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Tengo nueva vida, porque Él resucitó

Hoy es un día de fiesta. Uno que invita, no a celebrar con ritos repetitivos que muchas veces vienen del que duda qué está celebrando.

En realidad es un día para celebrar con el gozo que llena nuestro ser, por saber que lo que celebramos, es algo real, que transformó y sigue transformando nuestro ser, y que sí… hay evidencia pues nuestra vida ha sido edificada.

No es una vida perfecta, pero sí una vida que desde que es renovada por el toque del Señor, no se conforma con seguir igual, con seguir de espaldas a Dios, o en un caminar sin propósito.

Esa certeza en la resurrección de Cristo, es el fundamento de nuestra fe. Una que para muchos es locura, pero para los que creemos, es la manifestación del poder de Dios que cambia las vidas.

Esa certeza no solo es la que nos hace seguir creyendo, sino seguir caminando indistintamente de los resultados, porque más allá de resultados, sabemos que esto se trata de una relación.

Interesante que muchos ven como locura creer en Cristo, creer en su Palabra y vivir una vida de servicio a él, porque dicen no tener una prueba empírica, científica, de que Dios existe.

Mas la fe en Dios produce constantemente evidencia sustentable con hechos, pues la Palabra contiene promesas que no varían. Eso explica porque dos personas que escuchan la misma predicación y la misma enseñanza, sentada uno al lado de la otra, no producen el mismo fruto y reaccionan de manera distinta.

Uno pone por obra lo que aprende y tarde o temprano ve los resultados. Pero el otro que escuchó la misma palabra, no. Por eso Jesús habló de los tipos de terreno y utilizó esa parábola para describir a los distintos tipos de personas y su actitud al escuchar su Palabra. Unos simplemente la escuchan pero no hacen caso de ella. Otros la creen momentáneamente y se entusiasman, pero pronto la olvidan. Otros abandonan su fe tan pronto son probados o enfrentan circunstancias adversas. Pero otros permanecen firmes en lo que han creído, pues saben y confían en quién fue el que prometió.

Cuando la fe se basa en ritos, difícilmente se puede mantener la convicción, pues las personas se concentran en su obra y no en la de Cristo. Pero cuando, por el contrario, en vez de ritos procuramos desarrollar una relación con Dios, podemos tener esas evidencias que otros exigen pero no encuentran porque no desean relacionarse con Dios.

Muchos quieren pruebas y ver para creer. Pero ignoran lo que la Palabra enseña respecto a que, lo que se ve, fue hecho de lo que no se veía.

El mejor ejemplo para entender esto es que muchos de los grandes inventos de la historia tuvieron que venir primero a la mente y la imaginación de los estudiosos, antes de que esa idea se concretara en algo que pudiéramos ver.

La fe opera del mismo modo.

Es irónico que unos pidan pruebas, pero ¿cómo es posible que puedan obtener esas pruebas si no van a vivir por lo que dice la Palabra? Sería como pretender que un ejercicio logre su efecto en el cuerpo y produzca músculos, pero la persona no quiera seguir las instrucciones de una dieta balanceada, y ni siquiera hacer los ejercicios.

La existencia de Dios es más que evidente en la creación como he mencionado antes en este espacio. Es evidente en el diseño perfecto que vemos en cada detalle, en cómo se cumplen las leyes naturales.

Pero esa vida de Dios se hace más evidente en cada persona que decide aceptarlo y vivir por sus preceptos. La existencia de Dios se hizo evidente cuando envió a su Hijo a la Tierra. Fue el momento en que la Palabra, el Verbo, se hizo carne y caminó en este planeta.

Fue la manera en que el amor de Dios, se manifestó de manera personal hacia nosotros pues lo envió precisamente para entregarse por nosotros. Con su muerte y posterior resurrección, ahora esa manifestación personal la obtenemos por medio de su Espíritu Santo.

“Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo”. (Romanos 10:9)

Esa resurrección, fundamento de nuestra fe, es tan cierta que únicamente los que han creído pueden dar testimonio y experimentar  lo que produce en sus vidas. Produce evidencias. Las mismas que muchos buscan, pero no están dispuestos a recibir ni a pagar el precio por obtenerlas.

¿Cómo se puede explicar que cuando no me interesaba buscar a Dios, y actuaba como cualquier otro pecador, poco a poco me fui apartando de caminos de maldad? Y no crea que fue por mi bondad.

Solo después de conocer de Dios, supe que alguien (mi esposa) había estado orando por mí incesantemente durante algún tiempo, y Dios escuchó esa oración. Pero ¿y cómo explicar lo que antes sucedió con ella? ¿Quién la inquietó? La única respuesta es que Dios mismo nos alcanzó con su gracia. Él fue el que nos atrajo hacia Él.

¿Cómo se explica el hecho de que, de repente, aquella maldad en que uno se recreaba, ahora resulta que a uno le repugna y siente hasta verguenza por lo que hizo en el pasado?

Esa es la mejor evidencia de que la resurrección de Cristo ocurrió, y hoy más que nunca está vivo. Unos preguntarán, ¿pero y por qué conmigo no hace lo mismo? Dios es soberano y Él decide cuándo y a quién atraerá hacía Él.

En vez de molestarse por su soberanía y quejarse contra Él, ¿por qué no trata de pedirle en humildad que le permita conocerle? ¿Que quite su arrogancia en contra de Él, y le haga humilde para escuchar, para aprender? Porque sería más que insensato e irónico que usted pretenda obtener respuestas de parte de Dios y de entender algunos de sus misterios, a la vez que lo sigue negando, maldiciendo y reclamándole como si usted tuviera alguna autoridad sobre quien le creó.

Tan insensato como algunos incrédulos en la época de Jesús que le pedían que hiciera señales para creer, a la misma vez que estaban contendiendo contra él y poniendo en duda quién era. Más irónico es que aun habiendo visto milagros y prodigios que realizó, nunca creyeron que se trataba del Hijo de Dios.

Pero la vida nueva, la transformación, la paz que trae Dios a la vida de las personas que él toca, y quienes no se resisten, es muestra de que esa resurrección ocurrió, y que Dios, no está muerto.

“Dios resucitó a Jesús de la muerte. Y si el Espíritu de Dios vive en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo le dará vida a su cuerpo mortal por medio del Espíritu que vive en ustedes. Por eso hermanos, tenemos una obligación pero no es la de vivir según la mentalidad humana. Si viven de acuerdo con la mentalidad humana, morirán para siempre, pero si usan el poder del Espíritu para dejar de hacer maldades, vivirán para siempre“. (Romanos 8:11-13)

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