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Vargas vs. Tito: 19 años después

 

En 2013, publiqué San-Tito, vida y milagros de Tito Trinidad. He aquí uno de los capítulos que le dediqué a su devastador combate con Fernando Vargas, considerada la mejor pelea de su carrera… y una de las mejores de todos los tiempos. El 2 de diciembre se conmemoró su decimonoveno aniversario.

 

 

Al comenzar la cartelera, noté que la empresa de Don King me había colocado muy cerca del ring y muy cerca de la esquina de Tito, una posición sumamente privilegiada para un periodista. Era como si la empresa reconociera lo importante que era la cobertura de El Nuevo Día -y de los medios puertorriqueños en general- para generar ventas de ‘pay per view’ en la Isla, donde precisamente Tito había vendido una barbaridad para su pelea con el Golden Boy.
Al lado mío se encontraba un reconocido periodista mexicano que escribía para La Opinión, de Los Ángeles, Ramiro González, quien años después pasaría a trabajar para la división de prensa de la Golden Boy Promotions, la empresa de De la Hoya.
Teníamos una posición tan privilegiada, de hecho, que en determinado momento escuché las bromas quejosas de los periodistas norteamericanos que estaban sentados en la fila detrás de la nuestra, y quienes sin mucho tacto, tal vez pensando -o queriendo pensar- que Ramiro no yo hablábamos inglés, se preguntaban “¿quiénes diablos son estos tipos?”
Poco antes de la pelea, Ramiro, quien ya sabía que yo estaba cubriendo la pelea para un medio de Puerto Rico, se volteó hacia mí y me tendió su mano: “Bueno, que gane el mejor”, me dijo.
Tal parecía que éramos nosotros quienes íbamos a pelear.
Entonces, cuando, en espera de la presentación oficial, ya los boxeadores estaban encima del ring acompañados por todos sus ayudantes, vi que Ramiro escribía en un papel algo con letras muy grandes y se lo mostraba a uno de los asistentes de Vargas: “Dile que caliente”.

 

Es que él veía a Vargas muy sonriente, eso sí, pero paseándose muy calmado por el ring, cuando ya para esos momentos lo común es que los boxeadores estén dando brincos o lanzando los brazos para ir entrando en calor.
El comienzo de la pelea pareció darle la razón a Ramiro: poco más de 30 segundos después del primer campanazo, Trinidad produjo una caída con un gancho de izquierda. Vargas se reincorporó, pero volvió a caer segundos más tarde como consecuencia de otro izquierdazo.
Su madre, Alicia, estaba visible a mi derecha: me conmovió entonces el gesto de pánico que afloró en el rostro de aquella mujer que algunas horas había estado burlándose de lo flaquito que lucía Trinidad. Bueno, quizá ‘conmovió’ no sea el vocablo correcto. ¿Les parece mejor ‘alegró’?
Conmovido o no, sin embargo, lo cierto es que durante esa andanada de golpes lanzada por Tito, aprovechando la gritería casi histérica del público, aproveché para ponerme un poco histérico yo también, gritando mil barbaridades: “¡Mátalo! ‘¡Acábalo, boricua! ¡Enséñale a respetar!’
A mi lado, Ramiro, el periodista mexicano, hacía su mejor esfuerzo por ignorarme mientras que, con la mirada perturbada, se enfocaba en la debacle que estaba ocurriendo sobre el ring: una cosa era que Vargas perdiera, ya que la mayoría de los expertos pensaba que sería así; otra bastante distinta que lo espatarraran en el primer asalto. Eso era algo que si bien no le daba fin a su carrera, sí parecía dar al traste con cualquier pretensión de superestrellato.
Yo, entretanto, me sentía liberado para gritar lo que quisiera, después que el propio Ramiro hubiese eliminado cualquier pretensión de imparcialidad al impartirle sugerencias a la esquina de Vargas.
Aunque admito que, en mi caso, se me fue un poco la mano.
De paso, quedaban dos minutos de asalto: tiempo más que suficiente para que Trinidad, que siempre había sido un gran rematador, le provocara el tercer ‘knockdown’ y consiguiera así un nocaut automático, al estar en vigor la regla de las tres caídas. Pero, en fin, Vargas sobrevivió: semanas después, en Puerto Rico, un amigo muy deportista que estaba hablando conmigo de algo totalmente diferente, se interrumpió de pronto y exclamó: “Lo que yo no voy a entender nunca es cómo después de tenerlo noqueado faltando dos minutos completos, Tito no pudo tumbar otra vez a Fernando Vargas”.
Era una preocupación existencial que, evidentemente, llevaba algún tiempo atormentándole el cerebro al amigo, quién sabe si hasta impidiéndole dormir por las noches.
Pero lo cierto es que de algún modo casi sobrenatural Vargas sobrevivió ese primer asalto de pesadilla. En parte se debió a que Tito se volviٌó errático, pero también a que Vargas eludió sus golpes casi sin querer, al bambolearse de lado a lado de una forma impredecible y que desafiaba las leyes de física como consecuencia de su propio estado de semiinconsciencia.
“Pensaba que sí, que la pelea iba a durar poco, pero él trajo una buena condición”, diría Trinidad después de la pelea.
Increíblemente, el descendiente de mexicanos entonces se recuperó y empezó a pelear con efectividad y valentía a partir del asalto siguiente.
En el cuarto, luego de que uno de sus golpes pareciera afectarle la visión a Trinidad, quien empezó a parpadear violentamente, Vargas lo derribó con un gancho de izquierda.
El público gritó emocionado. Al lado mío, quizás buscando darme a esas alturas una lección de cordura periodística, Ramiro seguía la acción con una mirada fría y analítica.
“Me dio un gran gancho de izquierda”, analizaría Trinidad luego de la pelea.
Una afirmación característica: “No me lastimó, estaba bien, me cogió fuera de balance” hubiera dicho el 99.9% de los peleadores, quienes por lo regular nunca admiten haber estado mal aunque un golpe estuviera a punto de arrancarles la cabeza.

 

Pero Tito, como ya he dicho, las cantaba como las veía. O como no las veía.
Sin embargo, fiel a otra de sus tradiciones, Trinidad se levantó de inmediato, sin dar signos de estar lastimado. Casi al instante, cuando Vargas venía a rematarlo, Tito le conectó un gancho “por debajo del Ecuador”, como dicen algunos periodistas norteamericanos. Después hubo otro golpe bajo y hubo que detener la pelea en lo que Vargas meditaba en torno a si acaso sería capaz de procrear hijos en el resto de su vida.
El árbitro, Jay Nady, procedió a quitarle un punto al boricua.
Es posible que los golpes bajos fueran accidentales. Después de todo, el gancho al cuerpo siempre había sido uno de los ingredientes favoritos del menú ofensivo del boricua, y era lógico que buscara colocarlo para aplacar el empuje de su rival.
Pero lo mismo había ocurrido en su pelea con David Reid, a quien Tito conectó un golpe bajo después de que este lo derribara, por lo que habría alguna base para sospechar que se trataba de un recurso deliberado, tal como alegaría la gente de Vargas después de la pelea.
¿Qué pienso yo? Que era probable. Después de todo, Tito era un peleador, no un santito, ni siquiera un San-Tito, y los grandes fajadores apelan a lo que sea con tal de no perder una pelea. ¿Cómo decía Bernard Hopkins? “Hasta con las rodillas le voy a dar, si tengo que hacerlo”.
No me extrañaría, de hecho, que fuera una mañosería que le hubiese enseñado su padre, quien, según él mismo reconocía, había tenido que arreglárselas para sobrevivir con poco talento en su época de boxeador.
Pero era una mañosería válida porque las propias reglas del boxeo la permitían: salvo en casos demasiado obvios -digamos, la mordida de Tyson al arrancarle un pedazo de oreja a Holyfield-, la descalificación solo se justificaba después de que quitaran el tercer punto, y se supone que para quitar el primer punto haya dos amonestaciones previas.
Así que si uno podía aprovechar todo ese protocolo para bajarle los humos a un rival inspirado, especialmente cuando uno está afectado de la vista… santo y bueno. Así era el boxeo.
Vargas, vale la pena decirlo, tampoco era un angelito.
Víctor Machado, el veterano entrenador puertorriqueño de Nueva York, había llevado a uno de sus peleadores para que este ayudara en algunos de los guanteos al Ferocious en su campo de entrenamiento en Big Bear, si mal no recuerdo. La noche antes de la pelea, Machado me llamó al celular, de lo más preocupado, para contarme algo que había visto a Vargas practicar una y otra vez en los entrenamientos: al soltarse después de un agarre, en vez de dar un par de pasos hacia atrás, lo que hacía Vargas era dar un saltito hacia su izquierda y, desde esa posición, lanzaba un veloz gancho de izquierda a la cabeza de su rival.
¿Era esto ilegal? Posiblemente no. Pero sí quebraba una regla no escrita de caballerosidad deportiva: la de ‘romper’ limpiamente luego de un agarre.
En fin, cuando Machado me llamó yo iba caminando por el Strip de Las Vegas tarde en la noche del viernes junto a varios amigos, incluyendo a Chu García y al excampeón Juan Laporte, y, luego de la llamada de Machado, pregunté si era periodísticamente ético que yo llamara a don Félix para contarle lo que me habían dicho, igualmente que, el año anterior, yo le había contado lo que el fotógrafo Gary Williams había visto durante una sesión de entrenamiento de Pernell Whitaker.

 

No sabía si lo que me había dicho Machado era importante o no, pero sí me parecía que iba a tener bastantes problemas para dormir a la noche siguiente si en la pelea Vargas ponía a dormir a Tito ejecutando precisamente esa maniobra.
Laporte me dijo: “Si tú quieres, llámalo, pero, a estas alturas, ya don Félix tiene que estar tan firme en el plan que tiene trazado que él no le va a hacer caso a nada que tú ni nadie le diga”.
Al final lo llamé, pero don Félix no me contestó su celular.
Sí recuerdo que algún tiempo después Chu me comentó que había visto a Vargas intentar en par de ocasiones la maniobra de la que había advertido Machado, pero que las dos veces había fallado el golpe.
A fin de cuentas, Vargas hubo de mantenerse peleando prácticamente de igual a igual con Tito como hasta el octavo asalto, pero entonces -como solía ocurrir en sus peleas- el boricua empezó a imponer su fortaleza y su energía inagotable en los asaltos finales: Dios protegiera a aquel peleador que cifrara sus esperanzas de triunfo sobre el boricua en la posibilidad de que Trinidad se cansara.
Vargas tuvo un desempeño un poquito mejor en el undécimo episodio pero, aún así, resultaba claro que iba a necesitar un nocaut o, por lo menos, propinar un par de caídas en el asalto final para acercar o emparejar las tarjetas.
Antes de que comenzara el asalto, de paso, escuché a alguien hablar detrás de mí: “Ahora este pobre muchacho va a salir a buscar el nocaut en el último asalto y lo que puede pasar es que lo noqueen a él”.
Me volteé a mirar quién había hablado: se trataba de Joe Frazier, el legendario excampeón pesado. Increíble mi suerte con los excampeones sentados a mis espaldas, como me había ocurrido con Chávez en la pelea de Tito con De la Hoya.
Frazier probó tener talento de pitoniso: a los 45 segundos, un despiadado gancho de izquierda hizo que Vargas volara y cayera de espaldas. Diez segundos después, Trinidad volvió a tirarlo con otro gancho, esta vez provocando que Vargas cayera de lado. Al levantarse, visiblemente lastimado, trató de capear el temporal como lo había hecho en el primer asalto, pero esta vez un derechazo volvió a ponerle en contacto supino con la lona, no quedándole al árbitro Nady más opción que declarar el nocaut al aplicar la regla de las tres caídas en el mismo episodio.
Así, Vargas, quien antes de la pelea se había burlado de la anémica quijada demostrada por Trinidad al haber sido derribado cinco veces en su carrera, había caído a su vez cinco veces en una sola pelea… las primeras cinco caídas de su carrera.

 

Los elogios para la que para mí ha sido la mejor pelea que haya visto en persona y la mejor de Tito en toda su carrera, no se hicieron esperar. He aquí el primer par de párrafos de la reseña de Tim Dahlberg, de The Associated Press:
“Félix Trinidad brindó anoche una espectacular demostración de pegada y espíritu combativo al derribar cinco veces a Fernando Vargas, dos de ellas en el primer minuto de la pelea y tres en el asalto final, en ruta a una victoria por nocaut técnico en 12 vueltas. Con la victoria, Trinidad presentó un impresionante argumento en sus reclamos de ser el mejor peleador libra por libra del mundo, y agregó a su corona de las 154 libras, versión de la AMB, la faja de la FIB, que estaba en manos de Vargas”.
Kery Davis, el director de boxeo de HBO, copiándose de mí diría: “Esta ha sido la mejor pelea de boxeo que yo haya visto… en mi vida”.
Y a Marc Rattner, el director ejecutivo de la Comisión de Nevada, quien todavía estaba un poco molesto por la decepción causada por la pelea de Trinidad con De la Hoya, se le pudo ver caminando alrededor del ring con una sonrisa de niño malcriado y diciéndole a todo aquel que lo quisiera oír: “Bueno, esto sí es lo que yo llamo una pelea”.

 

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y es el autor de San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad y de la novela El último kamikaze, ganadora del certamen del Instituto de Cultura Puertorriqueña en 2016.
(ceuyoyi@hotmail.com).
En twitter, Ceuyoyi, En Facebook, Jorge L. Prez

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