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Las cosas por su nombre

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El machetazo

El gobernador Alejandro Javier García Padilla desenvainó el machete y, con la furia de quien no tiene ya nada que perder, dio un tajo, hondo y doloroso, que decapita incontables proyectos de interés social, ensombrece aún más el futuro del País al tumbar el 20% de su supervivencia a la Universidad de Puerto Rico, lleva a la inoperancia  las cortes y pone en estado comatoso la agricultura puertorriqueña, de la que tanto se ha jactado en haber revivido.

Quiere así, de un día a otro, desenredar el nudo presupuestario que ataron él y casi todos los que le antecedieron, durante una orgía de gastos sin respaldo que duró décadas. Esperó hasta el último momento, cuando ya se le han agotado todas las opciones, cuando ya está al final del camino, y, sin medir consecuencias, quiso arreglar en un día fatídico lo que, si hubiera tenido los pies sobre la tierra y no se hubiera dejado albergar por vanas esperanzas, debió empezar a hacer desde el mismo día en que tomó posesión de su cargo.

Hay realidades aquí que no se pueden ocultar. El Gobierno tiene que recortar $1,500 millones del próximo presupuesto. Va a terminar este año fiscal con una insuficiencia que, según un informe que dio a conocer el Banco Gubernamental de Fomento (BGF) el jueves en la noche, asciende a la escalofriante suma de $2,400 millones.

Esos son números objetivos y concretos, no sujetos a interpretación.

El Gobierno del Estado Libre Asociado (ELA) cuesta más de lo que gana. Nadie duda ya de que está en bancarrota, de que nos esperan años muy largos y escabrosos.

Pero todos, menos el gobernador y sus más fervorosos admiradores, saben que esto no se puede arreglar de un día para otro.

Han tratado, varios, de que el gobernador entre en razón. Le han pedido amigos suyos como el arzobispo Roberto González Nieves que abra las puertas de su corazón a otras ideas para manejar el problema.

De la Cámara de Representantes surgió una propuesta para allegar recaudos que reducirían el monto del recorte a $400 millones, una cifra mucho más tolerable.

Hay dudas sobre algunos componentes de la propuesta, pero es al menos un comienzo, algo por lo cual empezar a hablar.

Alejandro Javier no ha escuchado. Cada vez que se le plantea el tema se dedica a revolver aguas pasadas. Se queja de que en la Cámara de Representantes no aprobaron el Impuesto al Valor Añadido (IVA), que, según sus estimados, habría producido unos $1,200 millones adicionales el año próximo.

No parece haber entendido todavía que fue un ejercicio del todo legítimo de la Cámara el rechazar una medida sobre la cual casi la totalidad del país tenía dudas.

Hay reunión mañana en La Fortaleza. Si el gobernador hizo las paces al fin con el hecho de que el IVA está muerto, enterrado y casi podrido, puede que salga de ahí un plan menos lacerante que el machetazo de $1,500 millones. Pero para eso habrá que esperar, porque enrarece el aire la sospecha de que el anuncio del monumental recorte es una estrategia para que, presas del miedo, los miembros de la Cámara de Representantes vuelvan corriendo y jadeantes a votar por el IVA y lo aprueben.

Enrarece el aire la sospecha también de que algunos privilegiados no fueron ni rozados por el machetazo. Ahí quedó intacta, como el ejemplo más ofensivo de que la crisis no es de todos, la Comisión Estatal de Elecciones, esa criatura despreciable de los partidos políticos que desde el día en que terminó el escrutinio de las pasadas elecciones, en diciembre de 2012, no ha rendido un solo servicio de utilidad al País y que cuesta cerca de $50 millones anuales.

Es bueno que todos estemos claros, sin embargo, en que, más allá de la psicosis y de las teorías, todos vamos a sufrir el país que tengamos de ahora en adelante. El relajo de los préstamos se acabó y, de una forma o de otra, por más vueltas que se le dé y por más anestesia que se le quiera poner a la herida, vamos a tener que vivir con lo que tenemos y eso no va a ser fácil para nadie.

Toda esta trágica coyuntura ha inundado el País con una amarga fragancia de derrota, de fracaso.

Creen muchos que la Isla se nos deshizo en las manos. Y entre los lamentos, si se afina bien el oído, se escuchan las sonrisas discretas de los que nunca han creído en Puerto Rico y piensan que esto confirma que no estamos capacitados para valernos por nosotros mismos.

Se equivocan. El País no fracasó. Fracasó la irresponsable y mediocre clase política a la que se lo encargamos. Fracasó el voraz monstruo de dos cabezas, una roja y la otra azul, que nos ha gobernado por toda la vida del Estado Libre Asociado.

Fracasó la dictadura bipartidista que controla todos los accesos al poder y que le cierra el paso a la administración de los asuntos públicos a todo el que no tenga impreso en la frente el carimbo de la Pava o de la Palma.

Fracasó el sistema que le impide aspirar con éxito a puestos políticos a cualquiera que no se haya formado y cebado en los malolientes intestinos de esos dos partidos, amarrándose en el camino con cuanto interés malsano hay, a los que tiene que responder una vez está encumbrado.

No señor, no fracasó Puerto Rico, el país rico en cultura, historia y tradiciones que tiene académicos de clase mundial, científicos brillando en las mejores universidades del mundo, presidentes de multinacionales, banqueros exitosos, líderes comunitarios creando proyectos de prestigio internacional, niños y niñas que, contra toda adversidad, dan ejemplo de valía y superación desde nuestras complicadas escuelas públicas.

No fracasamos nosotros. Fracasaron los políticos.

Lo que sería trágico de verdad es que, habiendo visto tan claro como hemos visto en este tiempo de angustias la capacidad de destrucción de esa clase política, sigamos confiándole a esa misma gente el cuidado de la hermosa criatura que es nuestro amado país. Si nos dejamos tomar el pelo una vez la culpa es de ellos. Si nos lo dejamos tomar otra vez, es nuestra.

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