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Las cosas por su nombre

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Dragones y minotauros

Ahí vamos a ver a Melba Acosta, Eduardo Bhatia, Jaime Perelló, César Miranda y Víctor Suárez perdidos en los sombríos laberintos de Wall Street, persiguiendo sombras, eco de carcajadas, graznidos de aves, metiéndose sin querer por puertas falsas, como en una película de horror. Fueron ellos los convocados por el gobernador Alejandro García Padilla a calarse las armaduras e ir a luchar contra la insostenible deuda de $72,000 millones.

Decir que es una tarea muy complicada la de esta gente es en verdad una perogrullada. Da tristeza, incluso, imaginar a esos seres de carne y hueso, de dos ojos, dos manos y dos pies cada uno, frente a ese minotauro peludo y feroz, ese dragón mitológico de mil cabezas. El adversario es, en realidad, de un formidable ejército que conoce mejor que ningún otro mortal los vericuetos, las cavernas subterráneas y los pasadizos secretos del poder, que con sus recursos ilimitados tiene en la palma de la mano a reyes, a gobernantes y a congresos y en el pasado ha puesto de rodillas a países y a continentes, con tal de triunfar en sus batallas.

El predicamento en que está Puerto Rico en esta época desgraciada no es nuevo ni único. Pasó en América Latina a principios de los años 80 y pasa en Grecia ahora. Los países se endeudan más allá de lo imaginable contando con que sus economías siempre van a crecer con el suficiente vigor para cumplir con los compromisos, pasa algo en el camino que hace polvo las proyecciones (en nuestro caso el disparo de salida de la debacle lo dio la eliminación de las 936 en el 2006), se detiene el crecimiento y queda la deuda en todo su horrible esplendor como una piedra de proporciones bíblicas a las espaldas de agobiadas sociedades.

Entran en escena, entonces, entidades internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) a gobernar países desde capitales extranjeras, a dictar recetas que, a costa de pobreza, subdesarrollo, dolor y desolación, le aseguren a los acreedores cada centavo adeudado. En el caso de Puerto Rico, nuestros acreedores son bonistas representados por bufetes estadounidenses que están listos para que aquí haya niños que no puedan tomar clases y cardiacos que no puedan operarse con tal de que sus clientes recuperen hasta el último centavo tan mal prestado, con sus intereses.

Las ráfagas de impuestos que nos han acribillado últimos nueve años y el implacable deterioro de nuestras instituciones públicas y de nuestra economía, son apenas el aliento de lo que nos puede esperar. Grecia ya lo vive en estos días. Hay gente allá pasando hambre porque, para poder pagar sus deudas, le han metido un recorte bestial a las pensiones, entre muchos otros machetazos.

El pasado domingo, cuando el gobernador García Padilla reconoció al fin lo que toda persona sensata en este país ya sabía hace tiempo, que nuestra deuda no es pagable en los términos en que está estipulada, Puerto Rico entró, pues, en la larga lista de países que, agobiados por la deuda, alza las manos y dice ‘no más, a esto hay que buscarle un arreglo’.

El monto de la deuda de Puerto Rico ha sido fijado en $72,000 millones, más que nuestro producto nacional bruto. Pero si se le suman, entre otros montos, los déficits de los planes de pensiones, la deuda sube a la espantosa cifra de $160,000 millones.

Los números van y vienen y, con un gobierno tan poco transparente como este nunca se sabe. Pero los estimados más acertados indican que en el año fiscal recién concluido, Puerto Rico desembolsó cerca de $4,452 millones solo en intereses de la deuda. Esto es $1,144 más que lo que se destinó a escuelas públicas; el doble de lo que se pagó por la tarjeta de salud; el triple de lo que cuesta operar la Universidad de Puerto Rico y cinco veces más que el presupuesto de la Policía.

Es un círculo vicioso, pues es tanto lo que hay que pagar que el Gobierno se queda sin recursos para estimular la economía, lo que a su vez tiene en el efecto de impedir que el Estado tenga recaudos suficientes para pagarle a los acreedores.

El año fiscal que recién comienza los pagos de la deuda aumentan brutalmente y todo el mundo tiene la certeza de que en algún momento el Gobierno no va poder cumplir con los pagos. Y la cosa se agrava por dos verrugas que tiene este coyuntura: primero, la Constitución de Puerto Rico dice que pagar la deuda es más importante que comprar anestesia para operar y carecemos de marco legal para protegernos de las demandas que nos golpearán como tomates a cantantes malos en el momento en que no se pueda pagar.

Llegamos a esto gracias a la partida de irresponsables inconscientes que nos ha estado gobernando durante las últimas décadas, que, viendo que la economía pistoneaba, se hicieron los locos y siguieron aumentando gastos, resolviendo los déficits con préstamos y engañando a la mayoría de ustedes con obra fatula. Pero eso, en realidad, ya lo sabemos y en este momento importa menos que la tarea que hay por delante: lograr que nuestros acreedores nos modifiquen los términos de la deuda para poder pagarles como el pueblo decente y responsable que somos y que el Gobierno tenga a la misma vez recursos para cumplir con sus deberes.

Esto no tiene que ver con Alejandro García Padilla. Al gobernador le quedan 18 meses en el cargo, a menos que ocurra un milagro. La deuda no. La deuda nos va a tener agarrados por el cuello por generaciones y va a maniatar a gobiernos de todos los colores a menos que ahora, ya que no se hizo ayer, como debió ser, apoyemos todos las gestiones para lograr que se reestructure de manera que deje de ser esa bola de acero que nos impide andar.

No va a ser fácil, por supuesto. La experiencia de todo el que ha estado en este trance demuestra cuán persistentes y voraces son los acreedores. Mas aplicarle a este problema la lógica politiquera de todo lo demás lo hará todavía más difícil y las consecuencias, al final, terminarán pagándola tanto los que obstruyan como los que no.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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