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Las cosas por su nombre

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La vagancia como doctrina

Es como si fuera la escena de una película. Abajo,edificios son arrasados, fuegos consumen cuadras enteras, escaseanalimentos, las gentes corren despavoridas por las calles, no quedapiedra sobre piedra, el apocalipsis está cerca.

Desde arriba, ellos, protegidos por tradicionesinnombrables, miran las ruinas humeantes desde atrás de cortinas,ocultándose de los encolerizados y de los abusados, con las lucesapagadas para que no los descubran, pensando, tal vez con razón, talvez sin ella, que la devastación nunca los alcanzará, que latragedia les pasará por el lado sin que ellos ni sus privilegiossean perturbados.

Hay una novela que ayuda a entender estefenómeno: El Gatopardo, del autor italiano Giuseppi Tomasi diLampedusa. Publicada a finales de los años 50, la historia cuentacómo la aristocracia siciliana del 1860 intenta por todos los mediosmantener su status privilegiado en medio de la conmoción causada porel desembarco de Garibaldi.

A esta novela le debemos una de las citas másemblemáticas de la literatura universal: “si queremos que todosiga como está, necesitamos que todo cambie”.

Algo parecido a eso estamos viendo en el Puerto Ricode este aciago 2014.

Todo el mundo ha perdido algo. Escuelas han cerrado,obreros han visto esfumarse su retiro, agencias han desaparecido, losrecursos escasean, planes vitales para la supervivencia del país hansido retrasados, ganancias de empresas están siendo confiscadas, lanación entera siente que le falta la respiración ante tantadificultad. Dicen que viene hasta un aumento en la luz.

Ellos no, ellos no han perdido nada. Ellos son laaristocracia politiquera representada en la Comisión Estatal deElecciones (CEE). En un giro incomprensivo del destino, en una deesas volteretas kafkianas que solo se dan aquí, a la más inserviblede todas las agencias de gobierno, a la más inútil de todas, a laque no le debemos en este momento absolutamente nada, la que existeúnicamente por el capricho indecente de los partidos políticos ysus claques, a esa no le han tocado ni un pelo.

En la CEE se echaron a la basura $38 millones delpresupuesto vigente, $27 de ellos en salarios de personas que no hanrendido absolutamente ningún servicio al país. Durante los pasados18 meses, en la CEE no se ha hecho nada. Tenían unos supuestos“planes estratégicos” de los cuales no pudieron cumplir ni uno.Desperdiciaron el dinero que tanta falta hace en tantos otrosproyectos.

Hay en la isla decenas de “juntas de inscripciónpermanente”. En cada una hay por lo menos tres empleados, uno enrepresentación de cada partido inscrito. Recientemente, unareportera de este diario fue a una. Allí, gente, penan las almas.Abundan los bostezos. El tiempo corre lento. Pasan los días y notienen nada que hacer porque en esta época no hay tarea bajo el solpara la que sean útiles.

Existen, dizque, para el que quiera invertir los 10 ó15 minutos que toma inscribirse para votar o cambiarse de direcciónpueda hacerlo. Nunca nadie ha podido explicar por qué eso no sepuede hacer dos, tres, cuatro o cinco meses si quieren antes de laselecciones. De todos modos, la experiencia demuestra que la gente lodeja todo para el último momento y que el único día en que tienentrabajo de verdad es en la fecha límite para inscribirse antes delas primarias o las elecciones, que son en marzo del año electorallas primeras, o en noviembre las segundas.

La verdad es otra. La verdad es que existen paramantener alimentadas las bocas de batatas políticas en el sentidomás patético de la palabra. Existen para que los partidos PopularDemocrático (PPD) y Nuevo Progresista (PNP) tengan quien lesorganice sus comités. Existen para que los pipiolos puedanescenificar la versión moderna de las sacrificadas gestaspatrióticas de antaño: dar fondillo en las sillas de la CEE.

Duele mucho lo que ocurre en la CEE. Ofende quemientras el país cae de rodillas, mientras nos respira en la nuca elmonstruo que se llama la insolvencia, mientras se señala y sehostiga a los que producen, la vagancia institucionalizada en la CEEsiga sin darse por enterada de lo que ocurre a su alrededor.

Indigna que desde los amplios ventanales del modernoedificio de la CEE en el corazón de Hato Rey sigan mirando latormenta que arrasa al país como si la cosa no fuera con ellos.

No hay ninguna razón para que la CEE exista en estemomento. En los países civilizados, los organismos electoralescierran tras las elecciones y abren tres, seis, hasta un año antesde los comicios. Nada impide que aquí sea igual. Nada, excepto lafresquería de nuestros dirigentes políticos.

En estos días, los directivos de la CEE van a laLegislatura a defender su presupuesto. Dicen las malas lenguas quevan a pedir más dinero y para que completar los proyectos quedurante los pasados 18 meses no pudieron hacer. El país los va aestar mirando. A ellos y a los legisladores. Los van a estar mirandotodos, pero más que nadie a los que se les pidió y se les siguepidiendo sacrificios.

Habrá que ver con qué cara siguen diciendo “todostenemos que poner de nuestra parte” mientras a la vagancia siguesiendo la doctrina en la CEE. 

(benjamin.torres@gfrmedia.com,Twitter.com/TorresGotay)

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