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La deuda más importante a pagar

Cuando Dios advierte en su Palabra que debemos guardar nuestro corazón, lo hace porque sabe que conforme a lo que abriguemos en nuestra mente, es que entonces procederemos con nuestro prójimo. Así como pensamos, serán nuestras acciones.

Si bien es cierto que Dios nos llama a amar al prójimo como a nosotros mismos, e incluso a amar y a hacer el bien aun a nuestros enemigos, he comprendido que debemos esforzarnos aun más por hacer lo anterior con aquellos más allegados.

¿No es lógico que si estamos llamados a hacer el bien al enemigo, debemos procurar mucho más amar a nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestros familiares? ¿Y a perdonarlo?

El mandato de Dios en lo que respecta a lo que debe ser nuestra actitud contra el enemigo está en Romanos 12:20. Debemos tener claro que Dios no nos está llamando a tener la misma relación con el enemigo, que la que tenemos con nuestro mejor amigo o con nuestra familia directa.

Sí nos manda en ese pasaje a lo siguiente: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Así harás que le arda la cara de vergüenza”.

En otras palabras, Dios quiere que tratemos bien a todos, pero eso no quiere decir que con todos vamos a tener el mismo grado de relación y de intimidad. Sí estamos obligados a hacer el bien a todos por igual, pero la relación no es la misma.

Si Dios esperaba que nos relacionáramos igual con todo el mundo, entonces no estaría Él mismo llamándole “enemigos”. Si hay amigos y hay enemigos, es porque la relación no será la misma. Pero eso no implica que odiemos al enemigo. Tal vez tengo que tratarlo a distancia, pero igual debo hacerle el bien.

Pero la esencia de mi mensaje en esta ocasión, está dirigida a esos que son nuestros allegados. A esos que se supone que amamos: a nuestros familiares y amigos. Y he comprendido que si bien es cierto que humanamente resulta difícil perdonar o tratar bien a un enemigo, hay ocasiones en que puede ser igualmente duro perdonar a ese ser querido que nos lastimó.

Precisamente porque esa persona allegada es alguien en quien tenemos confianza y de quien tal vez no esperamos que nos falle, es la razón por la que nos sentimos devastados si algún día nos traicionó o nos ofendió. Puede haber ocasiones en que resulte incluso más difícil perdonar a un amigo que a un enemigo.

Pero no tenemos que ir muy lejos en pensar en un gran agravio o una gran traición. A veces son pequeños detalles los que, si dejamos acumularlos sin perdonar, empezarán a crear una raíz en nuestro corazón que se convertirá en algo más dañino. Para que nuestro corazón no se dañe, debemos tener cuidado de no dejar que pequeños errores, malentendidos o incluso fallas de parte de nuestro amigo, nos lleven a albergar desdén hacia él o ella, hasta el punto que a la larga derive en enemistad.

Proverbios 4:23 nos exhorta a que “sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida”.

Por más amigos que sean, no siempre la otra persona va a hacer todo como a ti te gusta, o como tenías pensado que actuaría. Cada cabeza es un mundo, y todos somos seres únicos con distintas cualidades, actitudes y aptitudes. Todos tenemos nuestros errores y nuestras mañas. Y por ende, no en todo vamos a poder complacer al prójimo.

Pero si queremos conservar esas amistades a las que consideramos valiosas, debemos ser lo suficientemente flexibles para tolerar que se equivoquen, así como nos gusta que si en una ocasión fallamos, nos se nos condene.

Siempre he dicho y sostendré que el verdadero amigo, es el que dirá la verdad de frente aunque a la otra persona le incomode, pero no lo hará con la intención de condenar, sino de edificar a esa otra persona. Si la persona es sabia y humilde, aunque es lógico que se sienta mal, luego de la molestia estará agradecido de la franqueza de su amigo y verá mucho más allá de lo que había en las palabras; la intención de ayudarlo, y corregirlo para bien.

No ofendernos fácilmente por la equivocación o el error de un amigo, de nuestro prójimo, debe y tiene que ser una elección para conservar las sanas relaciones. No estoy hablando de tolerar lo que no es tolerable. El abuso no tiene que tolerarse, ni la explotación. En ningún tipo de relación donde una parte está tratando de sacar provecho de la otra persona a costa de su propia integridad y dignidad, no puede haber tolerancia.

Sin embargo, la tolerancia a la que me refiero es la que debe ayudar a perdonar o incluso hasta pasar por alto cuando ese allegado cometió un error. Tal vez no me ayudó como esperaba, o no estuvo presente cuando lo necesitaba por culpa de un malentendido. En fin, son interminables las ocasiones y las maneras en que nos pueden fallar, pero también las formas en que nosotros solemos fallarle a otros. Si tenemos esto presente, tal vez se nos hará más fácil comprender cuando otros nos fallan a nosotros.Sabremos que así como nos sentimos heridos cuando alguien nos lastimó, también se siente ese hermano o amigo cuando soy yo quien lo hiero.

Por otro lado, cuando permito que me ofrenda un error o incluso algo que no es un error, sino una decisión del amigo, contraria a la que yo esperaba, esto se irá acumulando y en primer lugar hará que ya no vea a la persona con los mismos ojos, ni con el mismo aprecio. Encima, como empecé a apuntarle sus “deudas” en la cuenta, por pequeños que sean sus errores futuros los veré como la gran ofensa. Tarde o temprano la raíz de amargura se habrá convertido no solo en un árbol fuerte, sino que se puede haber aferrado demasiado al corazón. Ese es el momento en que perdonar se vuelve tan difícil, y la persona comienza a mostrar su amargura en todo y con todos a su alrededor.

No obstante, en vez de estar apuntándole las supuestas deudas a mi prójimo, es a mí a quien la Biblia me apercibe de no tener otra deuda que no sea la de amar a mi prójimo. “No deban nada a nadie, excepto el deber de amarse unos a otros. Si aman a su prójimo, cumplen con las exigencias de la ley de Dios”. (Romanos 13:8)

 

“Esfuércense por vivir en paz con todos y procuren llevar una vida santa, porque los que no son santos no verán al Señor.  Cuídense unos a otros, para que ninguno de ustedes deje de recibir la gracia de Dios. Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos. (Hebreos 12:14-15)

Esa gracia de la cual habla Hebreos, es la que nos permite recibir perdón aun cuando no lo merecemos. Debemos ser capaces de extender esa gracia a otros, así como otros, pero primeramente Dios, nos ha perdonado y amado por medio de su gracia.

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