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Las cosas por su nombre

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El socio sordo y mudo

Por primera vez en años, durante la toma de posesión de Ricardo Rosselló como gobernador el pasado 2 de enero, no hubo un intérprete de lenguaje de señas. Los sordos que se hubieran interesado en saber lo que tenía que decir Rosselló en su primer discurso, pues, vieron a un hombre moviendo la boca y gesticulando con las manos, sin poder entender ni una palabra de lo que decía, como si hablara desde una dimensión desconocida e inaccesible.

Bien mirado, lo que pasó el 2 de enero entre el gobernador y la comunidad de sordos es una metáfora que ayuda a entender el ambiente en el que se desarrolla una de las propuestas más importantes del nuevo gobierno: el afán por provocar en los próximos meses una solución al centenario problema del status.

Al día siguiente de inaugurado Rosselló, juramentó en Washington la nueva comisionada residente, Jennifer González, quien menos de 24 horas después presentó en el Congreso una medida que propone la admisión de Puerto Rico como estado de Estados Unidos si la anexión gana una consulta entre estadidad e independencia que probablemente se lleve a cabo antes del verano.

Estas acciones metieron al país hasta el cuello, de nuevo, en la psiquis de la discusión del status. En todas las esquinas, se habla ahora de lo que puede pasar en la consulta; de qué harán los populares que no se han resignado todavía a que el ELA no es ya opción; de si el Congreso otorgará o no la estadidad; de cuántos votos sacará la independencia; de qué mantendremos y qué perderemos; de mil cosas más.

Solo falta algo aquí. A algunos podría ocurrírsenos que es muy importante. Incluso hay quien puede argumentar, de manera no del todo descabellada, que eso que falta es lo más importante, que sin eso nada más debería ser. Lo que falta saber es qué piensa Estados Unidos de los planes que se hacen aquí a su nombre y de los que le tienen como eje de todas sus aspiraciones en esta y en cualquier otra vida que haya después.

Puerto Rico vive hace más de un siglo obsesionado con su status político. El centro de esa obsesión es Estados Unidos, la ciudadanía, los fondos federales y la unión permanente. Pero desde que Estados Unidos ofreció el ELA en el 1950, y lo descartó el año pasado con una devastadora ofensiva desde sus tres ramas de su gobierno, es muy poco, casi nada, lo que se sabe de a qué tratos está el “socio del norte” dispuesto a llegar con su vieja colonia del Caribe.

Estados Unidos es el socio sordo, y mudo también, que desde la distancia observa el enredo de serpientes de Medusa que hay aquí con ese tema, no entiende y no mueve un dedo para disipar la neblina. Más allá de expresiones aisladas de algunos políticos estadounidenses, casi siempre cuando están en campaña y necesitan que se les apoye con delegados o con dinero, la verdad, la pura verdad, es que nadie en Puerto Rico sabe a ciencia cierta hasta dónde, en este momento, Estados Unidos está dispuesto a llegar en su relación con Puerto Rico.

No sabemos, por ejemplo, si Estados Unidos está dispuesto a otorgar la estadidad, a pesar de que hace ya más de cuatro años que una consulta arrojó un resultado que se puede interpretar como favorable a esa opción. No sabemos si Estados Unidos está dispuesto a anexar una isla con habitantes que tienen una identidad nacional diferente, que hablan otro idioma y que, encima de eso, está en bancarrota, es mucho más pobre que cualquiera de sus estados y tiene una economía muy débil sobre la que existen dudas muy legítimas de que pueda integrarse al esquema federal estadounidense.

No sabemos, para más, si Estados Unidos está dispuesto a pasar de ser una nación multicultural, como es el caso ahora, a ser un estado multinacional al estilo de, por ejemplo, Canadá y España, en cuyos estados conviven diferentes nacionalidades.

Tampoco sabemos si Estados Unidos tiene algún interés en el “pacto entre iguales” sobre el que llevan años elucubrando los partidarios de la llamada “libre asociación”. Da tristeza, francamente, oír a los partidarios de esa alternativa hablar hasta el cansancio de lo que “estará y no estará en el pacto”, sobre el que se han escrito, fíjense, hasta libros, sin que Washington haya dado jamás el menor indicio oficial de que está interesado en un trato de esa naturaleza.

Menos aún sabemos si Estados Unidos está dispuesto a dar la independencia así porque sí, sin que casi nadie aquí la quiera y cortando abruptamente el lazo de 118 años del que ellos se han beneficiado tanto o más que nosotros y uno de cuyos resultados es que, en este momento, viven más puertorriqueños allá que acá.

Ocasionalmente, sale alguna voz allá diciendo que Washington “respetará la voluntad de Puerto Rico y que acá tenemos que ponernos de acuerdo. Lo primero resultó falso a la luz de los resultados de 2012, y lo segundo es una postura acomodaticia, porque acá no podemos ponernos de acuerdo sin saber qué está sobre la mesa.

Algunos argumentan que la ley de 2014 que otorgó $2.5 millones para que Puerto Rico oriente sobre opciones de status aceptables para Estados Unidos es “la respuesta” de Washington. Mas ahí lo que hace Estados Unidos es decir lo que podemos pedir, no lo que ellos estarían dispuestos a dar.

Lo que Puerto Rico necesita y merece en este momento crítico, lo que ha necesitado y merecido siempre, es que un organismo oficial estadounidense diga específicamente qué otorgaría, bajo qué condiciones y comprometiéndose a aceptarlo si lo pedimos. Entonces acá sabríamos a qué atenernos, bajarían los altísimos niveles de demagogia e ilusión con el que se conduce esta discusión aquí y estaríamos decidiendo a base de premisas concretas y no sueños.

El liderato político aquí podría ayudar si, en vez de estar entrándose mutuamente a garrotazos, fuera a Washington con una sola voz a exigir respuestas. Así pasó en el 1989. Los tres partidos pidieron con una sola voz que Washington se moviera, y Washington –aprendan, si quieren– se movió. El proceso fracasó por otras razones, pero al menos hubo el diálogo de status más serio que ha habido aquí jamás y mucho se aprendió entonces.

Lo que pasa es que acá le tienen tanto miedo a la respuesta como allá a darla y prefieren seguir entreteniéndonos con el catálogo de fantasías de la discusión de status.

Que les aproveche, pues.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay. Facebook.com/TorresGotay)

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