias de tarifas absurdas donde pareciese ser que vamos hacia una era de tinieblas y sombras. Servicios más costosos pero más ineficientes.

Y para colmo ahora un nuevo sistema de multas en los semáforos que nos lleva a preguntarnos sobre la efectividad de ese nuevo invento. Para quienes hemos recibido multas de pueblos de la isla que jamás hemos visitado o una denuncia por un millaje excesivo marcado en la maquinita que tienen las patrullas, cuando se transita por una zona donde no es posible pasar de 50 millas, nos surgen mil dudas sobre cómo se nos garantizará la transparencia de ese proceso. 

Pero ahí vamos todos,  vigilados y atrapados por las cuatro esquinas. Manipulados por un sistema que va más allá de los gobiernos aunque los éstos lo respaldan y perpetúan. Atrapados por la globalización y las multinacionales dirían algunos, a mí me parece más bien que estamos atrapados por la ambición desmedida y el egoísmo rampante que se ha filtrado como el mosquito del  chikungunya y no hay vacuna que lo acabe.

Yo sigo apostando al amor como única respuesta es una frase que desde hace varios años le da sentido a mi caminar. El amor, esa expresión que brota de la bondad humana y trasciende los esquemas de una sociedad llena de injusticias. El amor, esa forma particular de los humanos de convertir en milagro el barro. Creo que el amor es lo que nos salvará. Son muchas las historias que veo a diario de gentes ayudándose, compartiendo vehículos, alimentos, apoyándose en medio de la crisis. Nuevas acciones y prácticas que desde la periferia ya van reconstruyendo el tejido social y dando paso a nuevas respuestas a los males que nos aquejan.

Creo que tarde o temprano el amor  ablandará las consciencias de quienes teniendo los medios y pudiendo hacer algo por las desgracias del mundo siguen acumulando y mirando hacia otro lado mientras el dolor carcome a tantas vidas. 

Ese amor lo he visto en marcha en medio de la epidemia del chikungunya.  Las mil formas como la gente se solidariza ante el dolor y la enfermedad. Hace unos días  yo misma sentí que me agarraba alguno de esos virus que me retuvo en cama en contra de mi voluntad. Fueron impresionantes las muestras de afecto y solidaridad que recibí de personas de aquí y de otros lugares. Toda clase de recetas, consejos, mensajes de ánimo que elevaron mi alma para no dejar que el principal enemigo de la vida me atacara: el pesimismo, el negativismo, la derrota en este caso ante la enfermedad.

Estando en cama pensaba en que ciertamente nuestra sociedad está enferma, de muchas maneras enferma. Pero mientras en el alma humana el amor se pasee, mientras siga anidando esa fuerza capaz de hacer el bien aún en los peores escenarios, habrá esperanza para la humanidad.  La llegada del chikungunya al igual que muchas de las crisis de estos tiempos nos ha permitido reafirmar el buen espíritu del puertorriqueño. Ese que no permitirá que ni los mosquitos, ni los que perpetúan la inequidad acaben con lo más valioso de la humanidad; la vida misma. 

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