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Dios de oportunidades, en la adversidad

Por más que el ser humano pretende creer que tiene control de todas las circunstancias a su alrededor, cada vez más nos damos cuenta que muchos viven en una ilusión.

Acontecimientos como los que está viviendo el mundo en este 2020, ahora con el coronavirus, nos demuestran lo vulnerables que somos. Dichosos los que reconocemos nuestra debilidad, y que podemos acudir a Dios confiando que, sea que todo esté bien o vaya mal, nos guardará en su perfecta paz y Él sí tendrá control de todo.

No pretendo traer palabra de juicio y sembrar terror como hacen muchos legalistas, que lejos de predicar el evangelio y las buenas nuevas de salvación, quieren jugar el papel de Dios y decidir cómo y cuando enjuiciar. Y utilizan los acontecimientos como los huracanes, los terremotos y otros males como el que se vive ahora con el coronavirus, para sembrar terror y condenar.

Muchos en vez de predicar arrepentimiento para el perdón de pecados, declaran condenación porque lo que tienen es sed de venganza.

Digo esto porque al igual que ocurrió para el huracán María en septiembre 2017, falsos predicadores y cristianos con un pobre entendimiento de las Escrituras, comenzaron a declarar que el fenómeno atmosférico fue un castigo de Dios. Y a principios de 2020 no faltaron quienes utilizaron los terremotos que sacudieron la isla para sembrar temor y juicio.

Pero estamos llamados, como cristianos, a no ser ciegos guiando a ciegos. En otras palabras, a no dejar que otros se pierdan porque no se les predica el evangelio. Y hay que recordar que Dios, como un Dios santo que demanda de todos santidad, sí tiene la potestad de juzgar y hacerlo como le plazca.

Y en su soberanía escoge a quién ha de salvar, pero nos hace partícipes del proceso.  Por eso nos ha mandado a anunciar las buenas nuevas.

Debo reconocer cuando alguien vive en flagrante pecado, no para meterme en su vida como dicen muchos, sino para exponerle lo que dice la Palabra de Dios acerca del juicio que le espera si no hay arrepentimiento y un cambio de vida. Yo llevo el mensaje, y la persona acepta o lo rechaza.

Pero no puedo dejarlo ahí. El mensaje tiene que ser completo, y no limitarlo solo a la mala noticia. Debo mostrar la misericordia que Jesús mostró dando oportunidad al arrepentimiento. Hay que proclamar el mensaje de que aunque el pecado nos separó de Dios y estamos expuestos a la muerte eterna (la mala noticia), tenemos salvación de la ira y del juicio de Dios, arrepintiéndonos y aceptando que Jesús murió por nosotros.

No se trata de un mero acto de magia ni por decir unas palabras, como ‘Jesús te acepto en mi vida’. Se trata de un cambio de mente, de actitud, y un cambio en las acciones como testimonio de la obra de Cristo en nosotros.

Es algo que Dios concede, pero también es nuestra responsabilidad aceptar el mensaje. No que la salvación dependa de nuestra elección, pues Dios es soberano y decide a quien salva.

Hay un pasaje que muchos conocemos de memoria, pero que muy pocos quieren aceptar, sobre todo cuando repiten e insisten que no debemos juzgar. En este pasaje del evangelio de Juan, se nos deja claro que son los no creyentes quienes se juzgan a sí mismos, pues Dios dejó expresa su voluntad pero el ser humano no quiere obedecerla.

Juan 3:16-17 nos da primero la buena noticia de que “… de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque Dios no envió al Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por medio de Él”.

Pero como en todo lugar en la Biblia, siempre está el balance de las cosas. Y Dios hace una seria advertencia en el verso 18. No es una advertencia para condenación, sino un recordatorio de su amor al proporcionarle al ser humano oportunidades.

Juan 3:18 comienza con más buenas noticias: “Quien cree en Él, no es juzgado”. Pero advierte en la segunda parte del verso, “el que no cree, ya ha sido juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito Hijo de Dios”.

¿Qué control tienes sobre los acontecimientos recientes?

Comencé este blog mencionando que muchos creen tener el control de todo a su alrededor, pero esa es una farsa. Quien piensa así vive un autoengaño. ¿Qué control puedes tener para evitar que la tierra no se vuelva a sacudir bajo tus pies, y puedas dormir tranquilo?

Si tuviéramos ese control, los frecuentes sismos que ocurrieron en Puerto Rico a partir del 28 de diciembre pasado hubieran cesado de inmediato. Pero nada pudimos hacer para evitarlo.

Si tuvieras hoy el control, no tendrías que temer contagiarte con este mentado coronavirus que tiene en vilo ya a todo el mundo. Tal vez te sientes aún en control porque en Puerto Rico el problema aun no parece de gran magnitud. ¿Hasta cuándo? ¿Tienes garantía de que no empeorará?

Tal vez quieras acusarme de que estoy sembrando temor para convencerte de que tienes que arrepentirte de tu pecado. Pero no es mi intención. No lo es porque en primer lugar no es bíblico, y segundo porque la estrategia de terror que han practicado por generaciones muchos legalistas, ha demostrado que no tiene ningún efecto permanente. Lo que ha producido son muchas conversiones falsas. Porque tan pronto el ser humano pasa de su estado de urgencia por alguna crisis, si es que en algún momento se volvió a Cristo, dejará de seguirlo tan pronto pasa su problema.

En otras palabras, que buscamos a Dios la mayoría de las veces por conveniencia, y no porque verdaderamente seamos discípulos.

Cristo nunca predicó sembrando terror. El modelo que nos mostró para predicar el evangelio y para hacer discípulos, fue un modelo de misericordia y de dar por gracia lo que por gracia hemos recibido de su parte.

Ese modelo tampoco está en el otro extremo. En el de los que solo quieren la parte del Jesús que más les conviene: La de todo amor, pero nada de justicia.

Muchos citan de memoria la historia de la mujer sorprendida en un acto de adulterio, a quien los legalistas y fariseos de aquel tiempo querían apedrear. Y son muchos los que usan ese pasaje y manipulan la Biblia para hacer ver que Dios acepta a todos tal y como están, no importando su condición.

Pero por alguna razón, ya sea por amnesia selectiva o porque no les gusta reconocer su pecado, nunca citan la parte de esa historia en la que Jesús le dice a la mujer, “vete en paz y no peques más”.

¡Qué gran mensaje de amor! Unos instantes antes estás al borde de la muerte porque la multitud te quiere apedrear sin oportunidad de pedir perdón, o de arrepentirte. Pero de momento se te abren las puertas para que escapes de la muerte a la vida, escogiendo dejar atrás la transgresión y la desobediencia a Dios. “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 3:23).

Jesús señaló el pecado múltiples veces, y habló directo. Jesús señaló el pecado sin rodeos. Y a muchos de los que se lo señaló, cambiaron su vida y no lo tomaron como un mensaje de desprecio ni odio, sino de oportunidad. Dejaron su vieja manera de vivir y lo siguieron.

Nuestro peor pecado, más allá de esas malas acciones u omisiones, es que nos hemos abrazado a ese pecado e insistimos en defenderlo. Se ha convertido en nuestro ídolo. Cada quien sabe cuál es su pecado favorito.

Así que traigo este mensaje en estos tiempos que vivimos de terremotos, rumores de guerra y epidemias, no para sembrar temor, sino para recordar dos cosas. En primer lugar que todos estos acontecimientos ya estaban advertidos y profetizados en la Biblia. Y segundo, que tú no puedes evitarlos.

Pero la parte buena, al menos para el de humilde corazón o el que recapacita bajo estas circunstancias, es que estos sucesos como desastres naturales y otros eventos que no podemos controlar, nos hacen reconocer nuestra vulnerabilidad y a algunos los conducirá a Dios.

Como señalé antes, no podemos caer en el extremo de usar estos acontecimientos naturales, como pretexto para sembrar miedo y forzar una conversión que en muchas casos será falsa porque responderá al miedo y no a la obediencia o amor a Dios.

Pero tampoco quiero caer en el otro extremo de algunos cristianos de dejar de proclamar el evangelio por temor al qué dirán, y por temor de que la Palabra de Dios sea muy fuerte. Que Dios nos libre de sembrar terror usando los terremotos, huracanes, guerras y epidemias. Pero que nos libre también de ocultar lo que su Palabra advierte.

Marcos 13:7-10 dice que “Cuando oigáis guerras y rumores de guerras, no os alarméis, debe suceder, pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino, y habrá terremotos en todas partes y habrá hambres. Estos son principios de dolores de parto. Pero mirad por vosotros mismos: Os entregarán a los sanedrines y seréis azotados en las sinagogas, y compareceréis delante de gobernadores y de reyes por causa de mí, para testimonio a ellos. Y el Evangelio tiene que ser proclamado antes a todas las gentes”.

Dios es soberano y todas estas circunstancias las puede usar para su gloria, para que algunas vidas se acerquen a Él. Puede que por un instante algunos lo hagan por conveniencia, pero en su providencia Dios puede tornar corazones de piedra en un barro moldeable por sus manos de amor, para dar forma a vasijas que le den honra.

El mensaje para los cristianos es no temer lo que pueda hacerte el hombre, que no tiene más poder que el de Dios. Para los no creyentes la exhortación es reconocer su vulnerabilidad, aceptar que no tienen control de su vida, y que contrario a como muchas veces expresan, Dios es un Dios justo. Un Dios que demanda obediencia y santidad, y que juzga al pecador. Pero un Dios que perdona y restaura al que se arrepiente de su mal camino.

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