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El amor que quiere ser celebrado

Si no lo cultivas se muere. Frase que me decía un amigo, hace muchos años, para describir cómo lo que se había construído en una relación en años se podía venir abajo en un instante si la misma no se cultivaba, si no se abonaba. Así describía la constancia que requería el amor para que mantuviese el ciclo de vida al igual que un jardín. “Si no lo cultivas, se extingue, se muere”, me decía con total convencimiento.

El amor es relación, es una opción de vivir la vida en el encuentro con el otro, desde una donación y búsqueda del bien.  Reflexionando la manera en que los maestros de la historia han amado, aún desde visiones y credos diversos, he visto que en ellos ha habido un denominador común. Ponerlo todo, perseverar, atreverse a dar hasta la vida misma por lo amado.

Reconozco que he caminado largas rutas en esa búsqueda de amar. Cuestionándome cómo ir más allá de la cortesía que vivimos, a veces hipócrita, de compartir en encuentros sin sentido, del ir y venir de las relaciones supérfluas. Cómo romper los esquemas instalados de que es peligroso exponerse demasiado. Cómo derrumbar las corazas donde nos protegemos y separamos de los demás para evitar que nos lastimen. 

He descubierto que el viaje encierra  heridas ante las  falsas ideas y temores que cargamos, que nos hacen sospechar de cuanto nos rodea. También, que se laceran las relaciones cada vez que en un intento de vivir la cercanía profunda, se confunden los propósitos del amor con las carencias afectivas que muchas veces cargamos. 

En este viaje he visto la diversidad y grandeza de las expresiones del amor, y he aprendido que hay que celebrar cada paso que los humanos logramos dar en el amar y ser amados. He descubierto que amar tiene que ver mucho con alegría y sencillez, con aceptación incondicional, con perdón, gratitud y entrega, pero sobre todo con apertura del  propio ser y acogida del don del otro. He ganado amigos, desde la sencillez de un café o la ternura de un beso. Desde el compartir las lágrimas en un encuentro fraterno, hasta el caminar paso a paso la vida misma. 

Y por qué no, también me he preguntado si vale la pena morir por amor. Si vale la pena seguir la apuesta ante los desvaríos de un camino que muchas veces es contracorriente. 

En estos días, me cuestionaba algunas de mis certezas sobre el amor. Como suele ocurrir en mis momentos de dudas, las respuestas llegaron en un encuentro inesperado.  Una persona que no sé si descubrió en mi mirada lo que no dije, se plantó frente a mí y no paró de hablar, mientras, se me desorbitaba el corazón al escuchar cosas que no pregunté. Me dijo que no hay vocación, ni persona que sobreviva sin relaciones íntimas. Definió la palabra intimidad como la apertura total a que el otro entre a nuestra vida hasta las últimas consecuencias. Me dijo claramente que si se imponen límites a la apertura, a la entrega, se  imponían  límites al amor que los ha superado todos.  

Traspasó con una franca sonrisa todos mis temores a los apegos, los apasionamientos con que a veces contamino mis intenciones, los errores a lastimar o ser lastimado. Derrumbó los fantasmas de mis miedos crecidos ante fracasos en el intento de amar o acompañar en el amor. Y me explicó con total serenidad, cómo hay que estar dispuesto a todo lo que venga acompañando la experiencia de amar incondicionalmente. Pues el amor mismo buscará las respuestas de bien a los momentos inciertos con fines altos. 

Allí sentada frente a este rostro humano, entre lágrimas que no salieron y latidos que amenazaban con dejarse escuchar,  reafirmé que seguiré atreviéndome a cultivar el amor.  Confiando que el mismo amor me salvará, como hasta ahora, y me hará cada día más libre. En silencio agradecí y celebré con todos los que siguen apostando al amor y lo salvan cada día del peligro de extinción. 

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