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Las cosas por su nombre

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El Estado y nosotros

Los miembros del Partido Republicano en la Cámara y el Senado de Estados Unidos no perdieron tiempo. Parecía que habían estado enjaulados durante los ocho años de Barack Obama y apenas les abrieron los portones, se lanzaron sobre la presa, jadeantes y babeándose: aprobaron a las millas la eliminación del plan de salud conocido como Obamacare, del que dependen los seguros médicos de 20 millones de estadounidenses.

Acá, la noticia nos ha estremecido porque el Obamacare le representa cerca de $1,000 millones anuales a nuestro atribulado sistema de salud y se estima que una vez Donald Trump dé paso a la medida, existirá una sentencia sobre la cobertura de por lo menos 900,000 usuarios de la llamada “tarjetita de salud”.

Pero hay, además, otras lecciones muy importantes que nos toca aprender de la saña que los republicanos estadounidenses tienen contra el plan con el que Obama intentó sacar a Estados Unidos de la vergüenza de ser el único país desarrollado del mundo que no tiene un seguro de salud universal para sus habitantes.

Los republicanos creen que procurarse servicios de salud es una responsabilidad individual. Para ellos, cada individuo tiene el potencial de cubrir, por su propio esfuerzo, todas sus necesidades, sin la intervención del Estado. Les parece una injusticia, por ejemplo, que los que alcanzaron un nivel económico de vida superior tengan que subsidiar mediante sus contribuciones a los que se quedaron atrás, según ellos lo creen, por su propia culpa.

El resto del mundo, incluido Puerto Rico, sabe que la salud es un derecho humano al mismo nivel de la educación y la seguridad y que es deber del Estado proveerlo. Los sistemas de salud pública se pagan con impuestos y los republicanos, como regla general, detestan los impuestos, porque consideran que el dinero es mejor utilizado por las personas que por los gobiernos.

Los republicanos creen que quitarles parte de las ganancias a los asalariados y las empresas para redistribuirlo en forma de servicios entre los que tienen menos es una política, horror, socialista.

En la guerra contra el Obamacare hay, claro, otros factores. No se puede minimizar, por ejemplo, el desdén total que siempre le tuvieron a Obama, quien, con sus acciones, revirtió discretamente la idea que Estados Unidos siempre ha tenido de sí mismo en el sentido de que es una nación especial cuyos intereses siempre primaban sobre los de cualquier otro país.

Pero, en términos generales, la guerra contra el Obamacare está basada en la filosofía de que el Estado no tiene que estar preocupándose por quien tiene plan médico y quien no, que eso, para ellos, es cosa que le toca a cada individuo resolver.

Ahí es que están las lecciones para Puerto Rico.

Nuestra filosofía de gobierno siempre ha sido que el Estado es el padre que está atento a nuestras necesidades más elementales. Es cierto, sí, que enfrentamos ahora mismo unacrisis económica de proporciones catastróficas porque algunos llevaron esa filosofía demasiado lejos y terminamos con un Estado mucho más grande del que se puede pagar.

Se prometen esfuerzos para resolver ese problema reduciendo gastos y transfiriendo algunos servicios a organizaciones sin fines de lucro. Ya se verá, en el transcurso de los próximos años, si esos esfuerzos tienen éxito o no. Pero de lo que podemos estar seguros desde este momento, la certeza que nunca nos ha faltado en medio de la honda turbulencia de los pasados años, es que, vengan los cambios que vengan, nadie se ha planteado alterar la manera que tenemos de relacionarnos con el Estado como el padre generoso que siempre nos va a cuidar.

Nadie se ha planteado, para mencionar solo un ejemplo, eliminar el bono de Navidad, esa idea que data de los tiempos del exgobernador Luis A. Ferré, un republicano, valga decirlo, que gobernó entre 1969 y 1973, que le pone en el bolsillo de cada trabajador puertorriqueño un “cascajito” en la época navideña, y que no sirve otro propósito que no sea el asegurar que la mayoría de las personas tenga su regalito y se ponga su ropita nueva para las fiestas. En Estados Unidos, entérense si no lo saben, consideran inconcebible lo del bono de Navidad.

Menos aún nos hemos planteado eliminar el plan de salud del gobierno. Nos ahoga su costo monumental y siempre se están barajando ideas para cambiar el modelo. Pero todas las propuestas parten de la premisa de que el Estado seguirá atendiendo las necesidades de salud de los indigentes y a nadie aquí en su sano juicio se le ocurriría, como los republicanos de Estados Unidos, dejar que cada cual resuelva como pueda.

Sería muy curioso ver cómo reaccionarían los republicanos de Estados Unidos si supieran con todo detalle que aquí gastamos cerca de $2,300 millones anuales de nuestro presupuesto de poco menos de $9,000 millones en seguros de salud para los pobres. Cuidado si no solo nos niegan la paridad en fondos de salud que estamos pidiendo prácticamente de rodillas, sino que hasta nos quitan lo que ahora nos dan.

Esa manera de entender el rol del Estado y de la relación de la gente con su gobierno es una diferencia fundamental, abismal, casi irreconciliable, entre los estadounidenses y nosotros. Son maneras radicalmente distintas de entender la vida misma. Los republicanos lo llevan prácticamente a los extremos, pero en términos generales, en Estados Unidos prima la filosofía del esfuerzo individual y el Estado está mucho menos presente en la vida de las personas de lo que está aquí.

La manera en que aquí nos hemos organizado política y socialmente, con nuestro Estado grande, nuestro bono de Navidad, fiesta de Reyes con el gobernador entregándoles con sus propias manos juguetes a los niños y cheques de beneficencia adelantados cuando hay tormenta, es más latinoamericana que cualquier otra cosa.

Dese una vuelta por la República Dominicana, por México, por casicualquiera de los países latinoamericanos y verá cuánto nos parecemos en ese sentido. Dese una vuelta por la Florida, por Nebraska, por Idaho, y vea cuán distinta, y distante, es la relación de la gente con su gobierno.

Estas son lecciones que debemos internalizar y no ignorar en este tiempo de desplazamientos en que parece que todo está sobre la mesa. No es verdad, no todo está sobre la mesa. El país no lo permitiría. Con todas nuestras dificultades, nos encanta la vaina esta como está.

Eso lo saben, aunque lo nieguen, hasta los mismos republicanos de aquí.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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