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Reflexiones en tierra de Misión-El Pueblito Fantasma

¿Dónde está la gente? ¿Hay habitantes en este lugar? fueron mis preguntas al llegar a SanMartín -un pueblito como a tres horas de Puebla en México- luego derebasar ríos y llanos pedregosos llenos de un polvorín que semetía sin piedad dentro de la camioneta de mi amigo cura. Al llegaral lugar- como parte de una experiencia de misión en semana santa- no alcanzaba a creer lo que veían mis ojos. La calle de entrada alpueblo era desértica, no había ni un alma. Al llegar a la iglesialugar donde ofrecería una conferencia a los jóvenes vino a mi mentela imagen de los pueblos fantasmas de las películas del lejanooeste, en los que se veían las hojas arrastradas por el viento encalles vacías y desoladas.

Nos fuimos con ellíder del pueblo a visitar las casitas para buscar a los jóvenes,hora y media después de lo programado comenzó el encuentro con unos15 que se fueron convirtiendo en 25 niños, jóvenes y adultos en lamedida que las risas por las dinámicas iban llenando el ambiente.

Allí con los jóvenesme enteré porque el pueblo parece desolado. La mayoría de los hijosde San Martín andan buscando una mejor vida en el norte o en otrasciudades del país. Y quien no -me preguntaba al ver aquellascondiciones de vida- que ni eran condiciones ni eran vida. Unacaminata de al menos dos horas para llegar al pueblo más cercanopara surtirse de los abastos. Tierras secas donde las siembras demaíz -principal alimento- sobresalían milagrosamente. Casitasrodeadas de una pobreza estremecedora. Y la tristeza, la tristeza quese percibía en los rostros. La del abandono de los padres, hermanos,tíos, amigos que se fueron pal norte a probar suerte. Casi todas lasfamilias tenían algún familiar en los Estados Unidos. Hace pocohabian enterrado a uno de 20 años que regresó muerto tras una caídaen el lugar del trabajo. Todo el pueblo lloraba esta muerte. Semanasmeses años sin ver y a veces sin saber de sus seres queridossentenciados a la huida de su hogar ante la falta de oportunidades ensu tierra, una donde por cierto hay gran abundancia de riquezas.

“En este pueblo nohay trabajo”, me decía una señora que se integró a la actividadcon los jóvenes. La mujer que se cubría con una manta su cabeza nosé si para taparse del calor o del polvo me comentaba “aquí los jóvenes no tienen futuro, a las niñas solo les tocaencontrar un buen esposo que las mantenga”. Precisamente niñasmadres vi muchas por los distintos pueblos que visité. Niñas quepasan a la vida adulta de un tirón en búsqueda de alimentos ycobijo y se encuentran con las mismas condiciones de pobreza y peoraún que las que tenían en sus hogares.

Porotro lado pude percibir las ilusiones y gran bondad en alma de estosjóvenes, increíblemente mucha más que las que a veces encuentro ennuestros jóvenes puertorriqueños. Agradecimiento por lo que tienen,por el que llega a compartir con ellos, apertura para dar de lo quetienen aunque sean algunos frutos de la tierra -uno de ellos meregaló un limón-. Abrazos, sonrisas, juegos, inocencia de esas queya no abunda en lugares donde la abundancia material anestesia lobásico del ser humano. Y sobre todo allí en aquellos jóvenes queluego no se querían ir de la plática pude ver los grades deseos desuperación, de estudiar, de abrirse un camino distinto, laesperanza de que lleguen oportunidades a su pueblo para una mejorvida sin tener que irse.

Y salí de allípreguntándome que podríamos hacer por estos jóvenes, los quevivimos en el norte incluyéndonos, pues ellos nos incluyen. Los quevivimos en la abundancia por más recesión que tengamos, encomparación con aquellas tierras. Salí preguntándome que podríamosdar de nuestro tiempo, bienes, oraciones y acciones para que este ytantos otros pueblos dejen de ser fantasmas y tengan la vida digna yhumana a la que todo ser humano tiene derecho.  

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