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“Mi esposa me engaña”

Estimado señor Romeo,

Sé que es algo difícil de confesar para cualquier hombre, y más aún para un hombre recto y derecho, de pecho profusamente en pecho, como yo. Y de hecho, no solo tengo pelo en el pecho sino en las axilas, en la entrepierna y, según he visto también con alarma cuando me examino en el espejo, unos flequillos en las nalgas también.
La cosa empezó de la forma más inocente posible: uso indicios sutiles, apenas perceptibles, que reflejaban ciertos cambios en la personalidad de Matilde (nombre ficticio), mi mujer.
Por ejemplo, en la noche de los viernes, Matilde empezó a llegar tarde y cayéndose de borracha luego de salir de su trabajo.
La primera vez no le dije nada, y ella misma me lo trató de explicar diciéndome: “Perdóname, Puchungo (apodo ficticio), pero me fui a dar unos tragos al pub con las chicas y no me di cuenta del tiempo”.
Sin embargo, el ‘trend’ siguió todos los viernes, y ya para la sexta o séptima semana empecé a preocuparme. No era solo que viniera bebida, sino un poco despeinada -como si hubiera puesto la cabeza detrás del motor de un 747- y olorosa a un raro perfume varonil que, por su hedor, debía llamarse “Flor de tabaco” o algo por el estilo.
Dicho sea de paso, este olor venía aliado también a un poderoso aroma a ‘after shave’ y a cigarrillo. Esto último me pareció particularmente extraño, puesto que Matilde nunca ha fumado… bueno, con la única excepción de los meses que estuvo fumando hierba, dizque por recomendación estética de su maquillista.
“Es que él dice que así me veo más chic”, decía ella.
Un día no pude más y me le paré de frente. “¿Mi Caracolito (apodo ficticio), te puedo hablar?”
Ella estalló de pronto.
“¿Por qué me preguntas eso de esa manera?”, gritó. “¿Acaso yo soy un monstruo o algo así al que no se le puede dirigir la palabra?”
Entonces lanzó al piso el ‘TV Dinner’ que me había preparado con tanta abnegación y se encerró en el cuarto a llorar. Aunque luego escuché que le entró una llamada al celular y al poco rato la oí riéndose a carcajadas.
A partir de entonces se pasó varios días sin hablarme y yo tampoco me atreví a dirigirle la palabra hasta un día en que entró una llamada a su celular cuando ella se estaba bañando: como de costumbre, a ella le gustaba cantar cuando estaba bajo la ducha, y en esta ocasión entonaba una de las piezas que mejor le quedaba: su versión a capella del clásico ‘Gasolina’, de nuestro Daddy Yankee.
En fin, tomé el celular y, cuando contesté luego de ver que la llamada tenía un número bloqueado, una gruesa voz masculina me preguntó: “¿Está Sofía?”
“Creo que está equivocado”, dije, riendo. Y colgué.
Pocos días después, la escena se repitió -Matilde interpretaba ahora el ‘Shake Your Bob-Bon’ de nuestro Ricky Martin-, y esta vez otra voz igual de gruesa procedente de otro número bloqueado me preguntó: “¿Está Millie?”
No le di más casco al asunto, aunque admito que de momento me estuvo un poco raro que unos hombres desconocidos estuvieran llamando al celular de mi esposa y que, al toparse de pronto con mi voz, procedieran a preguntar por otra mujer.
Lo que me sacó un poco de tiempo fue que, cuando se lo comenté a Matilde, ella primero se puso bien roja y se echó a reír, pero entonces me preguntó: “¿Y no dejaron ningún mensaje?”
La verdad es que ahora hasta estoy empezando a sospechar que mi esposa me engaña.
¿Qué usted cree de todo esto, señor Romeo?
La verdad es que he quedado perplejo.

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Estimado lector:

¿Perplejo? No. ¡Perplejo y medio!

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Romeomareo2@gmail.com

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