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Evangelio inclusivo, pero no permisivo (3)

Al igual que el caso del apóstol Pedro que mencioné la semana pasada, a lo largo del ministerio de Jesús en la Tierra, los discípulos más cercanos que lo siguieron fueron personas comunes y corrientes, tan pecadores como nosotros hoy día. Pero aprendieron a caminar en obediencia y agradecimiento a Cristo, porque este los perdonó y les enseñó el camino al Padre.

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Cristo no anduvo aplaudiéndole sus pecados. En algunos casos, Cristo no tuvo que decirles mucho, como con Zaqueo, quien tuvo un encuentro con el Maestro y tras recibirlo, prometió que le devolvería lo robado a los pobres.

“Mientras tanto, Zaqueo se puso de pie delante del Señor y dijo: —Señor, daré la mitad de mi riqueza a los pobres y, si estafé a alguien con sus impuestos, le devolveré cuatro veces más. Jesús respondió: —La salvación ha venido hoy a esta casa, porque este hombre ha demostrado ser un verdadero hijo de Abraham. Pues el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar a los que están perdidos”.

El ejemplo de Zaqueo es el de la persona que verdaderamente es alcanzada por la gracia de Dios, y como resultado, hay un cambio en su vida. No es meramente lo que diga, sino lo que haga con su vida a partir del momento en que Cristo lo alcanza. Esto no implica que lleve una vida de perfección, pero sí que viva totalmente siendo dependiente de Dios, al reconocer sus imperfecciones y pecados.

En resumen, el evangelio no debería ser ofensivo a la sociedad de hoy. Pero estoy consciente de que la realidad no es esa. Seguirá ofendiendo, porque la Biblia lo advierte y porque la gente, si no es porque Dios en su gracia decide alcanzar a los que ya él decidió, no desean un cambio, no desean conocer la verdad. Lo que desean es hacer su propia voluntad.

Recordemos que la Biblia y el mismo Jesús dijo que no hay ni uno solo bueno. Por lo tanto, los que hemos sido alcanzados por su amor, seamos agradecidos con nuestra vida y no nos envanezcamos creyendo la falsedad de que Dios vio algo bueno en nosotros. Ese tipo de creencia lo que levanta es el orgullo en lugar de humildad.

Concentrémonos mejor en la bondad de Dios, que aun siendo nosotros pecadores, entregó a su Hijo Jesús en sacrificio por nosotros. Y con esa humildad, reconociendo que somos salvos no por nuestra bondad, sino por la elección soberana de Dios, oremos y clamemos por aquellos a quienes todavía no se les ha abierto el entendimiento.

Clamemos a Dios por su misericordia para que alcance a ese familiar perdido, a ese amigo rebelde. Reconozcamos la soberanía de Dios, pero no dejemos de interceder, reconociendo que él escucha las oraciones.

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