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De amigos a algo más

 

“Estimado don Romeo,
Yo siempre había querido conocer a una chica como Sandrita: Alegre, divertida, cariñosa, sin expediente criminal.
Salíamos juntos, pero sin pretenciones de ser más nada que buenos amigos. Tan era así, de hecho, que los dos estábamos siempre a la expectativa de buscarle pareja el uno al otro.
Hasta desarrollamos nuestra rutina cuando estábamos en el pub consumiendo algunas frías.
“Ese chico te está mirando, Sandrita”, le decía yo, por ejemplo.
“¿Tú crees?”
“Bueno, no me va a estar mirando a mí”.
Entonces yo me alejaba, fingiendo una necesidad de ir al baño. Santo y bueno: cuando regresaba, en el 90% de las ocasiones ya el tipo estaba dándole cháchara a ella en la barra. Lo cual no debía sorprender a nadie: Sandrita era una chica muy atractiva y, a la misma vez, proyectaba una imagen amigable que, en su caso, resultaba cierta.
Esos son dos atributos que le infunden ánimos hasta al más timorato.

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En fin, en esos casos soy muy diplomático y cuando la veo ocupada con un candidato a conquista siempre emprendo una retirada estratégica.
Eso sí, ella cumple cabalmente al otro día con su obligación de ofrecerme un informe completo de lo ocurrido. Es decir, debe informarme hasta dónde avanzó el enemigo y si este a la postre logró atrapar el objetivo.
También en esos casos tenemos nuestra rutina ya bastante afincada.
“Parece un buen tipo”, puede decirme ella por ejemplo, “pero… no creo”.
Y casi siempre era así: pese a que su apariencia era la de una chica no muy exigente a la hora de empatarse con una pareja, Sandrita era todo lo contrario. No le gustaban los amoríos, o por lo menos los amoríos ligeros. En toda la época que llevabamos conociendonos, yo solo le había conocido un novio, y esa había sido una relación larga, profunda, hasta con amenazas de casamiento. Se habían querido tanto que al final la ruptura había sido tan violenta que poco faltó para que hubiera que llamar a la fuerza de choque.
Tal vez por eso, muy comprensiblemente, Sandrita no quería nada serio por ahora y prefería tener solo amigos poco complicados. Como yo.
La próxima vez que salíamos, a ella le tocaba portarse con la misma elegancia.
“Ah, te veo mirando mucho a la rubia esa”, me dijo recientemente en uno de estos casos.
En efecto, se refería a una rubia bastante atractiva que yo llevaba bastante tiempo tratando de seducir con mi mirada insistente, confiando en que esta despertara en ella un deseo incontrolable de acercárseme y confesarme su amor.
“Perdóname, ¿y a ti te molesta eso?”
Sandita soltó una risotada burlona.
“¿A mí? En lo más mínimo. No seas tonto. De hecho, para que te convenzas, de la voy a traer aquí. Se llama Patricia y es bien pana mía”.
“¿Patty? Este es Roberto”, nos presentó Sandrita con una sonrisa. “El está loco por conocerte. O sencillamente loco, una de dos. Bueno, ahí los dejo”.
Después de ese tipo de introducción, claro estִá, a Patty no le quedó más remedio que sentarse junto a mí y aceptarme un trago, aunque todo el tiempo me estuvo mirando como si temiera que en algún momento yo fuera a lanzármele encima o cometer alguna otra locura.
Completado su trago, tal como yo esperaba, ella me tendió su mano de largas uñas esmaltadas, me dio las gracias, me dijo “bueno encantada” y me explicó que debía marcharse porque estaba esperando a alguien.
Al otro día, al hacerle mi informe, Sandrita se echó a reír cuando le conté acerca de mi rechazo precoz.
“Veo que te causa mucha gracia mi desgracia”, le dije antes de volver a empaparme los labios con lo que algunos llaman “el preciado líquido”.
“No, no es eso”, me dijo ella, ahora riéndose con más ahínco. “Me río porque ya estoy viendo que los dos estamos tan salaos que quién sabe si vayamos a terminar enamorándonos el uno el otro”.
Esta vez fui yo quien se echó a reír.
“Imposible”, le dije. “Eso sería el fracaso total”.
Entonces la miré fijamente a los ojos y ella tambien se quedó mirándome y de pronto los dos dejamos de reír.
Eso es lo último que recuerdo, don Romeo. Desde entonces mi vida ha dado un giro total, no puedo dormir y me siento como si fuera otra persona. ¿Qué cree usted que pueda estarme ocurriendo?”

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Sencillo, querido amigo. Eso tan raro que usted está experimentando ahora se llama felicidad.

Romeomareo2@gmail.com

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