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Evangelio inclusivo, pero no permisivo (2)

En las diversas instancias en que Jesús se encontró con pecadores durante su peregrinar por la tierra, su mensaje fue de aceptación, no de rechazo. De compasión, no de condenación. Para disciplinar, no para condenar. De oportunidad, no para cerrar puertas. Pero también predicó para señalar y confrontar el pecado, con la idea de provocar cambios. Cuando Jesús decía ‘yo hago todas las cosas nuevas’, es porque deseaba y desea que ocurra un cambio en nuestras vidas.

Si analizamos las cosas en su justa perspectiva, el mensaje del evangelio no debería ofender a nadie, porque aunque por un lado te estén diciendo que eres un pecador y que naciste distanciado de Dios, por el otro lado te está explicando que por esa misma condición del ser humano separado de Dios, fue que Jesús vino a la tierra para traernos la restauración en dicha relación. Para esto solo hay que aceptarlo y comenzar a caminar una vida de discípulo, que es aquel que muere a sus propios intereses y pone a primero a Dios en todo. El que procura que sus intereses no se interpongan a los de su Creador.

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Resulta irónico que personas que no someten su vida a Dios ni quieren regirse por la Biblia, suelen usarla a su conveniencia para tratar de distorsionar el mensaje de la Palabra. Es decir, que no quieren ni les importa obedecer las palabras de Dios, pero quieren utilizar las propias palabras de Dios para contradecirlo.

Y uno de los pasajes favoritos para distorsionar la Palabra, es el de la mujer sorprendida en adulterio. Dicen los que defienden la inclusión, pero sin aceptar su pecado, que Jesús fue todo amor y que lo demostró con la adúltera, a quien perdonó. Incluso atacan a quien señala el pecado, manipulando las palabras de Jesús a aquellos hombres hipócritas que sorprendieron a la mujer y querían apedrearla: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.

Pero los que manipulan la Palabra de Dios para acomodarla a su gusto, y no para ajustar su vida a lo que dice la Palabra, obvian siempre adrede la parte en que Jesús le dijo a la mujer, “vete en paz y no peques más”.

Es ahí cuando aparecen muchos expertos en sacar fuera de contexto lo que diga la Biblia en determinado pasaje. Lamentablemente esto incluye a algunos llamados cristianos a quienes solo le gusta el Dios de amor, pero no el Dios de justicia.

Cuando observamos lo que ocurrió en la última cena, vemos resumida la esencia de lo que modeló Cristo toda su vida mientras caminó en este planeta. Vemos su intención de aceptar al pecador para que se acerque. Jesús sabía desde antes del instante de la última cena, que entre los 12 apóstoles había uno que lo traicionaría. Sin embargo lo dejó tomar parte consigo en la cena.

Y la razón por la que Jesús dejó el mandato de repetir hoy día dicha cena y conmemorar el acto que él hizo, fue precisamente para que recordemos que murió por nosotros. “Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga”. (1Corintios 11:26)

Hay quienes postulan que fue injusto para Judas el hecho de que ya estaba destinado a traicionar al Maestro, y que por ende no había manera de que se arrepintiera. No me convence esa teoría, pues aun habiéndolo traicionado, y aunque el propósito por el que Jesús vino a la tierra se tenía que cumplir, Judas quizás sí se podía haber arrepentido. Pero él había dejado endurecer su corazón.

Mateo 26:24 no admite excusas en su caso: “El Hijo del Hombre se va, según está escrito de Él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mejor le fuera a ese hombre no haber nacido”.

Si vemos el ejemplo de Pedro, él traicionó también a Jesús cuando lo negó tres veces y hasta maldijo cuando insistían en relacionarlo con él. Sin embargo, vemos a Jesús después de resucitado, reafirmándolo, amándolo e instándolo de nuevo a continuar con el llamado que le había hecho. No lo rechazó, sino que le dio una nueva oportunidad.

Pedro demostró arrepentimiento y volvió a caminar en obediencia, y después de la ascensión de Cristo resucitado, predicó el gran sermón en el que la Biblia señala que se convirtieron unos 3,000. En otras palabras, que al caído Jesús lo levantó, lo restauró y le dio una nueva oportunidad. Y este, en aprecio a ese regalo, dedicó su vida a realizar el llamado que le hizo su Maestro.

¿Eran muy distintos los discípulos de Cristo cuando él caminó en la Tierra, a como deberíamos ser hoy? De eso escribiré la próxima semana.

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