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La mejor parte

Todavía recuerdo las palabras que me dijo durante una entrevista para este diario allá para 2006 (cuando recién comenzaba la crisis económica del País), el licenciado Víctor Rivera Hernánez, quien años antes había sido secretario del Departamento del Trabajo.

Conversábamos sobre la realidad de algunas personas que viven para trabajar y los efectos que esto puede causar. Recuerdo que sugirió que sería interesante que se realicen estudios que reflejen la correlación entre las personas que viven para trabajar y la gente con problemas sociales, actitud suicida o con enfermedades del corazón y siquiátricas.

“Las personas que viven para trabajar están dentro de esa enajenación que las llevan a tener problemas. Cuando hacen un repaso de sus vidas, encuentran que han trabajado mucho, pero no han logrado nada”, dijo entonces el abogado, quien recordó que durante su término como secretario del Trabajo, conoció a personas que lamentaban haber llegado a la edad del retiro sintiéndose solos o no habiendo logrado ciertas metas, pues fueron individuos que dedicaron todos sus esfuerzos a trabajar y trabajar durante décadas, pero muy poco o nada de tiempo para disfrutar con sus familias.

Traigo esto a colación, porque lo recordé luego de leer en estos días el pasaje bíblico de Marta y María en Lucas 10:38-42. Uno que presenta precisamente el contraste entre la persona que vive afanada, y la que escoge descansar en Jesús y su Palabra. Y la enseñanza que presentan estos versos, no es que dejemos de ser diligentes. Sino que sepamos poner las cosas en balanza y tengamos prioridades.

En María vemos la persona sabia que aprovecha las oportunidades, o como expuse la semana pasada, que reconoce la visitación de Jesús. Ya luego hay tiempo para lo demás, incluyendo quehaceres.

Dígame usted si en este tiempo de crisis, de incertidumbre económica en nuestras familias y en todo el País, ¿no es cuando más necesitamos sentirnos en control y no caer en la desesperación? No se trata de enajenarnos. Al contrario, como los problemas que nos rodean son reales y nos afectan a todos, necesitamos de la sabiduría de Dios para poder lidiar con todo, y tomar decisiones sabias.

Pero la Palabra dice claramente que el principio de la sabiduría es el temor del Señor. Eso implica obediencia a Dios. Someterse a Él. Darle importancia a lo que Él tiene que decir por medio de su Palabra. Y ponerla en práctica, por supuesto. Pero, para poder entenderlo hay que escucharlo. Así como lo hizo María.

“Mientras iban ellos (Jesús y sus discípulos) de camino, Jesús entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Pero Marta, se preocupaba con todos los preparativos. Y acercándose a Él, le dijo: ‘Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude’. El Señor le respondió: ‘Marta, Marta, tú estás preocupada y molesta  (afanada y turbada) por tantas cosas; pero una sola cosa es necesaria, y María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada”. (Lucas 10:38-42)

La actitud de María debe nacer del corazón, pero también tiene que ser una decisión. No debemos esperar que lo sintamos como una emoción, pues las emociones siempre nos van a llevar a preocuparnos, a dejarnos llevar por lo que vemos a nuestro alrededor. Seguir a Jesús, a su Palabra, tiene que ser una decisión que vaya por encima de las circunstancias.

Las personas que escogen la mejor parte, como María, siempre van a tener el consejo de Dios, la mejor respuesta a cada situación. No es que todo se resolverá en un abrir y cerrar de ojos. Pero quien medita y se deleita en lo que Dios dice en su Palabra, aprende tarde o temprano a esperar, y a mantener la calma en medio de la tormenta. No porque no sienta y padezca, sino porque el mismo Señor es quien proporciona seguridad, paz y confianza.

En esta María, podemos ver la gran disposición que tenía por escuchar y sentarse a los pies del Maestro para recibir una enseñanza. Por Juan 11:2 y 12:3 sabemos que esta María, hermana de Marta, fue la misma que en otro instante ungió a Jesús con perfume y le secó  los pies con sus cabellos.

En Mateo 26:8 vemos que algunos se indignaron por ese acto que salió del corazón, ese gesto de desbordarse en amor por el Maestro. Pero en los versos 10-11 el mismo Jesús los amonesta, primero reconociendo como buena la acción de María, y segundo, advirtiéndoles que los pobres siempre existirán y siempre hay ocasión para ayudarles. Es que algunos de sus seguidores reclamaron que aquel perfume se pudo haber vendido para utilizar el dinero para ayudar a los pobres.

Pero Jesús reconocía y reconoce la hipocresía de la gente. Sabía que decían aquello, pero su corazón no estaba ni en una cosa ni en la otra. Ni en agradarle ni en ayudar a los pobres. Más bien fue una respuesta egoísta la que manifestaron. De hecho, hoy día podemos ver ese tipo de gente. Que viven afanados y preocupados solo en hacer dinero, pero que no pueden entender que a pesar de las crisis económicas, haya quienes puedan vivir en paz con menos, y mantener la cordura aunque enfrenten las mismas crisis que los demás.

Quien asume una actitud como la de María, no solo evitará actuar a la ligera ante situaciones de presión, sino que va a tener los elementos de juicio correctos para tomar las mejores decisiones. Al menos va a tener una mente más clara, pues no se dejará agobiar por los afanes.

Los que actúan como Marta, son los que se pierden los buenos momentos, pues piensan que todo pueden resolverlo en base a su esfuerzo. Son personas que aún no han podido reconocer que Dios es quien tiene el control, o que aun creyendo en Dios, piensan que tienen que ayudarlo porque Él no dará abasto.

Pero la buena noticia es que en Mateo 11:28 Jesús nos invita a lo siguiente: “Vengan a Mí, todos los que están cansados y cargados, y Yo los haré descansar”. 

Los que descansan en el Señor pueden recibir el pan de vida que solo Él da, mientras otros se tienen que afanar tratando de conseguir un pan que no sacia y que siempre se agota. Los que buscan refugiarse en Dios, hayan el agua que sacia la sed, mientras otros se fatigan buscando un agua que escaseará y la que, en medio de su fatiga, no será suficiente. Pero Jeremías 31:25 nos da esperanza al declarar: “Porque yo he de satisfacer al alma cansada y he de saciar a toda alma atribulada”.

“El que habita al amparo (abrigo) del Altísimo morará a la sombra del Omnipotente. Diré yo al Señor: ‘Refugio mío y fortaleza mía, mi Dios en quien confío'”. (Salmo 91:1-2)

¿Podemos confiar en Dios? ¿Podemos esperar a que Él haga su parte, mientras nosotros escogemos obedecer?

No se trata de recostarnos y no hacer nada. Se trata de actuar, pero en base a lo que nos manda en su palabra. La paciencia no implica acostarse a esperar que las cosas sucedan. La paciencia es realmente perseverancia. Es actuar pero guardando la paz. Una paz que solo Dios da. No la que el mundo da, que en realidad son treguas.

La paz que Dios trae es una que cambia, transforma y trastoca lo que tiene que trastocar, para que prevaleza lo que es verdadero. La paz de Dios no se fundamenta en apariencias. Se fundamenta en confrontar lo falso y sacarlo a la luz, para que entonces sea establecida la verdad. Ese proceso, aunque duela, es el único que trae una paz verdadera y que prevalece.

Lo demás, no es real. Lo demás son treguas que ponen en pausa los conflictos y tarde o temprano regresan a lo mismo.

Cierro con los siguientes dos versos del Salmo 91:3-4:

“Solo él puede librarnos de los peligros ocultos y de enfermedades mortales; solo bajo su protección podemos vivir tranquilos, pues nunca deja de cuidarnos”.

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