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El rostro del amor que siempre es nuevo

Su papá murió hace  unos doce días, y a pesar del mar que nos separa he sentido muy cercano su dolor.

La conocí en aquella guagua donde por cuatro horas viajamos juntas de una ciudad a otra en la República Dominicana, allá para el mes de abril. Eurídice se llama, una mujer joven, hermosa y solo compartimos juntas ese breve espacio de nuestras vidas. Espacio en el que alcancé a decirle: “tengo un blog en un periódico de Puerto Rico y voy a escribir sobre esta aventura”, refiriéndome a la experiencia de viajar en esa guagua con cabida para 40, pero donde íbamos casi sesenta con bultos y toda clase de artículos. 

Meses después, para mi sorpresa, alguien escribió en mi Facebook preguntando si había redactado el escrito de la guagua y resultó que fue esta compañera de viaje, que gracias a la cercanía de las redes sociales me había localizado.

Recuerdo que durante el viaje me compartió, como si nos conociéramos de  toda la vida, sobre la enfermedad de su papá ya anciano y cómo ella estaba dedicando su vida a cuidarlo. Iba muy preocupada de llegar rápido a la capital, pues en esos días se había puesto mal de salud. Me habló de cómo había dejado otras actividades para dedicarse a esta tarea que más bien parecía ser algo que la llenaba. Recuerdo que cuando se bajó de la guagua, en una luz de la capital, solo alcancé a decirle: “que tu papá se mejore”. Grabé su mirada que reflejaba agradecimiento por la solidaridad de una extraña que ya era cercana.

En estos días al sentir su tristeza desde la distancia han venido a mi mente otras personas cercanas, que como ella, han perdido a sus seres queridos en los últimos tiempos. Personas en las que he visto un don especial para el cuidado y acompañamiento de sus familiares hasta ese momento del paso final por este espacio terrenal. 

Creo que hay un don particular, un amor especial que no todos tienen. Un don que es paciencia, consuelo, sacrificio para estar presentes en el camino de la enfermedad y hacia la trascendencia. Personas que tienen una particular sensibilidad para cuidar la vida. Ella es una de esas personas que con su actuar ofrece lecciones de humanidad, de un amor que es permanencia sobre todo en los momentos duros del caminar. Un amor que cuida de la vejez cuando hay tantas personas abandonando a sus familiares ancianos o cuidándolos con recelos y quejas.

En días que la muerte sorpresiva de personas como Robin Williams nos ha consternado y nos cuestionamos las soledades, las depresiones, la falta de amor que llene de sentido la vida, a mí me invade la esperanza al ver que existen personas como Eurídice. 

No sé si llamarla amiga, pero creo que sí, que cuando el amor se asoma en medio de un encuentro se regala la fraternidad,  la amistad.  La amistad que nos da lecciones, que nos salva de la indiferencia y nos muestra cómo ser mejores personas. Desde la distancia acompaño a esta amiga en su duelo, al igual que a otros amigos y amigas que en este tiempo han perdido a sus seres queridos y me han mostrado el rostro del amor que siempre es nuevo.

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