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Las cosas por su nombre

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Lo aprendido

Así, más o menos, será registrado en los libros de Historia: tras décadas viviendo en el adormecimiento del engañado, el pueblo de Puerto Rico despertó a finales del 2015 a la pesadilla del colapso fiscal, que lo sorprendió hastiado de tanto mal augurio, cansado de las malas noticias, resignado a cualquiera que fuera su suerte, camino al aeropuerto, dejando atrás la memoria de lo que creía que era y no fue, viendo desde el avión un país en llamas que todavía no podía imaginar lo que le esperaba.

Pasará, el colapso, antes de que finalice el año. El viernes casi a las 9:00 de la noche, cuando el que no estaba jumo en un “happy hour” se preparaba ya para dormir a pata suelta, el Gobierno, con la obvia e incomprensible intención de que no se le hiciera caso, difundió un informe que establece que el primer trimestre del año terminó con un sobregiro de $370 millones, que los recaudos no están alcanzando los estimados y que antes de que termine el año natural no habrá dinero y que van a quitarle los ingresos a las autoridades de Carreteras y del Centro de Convenciones y a seguir confiscándole los reintegros a los contribuyentes.

Se habla de una reducción de jornada para empleados públicos, de miles de trabajadores enfrentados de repente a la vida con el 40% menos de salario. Se habla de elegir entre dar servicios básicos o pagar la deuda. Se habla de brutales recortes a los servicios de salud. Se habla hasta de que falta dinero para celebrar las elecciones. Se habla de la confiscación del dinero de los contribuyentes. Se habla de todo y no se habla de nada.

Por hablar, se habla hasta de la rabia y de la impotencia que nos dominan al ver, por ejemplo, los rostros fríos de los congresistas republicanos, los “conciudadanos”, los “socios”, diciendo “no, no, no, no, no, no” a cada idea que se les ha llevado a ellos, los verdaderos gobernadores de Puerto Rico, los que tienen poderes prácticamente irrestrictos sobre la Isla en virtud de la infame cláusula territorial, para ayudar a la Isla a superar este desgraciado trance.

La culpa principal es nuestra, de eso no hay duda, por haber elegido año tras año a los que nos destruyeron el país. Pero ellos, los americanos, no son del todo inocentes. Ellos hicieron las leyes que permitieron que siguiéramos cogiendo prestado, cuando era evidente que se hacía de manera irresponsable. Ellos mandan aquí y ellos nos han negado cada intento de salida que se ha propuesto.

A ellos no les importa lo que pase aquí y eso es muy doloroso, no para los que no tuvimos nunca la ilusión de que le importábamos algo, sino para los miles y miles que, en los momentos de mayor incertidumbre, en las noches más oscuras, cuando el viento más duro soplaba y más fuerte ululaban las lechuzas, se acurrucaba tranquilo y se decía a sí mismo: “Cálmate, que cuando esto se complique el buen americano nos dará la mano”.

A nuestros gobernantes, si los dejaran, iban y pedían un cheque de $50,000 millones para saldar la deuda y seguir gastando a lo loco. Pero no es eso lo que se ha pedido en Washington. Lo que se les ha pedido, en el fondo, es muy sencillo: un mecanismo que permita reestructurar la deuda de manera ordenada; supervisión para que a sus acólitos aquí no vuelva a zafárseles la mano gastando lo que no tienen; paridad en fondos de salud, por los cuales pagamos lo mismo que pagan los residentes de los estados y la eliminación de las leyes de cabotaje, que tanto nos cuesta.

No se conmovieron. El colapso ya no es una amenaza difusa a lo lejos. Ya toca la puerta. Ya mete su mano peluda por la ventana. Ya su aliento fétido enrarece el aire.

La Casa Blanca habló, en un lenguaje que pareció histriónico, pero que cuando se le da una buena mirada se ve que no está lejos de la realidad, de una crisis humanitaria aquí si no se actúa ya. Ni eso los movió. Siguieron tranquilos arreglándose las uñas, silbando, mirando solo de reojo.

Es cierto que hay dudas sobre la magnitud real de la crisis, por la desgraciada práctica de nuestros gobernantes de estar por años ocultando el estado real de las finanzas públicas.

Pero la Casa Blanca y muchas instituciones en Estados Unidos han dicho que las dudas no son tantas como para descartar la verdad irrefutable de que la deuda es impagable en los términos actuales y que en días habrá aquí una crisis de proporciones mayores si no se atiende el tema ya.

Esas verdades, en este momento, solo la niegan los inconscientes, los politiqueros de la peor calaña y los que están a sueldo de los buitres que quieren recuperar hasta el último centavo tan irresponsablemente prestado, aunque eso signifique que haya gente aquí, literalmente, pasando hambre. Y entre los que están a sueldo de los buitres hay no pocos entre los congresistas que tienen la llave de la puerta que nos puede permitir, dentro de un par de décadas, poner al país sobre sus pies otra vez.

Todo nos lo han negado. Estamos ya colgando a la orilla del precipicio y esos sujetos en el Congreso nos están pisando las manos para que tengamos que soltarnos y caer.

¿Qué nos queda, pues?

Podemos seguir pelándonos las rodillas pidiendo. Hemos recibido el apoyo incondicional y desinteresado de los líderes de la diáspora puertorriqueña en Estados Unidos, quienes, en un gesto de desprendimiento patriótico que no tendremos nunca cómo pagarles, están poniendo a nuestro servicio el poder de su mollero político.
Pero queda poco tiempo para ablandar el corazón de piedra de los republicanos y lo más probable es que, al menos en lo que queda de este año, no pase nada allá que evite la caída al abismo que ya atisbamos.

Lo que nos queda es aprender. Aprender, ahora que vienen las elecciones, para que no sigamos eligiendo a personajes como los que dejaron que esto pasara, aprender quién está de nuestro lado y quién del lado de nuestros enemigos, aprender que no es posible levantarse con la asfixiante camisa de fuerza del coloniaje.

Aprender, en fin, que solo nos tenemos a nosotros mismos y eso, damas y caballeros, no es poca cosa.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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