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Sequía interior que tiene remedio

Un año sin hacerle caso, o tal vez más, pero la sequía me alertó y puse manos a la obra para echar a funcionar de nuevo la cisterna de mi residencia que había estado en desuso todo ese tiempo.

Si bien es cierto que tuve que llamar a un plomero para que arreglara el desperfecto, luego que se marchó tuve que extraer con la ayuda de mi esposa el agua vieja y con sedimento que llevaba todo ese tiempo sin circular.

Lo más difícil fue cuando solo quedaban unas pocas pulgadas en el fondo de la cisterna y no había manera de que saliera por la tubería. Así que, de los dos, la única que cabía por la abertura superior de la cisterna fue mi esposa, y allá dentro terminó para poder sacar con cubos y pequeños envases lo que restaba del agua sucia.

Pero aún había un problema: el sedimento. Por falta de experiencia en estos menesteres, pasamos varios minutos pensando cómo sacaríamos esos últimos galones de agua con sedimento. Pensé en seguir la recomendación del plomero, de utilizar una aspiradora de las que succionan agua también. Aunque no tengo una, pensé en preguntarle a unos amigos del vecindario si podrían prestarme una.

Lo que sucedió a continuación me recordó cómo trabaja Dios en la relación con sus hijos, y el cuidado personal que desea tener hacia cada uno de nosotros. Resulta que las dos personas que pensé que podían tener una de estas aspiradoras, no tenían ninguna. Pero el último de los vecinos me dijo, “te voy a recomendar algo mejor”.

Claro, antes que me dijera su idea, yo estaba convencido que no había mejor idea que la que me había aconsejado el plomero antes de irse de mi casa. Pero lo más que me atrajo de su recomendación es que parecía fácil y rápida, sin necesidad de estar sacando agua cubito a cubito, ni vaso a vaso.

Pero cuando don Paco me djio que lo mejor para este tipo de proyecto, era utilizar alguna toalla vieja para atrapar el remanente de agua en el fondo de la cisterna y retirar todo el sedimento, pensé de primera intención, “esto no va a ser tan sencillo; tan fácil que hubiera sido con la aspiradora”.

Aún así me pareció buena idea, por lo que enseguida, pusimos manos a la obra. Bueno, en todo caso mi esposa puso manos a la obra… y no solo sus manos, sino todo su cuerpo dentro de aquella cisterna en la que, difícilmente alguien claustrofóbico hubiera osado meterse.

Y mientras ella pasaba aquellas toallas por las paredes interiores del tanque y me las entregaba para que yo las enjuagara con agua limpia y volviera a pasárselas para repetir el procedimiento, a mi mente vino cómo en muchas ocasiones queremos brincar los procesos de Dios y preferiríamos que nuestros problemas se solucionaran tan fácil como prender una aspiradora que los succionara y los hiciera desaparecer de nuestro entorno.

Lamentablemente queremos que sea así, pero no damos paso al trato de Dios con nosotros, a la relación que Él desea con cada uno. Y es que más allá de solucionar nuestros problemas, el Señor quiere que nos relacionemos con Él. Por medio de esa relación, a la larga obtenemos mayores beneficios. ¿A caso no es mejor tener con nosotros a quien nos puede dar la sabiduría y el poder para enfrentar los problemas, o hasta para prevenirlos?

Pero la mayoría de las veces nos conformamos con tan poco. Queremos nuestras peticiones y deseos contestados, pero no queremos al dador de esas peticiones. Deseamos la solución rápida a nuestros problemas, pero no a quien puede cuidarnos, protegernos y ayudarnos en la tempestad. Deseamos las bendiciones, pero no al que bendice.

Nuestra actitud es como la del pueblo de Israel cuando Moisés subió al monte a hablar con Dios, y luego sus hermanos prefirieron que en las siguientes ocasiones siguiera siendo Moisés quien viera cara a cara al Creador y quien hablara con Él. Ellos prefirieron un intermediario en lugar de experimentar directamente la gloria del Padre.

Y nosotros, que ahora tenemos acceso directo al Padre a través de su Hijo, muchas veces tampoco queremos ese encuentro directo con Él en tiempos de oración o del estudio de la Palabra, porque preferimos que sea otro quien lo haga por nosotros. Alguien que nos haga el trabajo más fácil, supuestamente.

Mientras veía a mi esposa allí adentro, que terminó encharcada, por supuesto, pensaba en el esmero y cuidado que el Señor quiere tener hacia quienes lo aman y creen en Él, pero que no siempre están dispuestos a ponerse por completo en sus manos por culpa de la prisa y de querer soluciones inmediatas, no una relación.

Debo ser el primero en reconocer que fallo y he fallado en esto.

El Señor desea trabajar con nosotros desde nuestro interior, así como mi amada estuvo en el interior de aquel tanque de agua. Él puede con su esmero y cuidado, limpiar nuestro corazón de antiguas heridas y viejas maneras de pensar y de vivir. Pero para eso necesitamos abrirnos a su presencia, a su trato personal con nosotros.

Dios siempre ha procurado un trato personal con cada uno de nosotros. Desde el principio. Tanto así que desde la misma creación lo vemos evidenciado.

Mientras todo lo que creó lo hizo pronunciando una palabra: Sea la luz…; Produzca la tierra hierba verde que dé semilla…; Haya lumbreras en la expansión de los cielos…; Produzcan las aguas seres vivientes…, cuando determinó el tiempo de crear al hombre, no lo hizo declarando una palabra, sino que lo hizo con sus propias manos.

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. (Génesis 2:7)

Y no solo eso sino que luego el primer libro de la Biblia nos muestra cómo Dios tenía relación, comunión con el ser humano desde el principio. Una comunión que se interrumpió por culpa del pecado, la desobediencia, pero que luego fue restaurado por medio del sacrificio que hizo Jesús.

Para muchos el sacrificio de Jesús no tiene sentido o no lo entienden, pero en esencia su razón de ser es que volviéramos a tener relación con el Padre; la relación que se había perdido.

Necesitamos ser cisternas abiertas que permitamos que Dios se adentre en nuestra vida para que, no solo trabaje con la renovación de nuestro interior, sino que podamos ser llenos con agua nueva y limpia. Con el agua que Él prometió y que nos da vida; una vida eterna.

Es tiempo de hacer un detente y reconocer que el vacío que muchas experimentamos se debe sencillamente a que tenemos muchas cosas, pero no tenemos a Dios.

“Porque dos males ha hecho mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de aguas vivas, y han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua”. (Jeremías 2:13)

Hemos querido solucionar nuestras tristezas o sanar nuestras heridas buscando respuestas inmediatas, resultados rápidos. Pero buscamos las soluciones fuera de Dios. Tristemente escogemos remedios pasajeros, que no nos cuesten esfuerzo, pero lo irónico es que a la larga nos cuestan mucho más pues fueron remedios, no soluciones. Y para colmo, no acudimos a la única fuente verdadera.

Jesús le dijo a la mujer samaritana en Juan 4:10 “Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: ‘dame de beber’, tú le habrías pedido a Él, y Él te hubiera dado agua viva”.

Ella, aún sin entender, le dijo en el siguiente verso: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva?”

En el verso 12 la samaritana incluso actuó como actúan muchos, que dan más crédito a cualquier otra fuente o recurso, en vez de acudir primero a Dios en todo tiempo. Ella le dijo: “¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo del cual bebió él mismo, y sus hijos, y sus ganados?”

Pero Jesús le respondió en Juan 4:13 “todo el que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna”.

Jesús se refería a sí mismo. Pero no todos quieren al Señor. Quieren otro tipo de solución. Una respuesta rápida. Como por acto de magia. No quieren procesos, porque lógicamente tardan más.

Quieren resultados rápidos, pero en esa adicción a los resultados rápidos, no se percatan que caen en un círculo vicioso que los lleva cada vez al mismo estado. Y todo se repite.

Fallamos al seguir queriendo buscar en otras fuentes, en lugar de acudir a la única fuente verdadera.

Todo esto me recuerda también el pasaje de Mateo 8:24 que relata que estaban los discípulos en una barca en el mar de Galilea, cuando de pronto se desató una gran tormenta y la olas casi cubrían la embarcación. Dice el pasaje que Jesús estaba dormido.

“Llegándose a Él, lo despertaron diciendo: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” Y Él les contestó: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?” Entonces Jesús se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma”. (Mateo 8:25-26)

Muy a menudo nos pasa esto. Ante las tormentas y circunstancias de la vida, nos desesperamos, y el afán es tal que no nos damos cuenta que el Maestro está en control. Pero en ocasiones es peor, pues otros ni siquiera lo han dejado entrar en su barca; lo han rechazado.

¿A caso los que creemos en Él, procedemos mejor? Creo que no. Pues aun conociéndolo, actuamos como aquellos discípulos, que a pesar de tenerlo consigo dentro de la barca, no confiaban en Él, porque no lo conocían verdaderamente.

Creo que nos hace falta que apliquemos a nuestra vida un pensamiento que leí precisamente en estos días de un autor norteamericano y que deseo compartirles aquí para cerrar:

“Necesito una visión clara de quién es Dios, más de lo que necesito la solución para mis problemas” – Rory Noland

La explicación es sencilla. En la manera que conozco más de Dios y de su naturaleza, entenderé no solo que Él está en control de todo, sino que también entenderé que si lo tengo a Él, lo tendré todo.

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