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De frente o de espalda a la Semana Santa

Otra vez, un año más, otro espacio para detener la marcha, quizás más obligados por el cierre del comercio que por la fuerza de la espiritualidad, pero un tiempo más para mirar al interior. 

Ya muchos planifican sus viajes, visitas a la playa, espacios de esparcimiento. Otros piensan en las famosas películas de la época de Jesús.  Otros  buscan dónde visitar el Viernes Santo algún templo o alguna procesión ante la creencia de que el corazón de la Semana Santa está en el viernes, con la caminata detrás de la cruz del Cristo. Cuando todo se trata de la Resurrección. 

En estos días he hablado con personas que -al igual que yo- tienen ansias de encontrarse con la trascendencia, con el significado de este tiempo que desde hace mil años es parte del acontecer de los pueblos en distintas manifestaciones.  

En un tiempo en el que los signos de la esperanza, los signos de lo trascendente se entremezclan con injusticias cada vez más descaradas y absurdas, en una época donde el amor se reduce a gestos pintorescos,  hollywoodenses,  donde al menor desvarío cada cual da la espalda y sigue su camino. Donde pocos apuestan al amor como respuesta que abre nuevos senderos de justicia y bien.

De pronto la cruz frente a nosotros, no como un signo de muerte sino como signo de vida, de libertad. Pero ¡cuánto nos cuesta verlo!, pues nos hemos creído el cuento y vivimos como locos buscando un Disney  interior y exterior que no existe. Vivimos aspirando a una felicidad superflua basada en tener, en acumular, en pasarla bien, en controlar todo, evitando a toda costa el dolor.  Nada manos que una definición irreal de la felicidad que nos sigue llevando por sendas de oscuridad interior.

La cruz,  sin embargo, en este tiempo se nos presenta como signo de salvación, de trasformación, de liberación. Y me perdonan si no soy muy teológica y planteo la cruz desde la realidad humana. La cruz es todo aquello que nos quita la vida, los egoísmos, la falta de solidaridad, la mala distribución de los bienes, el hambre, la violencia, la injusticia, en fin, todo aquello que como personas y como naciones nos desvía de la razón de ser para la que fuimos creados.   

La cruz -he descubierto- es el camino que hay que transitar, que hay que atravesar para llegar a la plenitud, para descubrir lo que verdaderamente da la felicidad al ser humano, eso que -por cierto- trasciende la creencia materialista de que el tener es lo que nos realiza.

En mi caminar, la cruz han sido tantos momentos de oscuridad y dificultad en los cuales he salido crecida. La cruz han sido situaciones -como el cáncer- que me han permitido ver otro sentido de la vida. La cruz han sido esas luchas que he dado para que aquellos que me rodean tengan mejores oportunidades. 

Con cada Semana Santa, los creyentes descubrimos cómo se nos regala un modelo a seguir en la persona de Jesús. ¿Cómo? Asumiendo las cruces, denunciando las injusticias, sanando a los enfermos, aceptando a todos con sus diferencias, haciendo el bien. 

Hacia el final, Jesús asumió la muerte para demostrar que la vida era mayor. Recuerdo muy bien las palabras del Dr. Vargas Vidott, cuando en una ocasión compartíamos  la inquietud ante la situación del narcotráfico en Puerto Rico y me hablaba de su misión en los hospitalillos y calles de Rio Piedras. 

Me decía con gran seguridad: “Lourdes tenemos que plantearnos si vale la pena morir por ellos, para darles vida, para que encuentren su oportunidad”. 

Nos miramos profundamente y -sin decir palabra- coincidimos en ese sí que tantas mujeres y hombres puertorriqueños conocen de dar la vida por los demás.  En un instante pasaron por mi mente los muchos rostros que he visto encaminarse a una nueva vida dejando atrás las cruces que los mantenían atados al pasado, a la injusticia, a la falsedad.

De esto se trata la Semana Santa, de descubrir que en medio de cada espacio cotidiano donde hay lucha, dolor y dificultad, también hay posibilidad de cambio, de crecimiento, de restauración. 

La Semana Santa nos da un espacio para transformar aquello que nos sigue alejando de nuestra plenitud, aquello que nos mantiene centrados en el egoísmo y nos aleja de buscar el bien para los que nos rodean. 

Ojala más personas se congregaran en las iglesias nos solo en Semana Santa.  Ojalá más personas se congregaran allí donde elijan pasar su semana santa y que en medio de la playa, los paseos y el descanso pudiesen detener unos minutos la marcha para preguntarse “cómo puedo amarme más a mí mismo y cómo amar más a aquellos que me rodean, cómo puedo vivir la vida desde esa dignidad con la que fui creado”.

Luego de la cruz vino la resurrección, y es lo que deseo para cada hermano puertorriqueño, la resurrección, el renacimiento a la vida abundante, al manantial de positividad que habita en nuestro interior, que nos conecta con la espiritualidad y el amor  de donde brotan todas las posibilidades de una vida y un mundo más humano.

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