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Carta abierta a mi esposo querido

Estimados lectores: en respuesta a la carta pública de hace par de semanas, en esta ocasión cedo este espacio a otra misiva, esta vez escrita por la esposa del primer autor.

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Querido Pijuán,

Leí la carta dirigida a mí que publicaste hace unos días en la sección del tal Romeo Mareo. Una querida amiga que al parecer lee hasta las sandeces más grandes del mundo, me habló de tu escrito.

Lo encontré, por decirlo de una manera bastante suave… patético. Y bastante irreal, por cierto. Pero me imagino que las incoherencies, disparates y puras falsedades que relatas ahí son, en gran medida, producto de la borrachera que cogiste esa noche.

Déjame refrescarte un poco la memoria.

Voy a empezar por tu error más craso: el incidente no ocurrió en la cena de la  Magna Asociación de Fabricantes de Chiringas, capítulo de Juana Díaz, como sostienes. Esa cena había sido la semana anterior. Aunque me imagino que en la noche en cuestión estabas tan borracho que ni sab?ías el día que era.

Eso sí, fuimos a cenar al mismo restorán. Y hasta no sentamos a la misma mesa. Quizás de ahí parta también tu confusión.

Tú hablas de mi vestido y hasta bromeas diciendo que parecía extraído de un catálogo del Salvation Army. Pero no dices nada de ti: te pusiste el dichoso gabán anaranjado que tanto te gusta, tal vez por desconocer que, con lo gordo que estás, te hace parecer como uno de esos zafacones que llevan décadas adornando nuestras autopistas.

Y, claro, volviste a ponerte esa horripilante corbata con el dibujito de la chiringa partida en dos que te entregaron en la cena anterior. Sí, ya sé que se la regalaron a todos los socios, pero por lo menos los demás tuvieron el buen gusto de aceptarla con una sonrisa hipócrita y entregárselas a sus respectivas esposas para se las escondieran en la cartera. Tú fuiste el único zángano al que le dio con ponérsela.

En fin, tampoco es cierto que te hubieras confundido y no reconocieras a mi madre cuando ella venía a sentarse a nuestra mesa, y que por eso habías llamado a la seguridad del restorán. La verdad es que ella estuvo sentada todo el tiempo con nosotros, soportando todas tus bromas y tus insultos: ¿no te acuerdas de que te pasaste llamándola Doña Francisca, porque decías que se parecía a don Francisco vestido de mujer?

Al final, claro está, te extralimitaste: tuviste la osadía de pedirle que fuera a sentarse a la barra o que por lo menos corriera un poco su silla.

¿Qué tú crees? ¿Que yo soy boba? ¿Acaso no iba a percatarme yo de que lo que ocurría era que mi pobre madre te estaba interrumpiendo la vista de la rubia aquella que estaba sentada en la mesa del lado? Tú sabes cuál, la del escote que parecía el Gran Cañón de Colorado, aunque ella tuviera más años que los cañones del Morro.

Y después, para coronar la cosa, te pusiste a hacer el chiste ese de doble sentido acerca de tu chiringa y lo alto que estaba volando.

Sí, aquella mujer era tan desfachatada que se reía una y otra vez con tus idioteces, y  tú estabas tan ebrio que ni siquiera te diste cuenta cuando su marido, que hacía rato estaba mir??ándote con cara de pelotón de fusilamiento, de pronto se levantó de su silla y empezó a acercarse a ti como el mismo Putin avanzando hacia Crimea o c?ómo se llame ese lugar.

Fue por eso, infeliz esposo mío, que, para salvarte la vida, se me ocurrió fingir un accidente y te vacié encima aquella jarra de sangría. Sí, ya sé que debía estar fría, pero tampoco era para que dieras esos alaridos de perro atropellado, y por unos momentos me mantuve indecisa en torno a lo que debía hacer para que bajaras un poco la voz y dejaras todo ese escándalo.

En fin, como el marido de la escotada seguía avanzando hacia ti como toro desbocado, procedí a halarte por la corbata con tal de sacarte del peligro y no dejé de hacerlo, pese a tus chillidos de auxilio, hasta que logré alejarte hacia el otro extremo del restorán y te puse en las manos del guardia de seguridad del establecimiento.

Para tu propia protección.

Pero, ¿sabes qué? En vez de darme las gracias por salvarte el pellejo, tú te pusiste a quejarte de que te deje el trapo de corbata hecha “pérdida total” y te comportaste todo resentido porque a mi madre la cosa le pareció un poco graciosa y se soltó un par de carcajadas… las carcajadas, te aclaro, de toda una dama refinada, no la “risa de hiena” de la que tú has hablado por ahí, aunque en una de las risotadas a mami se le hubiera desbordado la caja de dientes de la boca, cayendo en el piso del establecimiento.

Como sea, tampoco era como para que empezaras a brincar como un cretino encima de ella, riéndote con tu risa de demente.

Bueno, hasta aquí llego: se despide tu esposa, que te sigue queriendo a pesar de los pesares,

Lucinda

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Así cierro, estimados lectores, este capítulo tan trágico en las relaciones conyugales de esta pareja que, según queda evidenciado, se ama con locura, pese a sus pequeñas diferencias.

Romeomareo2@gmail.com

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