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La transparencia de aquellos ojos juveniles

Eran seis hombres jóvenes y guapos. De momento, captaron mi atención, aun más que las palabras de quien -con gran entonación- trataba de provocar una reflexión sobre la justicia y el respeto a la dignidad. Por un momento divagué en cuestionamientos sobre esas seis vidas, en tiempos donde la iglesia está atravesando un paso por el desierto.

Eran las siete de la mañana de un domingo, único día en el que muchos pueden alargar un poco el sueño cotidiano. En medio de la celebración de la misa matutina a la que en ocasiones acompaño a mi madre, llegaron los seis y subieron al altar con el cura. Eran seminaristas.  Sí, esos que eligen discernir y prepararse para asumir una misión como sacerdotes de la iglesia católica.

Me pregunté qué los habría conquistado como para dejar la buena vida juvenil, el jangueo y el culto a la comodidad en los que vivimos en estos tiempos, qué motivación podrían tener para seguir un camino largo y lleno de renuncias en medio de todos los cuestionamientos que resuenan sobre la iglesia y los curas. 

Sus rostros y voces juveniles, esos rostros que conozco tan bien, se convirtieron en prédica en aquella mañana de sol con lluvia.  Alguno que otro tuvo la oportunidad de expresarse y pedir al pueblo que los ayude en el camino de discernimiento. Con ese convencimiento e impulso juvenil, hablaron de su caminar y el deseo de que otros chicos y chicas se unan a descubrir qué desean ser en la vida. Exhortaron a los jóvenes -y los no tan jóvenes-, a buscar el encuentro con su verdadero lugar en el mundo desde donde se alcanza la felicidad. Me impresionó la fuerza de sus voces, la sinceridad de sus sonrisas y miradas.

Entonces, así como soy de soñadora -y mientras el padre seguía con su prédica- visualicé a los amigos curas que han caminado a mi lado. Los imaginé a todos allí, al lado de estos jóvenes que inician un camino, que para algunos de mis amigos ya va por las bodas de plata. Allí los vi, unos con sus sotanas blancas o negras, otros con esos cuellitos blancos llamados clericales, otros en chancletas, mahones, tenis, con barbas, bigotes, pelos negros y blancos.

Contemplé a cada uno en su campo de misión: entre los campesinos e indígenas pobres de Latinoamérica, en parroquias de aquí y de lugares pudientes en Europa, en universidades, escuelas, centros de desarrollo humano, en barrios extremadamente pobres o en lugares muy cercanos al papa Francisco. Pensé en las cervezas que hemos compartido, en sus misiones, desvelos, soledades, alegrías y en las muchas vidas que -me consta- han sido guiadas hacia la plenitud por ellos, mis amigos curas.  

Vi a todos esos seres que han acompañado -de diversos modos- mis pasos por la misión en la que he trabajado, recibiéndome en sus casas cuando he necesitado albergue o cuando he querido simplemente visitarlos. Que me han escuchado y orientado sobre los muchos “pugilatos” que cargo, los míos, los del mundo, los de la Iglesia. 

Allí pedí por todos ellos y pedí también por los otros, esos que han errado en el camino y han lacerado el principio más fundamental de la fe: el respeto a la dignidad de todo ser humano. Los que han abusado de menores, mujeres, hombres, del poder, del lucro; los que han confundido lo que significa amar y servir en todo.  

Los rostros de los jóvenes aspirantes, al igual que los de mis amigos curas, me hablaron de humanidad, de compromiso, de búsqueda de bien, de esa civilización del amor con la que aprendí a soñar desde hace mucho. Pero sobre todo, en ellos vi el rostro de la transparencia, ese que hay que mostrar ante lo que está pasando en Puerto Rico y más allá. El rostro de la verdad sencilla, de lo que se es y lo que es. Un rostro que defienda y proteja la dignidad de los que sufren, que denuncie proféticamente lo que atente contra la verdad y la justicia. 

Salí esperanzada de que esa transparencia que vi en aquellos ojos juveniles será luz junto a la voz de lo alto y de lo bajo que el papa Francisco ha escuchado claramente, voz que pide con urgencia una Iglesia renovada que no le tema a los líos.

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