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Fe ¿en qué?

Fe en ¿quien o qué?. A menudo oigo expresiones de supuesta fe, que sin ánimo que criticar, me parecen expresiones huecas que no conducen hacia ninguna parte.

Y es que la Biblia dice en Santiago 2:17 que la fe sin obras es muertas.

El problema fundamental de muchos, es que dicen tener fe, pero a la vez noto como un miedo, temor, vergüenza o quién sabe qué, para nombrar a Jesús, o para confesar que su fe está basada en Dios. Y cuando vemos los frutos de tales personas, y los consecuentes resultados, notamos que su fe no ha estado basada en otra cosa que en su propio intelecto, en sus propias fuerzas, o en sus propias habilidades e ideas, o en todo el dinero que poseen.

Con su vana palabrería, muchos dan la falsa apariencia de una espiritualidad y hasta de que confían en Dios, pero con sus acciones demuestran que lejos de confiar en el dador de la vida, tienen más confianza en sí mismos o en otras personas. Es ahí cuando veo que lo que expresan no liga con sus acciones.

Por eso es que titulé este blog de esta manera; fe, ¿en qué?

Yo no estoy tratando de imponerte mis ideas. Así como eres libre para decidir si lees o no este espacio, en tus manos queda en quién o qué vas a creer, o en qué o quién vas a tener fe. Pero por favor, no te engañes a ti mismo aparentando tener una fe en algo que ni sabes qué ni quién es. Si no puedes ni siquiera saber en qué creer, ¿cómo sabes entonces que eso te puede salvar; que te puede ayudar?

Y he escuchado ese tipo de expresión vacía en diversas circunstancias. Especialmente cuando la persona atraviesa una enfermedad terminal. Voy a hablar sin rodeos. He visto personas que mientras todo ha estado bien, en apariencia, no han expresado para nada que crean o confíen en Dios. Cuando viene el tiempo de la crisis, entonces, comienzan de repente a mostrar una aparente espiritualidad. El problema no es el momento, pues la Biblia declara que Dios no desprecia un corazón humilde; no desprecias a quien con sinceridad se humilla ante ti y se arrepiente (Salmos 51:17)

Pero el problema es cuando la persona quiere aparentar una espiritualidad que no es real, y expresa una fe que nadie sabe ni en quién o qué está fundamentada. Lo peor es que esa supuesta fe no los conduce a ninguna parte. Solo se están engañando a sí mismos.

La Palabra nos enseña que Cristo es el autor y consumador de la fe, así que si no lo tenemos a él ni confiamos en él, mis hermanos, no existe tal fe. Podrás decir lo que quieras; que eres una persona de mucha fe, que eres luchador. Bueno, tal vez sí tienes mucha fe, pero en ti mismo, y en tus habilidades.

Marcos 11:22 nos dice en quién es que debemos tener fe. “Tengan fe en Dios”. Y en el siguiente verso nos declara “les digo la verdad, ustedes pueden decir a esta montaña levántate y échate al mar, y sucederá, pero deben creer de verdad que ocurrirá y no tener ninguna duda en el corazón”.

Podrás declarar que tienes fe en tu propio potencial e inteligencia, y pensar en tus adentros que no necesitas de Dios o de un tal Jesús que aparece en un ‘libro escrito por hombres’. Pero lo que tú digas creer no cambia la realidad de Dios. Es que según declara su palabra, “Hay un solo Señor, una sola fe…”  (Efesios 4:5)

Ahora bien, no podemos esperar que un incrédulo manifieste fe en Dios, porque para poder manifestar fe en Él, primero tendría que revelársele Cristo por medio de su infinita gracia. Pero lo difícil de entender es que una persona que pretende ser creyente en Dios y simpatizante de Cristo y su Iglesia (simpatizante no es lo mismo que ser discípulos o creyentes comprometidos), pueda por un lado decir que tiene fe, pero como que siempre hay algo que le impide hablar expresamente de Dios y de su fe en Él. Es como si pudiera pronunciar cualquier palabra, excepto la palabra Dios, o el nombre de Cristo.

La Biblia dice que posterior al sacrificio de Jesús en la cruz, Dios le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2:9-11)

Por ese nombre, todas las cosas fueron creadas. El evangelio de Juan 1:1-3 dice que antes de que todo comenzara ya existía aquel que es la Palabra. La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Cuando Dios creó todas las cosas allí estaba la palabra. Todo fue creado por la Palabra, y sin la Palabra nada se hizo.

Dicho de otro modo, sin Dios nada de lo que existe hubiera sido hecho. Entonces, ¿por qué voy a expresar una fe con la expectativa de ver algo que todavía no es real en mi vida, pero a la vez negar a quien único puede hacerlo posible?

Por eso, sin ánimo de ser crítico, porque la Biblia me manda a ser compasivo con los débiles en la fe, es triste ver a personas que necesitan urgentemente tener un encuentro verdadero con el Maestro y que dicen tener fe, pero con sus acciones y palabras demuestran que están creyendo realmente en otras corrientes de pensamientos y filosofías. La realidad es que en eso es que tienen fe, pero en apariencia quieren dar a entender que han conocido al Señor. ¿Podrán engañar a Dios? Claro que no. ¿Para qué entonces engañarse a sí mismos? 

Romanos 10:9-10 nos advierte que “Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, serás salvo. Pues es por creer en tu corazón, que eres declarado justo a los ojos de Dios y es por confesarlo con tu boca que eres salvo”. 

No son nuestras obras las que nos salvan, sino creer en Dios. Tener fe en Él. Dios es el que produce el querer y el hacer. Cuando somos humildes en reconocer que necesitamos que nuestra vida sea llena con la de Él, Dios va a producir Él mismo esa fe en nosotros.

Si Dios es el que hace todo nuevo, si por medio de Él fue que se crearon todas las cosas, ¿por qué insistir en tener fe en cualquier otra cosa, menos en Él?

Te he quitado de los hombros la carga que llevabas; ya no tienes que cargar esos ladrillos tan pesados. Cuando estabas angustiado, me llamaste y te libré; te respondí desde la oscura nube donde estaba yo escondido; junto al manantial de Meribá puse a prueba tu fe”. (Salmos 81:6-10)

El salmista no tuvo problemas en reconocer que es Dios quien quita de nosotros nuestras cargas, o quien en otras circunstancias, nos ayuda a llevarlas y nos muestra el camino a seguir. Tan valioso es uno como el otro escenario. En el primero alivia nuestra crisis, en el otro, nos acompaña en medio del dolor pero nos fortalece en el camino y nos enseña a salir fortalecidos.

“Israel, pueblo mío, escucha mis advertencias; cómo quisiera que me escucharas! No tengas dioses extranjeros (extraños) ni los adores. Yo soy tu Dios; to te saqué de Egipto. Dime qué quieres comer y te lo daré de sobra”. (Salmos 81:8-9)

Es la fe en Jesús la que cambia, sana, transforma, liberta y da nueva vida

Cierro con un pasaje que establece muy claramente lo que es poner la fe en cualquier cosa, y sus efectos, versus ponerla en Jesus, y los resultados que trae. El libro de los Hechos nos presenta el caso del lisiado que prácticamente vivía a las puertas del templo pidiendo limosnas, hasta que un día se topó con Pedro y con Juan. Él esperaba nuevamente que como otras veces, los que pasaban por allí le dieran una limosna.

Ese hombre se había acostumbrado a vivir de esas limosnas, pero no había aspirado nunca a algo mayor. No había reconocido su verdadera necesidad. Había puesto toda su fe en la limosnas que pudiera recoger, aunque la realidad es que esas limosnas nada hicieron para sanarlo de su condición.

Pero en cambio Pedro y Juan le dieron otra cosa.

“Por la fe en el nombre de Jesús, este hombre fue sanado, y ustedes saben que él antes era un inválido. La fe en el nombre de Jesús lo ha sanado delante de sus propios ojos”. (Hechos 3:16).

¿En quién o qué vas a poner tu fe entonces? ¿En las migajas, en limosnas, en sobras?  ¿En filosofías huecas, en tus propias habilidades o tu propia inteligencia?

Nada de eso perdura, pero el amor de Dios perdura para siempre.

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