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Desvístete del orgullo

¿Que cómo Dios habla? Creo que más importante que esto, es importante que reconozcamos cómo nosotros le estamos hablando a Dios. ¿En qué actitud nos acercamos a él?

No es raro escuchar a personas atribularse porque supuestamente nunca han tenido respuesta de Dios, o no saben discernir cuándo es el Señor quien les habla. Otros alegan que no saben cómo es que Dios habla.

Creo que parte del problema estriba en que quizás se han empeñado en que Dios haga con ellos como han leído en la Biblia o han visto en cintas de cine, y entonces se sientan a esperar una voz audible desde el cielo o que Jesús les aparezca en una visión y les hable.

Dios es Dios para hacer como le plazca, y puede hacerlo de esa manera. Pero lamentablemente a veces perdemos de perspectiva que el Señor la mayor parte de las veces nos habla por medio de su Palabra escrita, la Biblia. Y la gran mayoría de las veces no bastará con que leas unos versos, sino que tendrás que hacer el esfuerzo por meditar en lo que acabas de leer, profundizar y preguntarte qué habrá querido decir Dios en determinado pasaje.

En ocasiones esa respuesta de parte de Dios no va a venir como una palabra que alguien te dijo o un mensaje que escuchaste en la Iglesia, sino como una revelación o entendimiento que recibes de repente al leer y meditar en unos versos. Incluso pueden ser versos que llevabas tiempo leyendo y aún no habías comprendido, y de repente Dios te dio el entendimiento.

Sí, en otras ocasiones será por una palabra que algún siervo de Dios te trae, o puede ser incluso a través de sueños y visiones como muestra la misma palabra, pero la misma Biblia nos enseña que la profecía más confiable es la que ya está en la Palabra de Dios. Eso quiere decir que si alguien me da un mensaje, supuestamente de parte de Dios, o yo alego tener una visión o sueño, mi responsabilidad inmediata es tomar la Biblia y auscultar, qué tienen que decir las Escrituras acerca de lo que alguien me haya podido decir.

En otras palabras, nuestro deber es pesar lo que nos dicen o escuchamos, con lo que la Biblia establece. Mucho de los abusos y excesos que vemos de parte de líderes religiosos, se debe a que el pueblo no se toma el tiempo para escudriñar la Palabra, como Dios mismo nos manda en la Biblia.

Si alguien me dice que me está hablando de parte de Dios, esa palabra no puede contradecir lo que está escrito en la Palabra. La Biblia debe ser el ‘mapa’ por el que debo dejar guiarme.

El problema en esta época que vivimos, es que aun los cristianos ponen en entredicho lo que establecen las Escrituras, y unas veces creen, pero otras no. Es como si condicionaran a Dios y su Palabra. Muchos le han quitado la cualidad de verdad absoluta a la Palabra de Dios, y solo quieren seguirla si se amolda a su voluntad propia.

Pero algo que poco a poco me he dado cuenta, es que más que la forma en que Dios va a hablarme, como establecí al principio de este blog, es cómo yo me acerco a Dios. ¿En qué actitud?

Meditando sobre esto hace unas semanas, el Señor me permitió entender que en la medida que el ser humano se acerca a Dios en oración, pero en una actitud de orgullo, entonces va a ser difícil que obtenga una respuesta. No imposible, pues quizás la respuesta que sí va a recibir la persona es la reprensión de parte del Espíritu Santo.

Una persona que se acerca a Dios en oración, sin reconocer su condición de pecador, sin antes pedir perdón a su Creador, no es una persona sincera. Y cuando ese individuo le pide al Señor que cambie a las personas que lo rodean, pero no reconoce que él tiene mucho por cambiar, está siendo soberbio y orgulloso. De hecho, una persona así, aunque se haga llamar cristiano, llegará el momento que dejará de comunicarse con Dios.

Y la Palabra de Dios establece que al altivo (orgulloso) Dios lo  mira de lejos (Salmos 138:6), pero al humilde lo toma en cuenta.

¿Que cómo Dios habla? Creo que es importante que sepas que antes de mirar la paja en el ojo ajeno, debes reconocer en tu oración a Dios, que tú eres tan pecador como ese a quien señalas. He llegado a comprender, que cuanto más criticamos al prójimo, a la sociedad en general, a los sistemas, a los gobiernos o instituciones, es cuando más debemos mirarnos hacia adentro y comenzar a reconocer todo lo torcido e incorrecto que está en nosotros, y decidirnos a cambiar, si es que estamos esperando que otros cambien.

¿A caso no se ha topado usted con personas que en todo momento se están quejando y criticando a todo el mundo? Que si la mediocridad del gobierno o en los empleos; que si la apatía de la gente en la calle, la falta de cortesía y la hostilidad de los conductores. Siempre nos concentramos en criticar todo a nuestro alrededor, pero muy pocas veces nos empeñamos en ser nosotros quienes demos el primer paso en hacer las cosas diferentes y en cambiar nosotros primero.

Dios quiere hablarme. ¡Seguro que sí! Pero primero debo despojarme de mi egoísmo, del orgullo y de la falta de empatía hacia otros. Dios quiere hablarme, pero primero debo reconocer cómo estoy tratando a mi prójimo, a mi esposa e hijos. Dios quiere hablarme pero debo reconocer si estoy siendo soberbio o prepotente.

Y para renunciar a esa actitud, debo tener un corazón como el de David, que se atrevió a reconocer sus pecados y su condición de imperfección, y con corazón humilde le pidió al Señor, “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí”. (Salmos 51:10)

¿Cuántos de nosotros nos atreveremos a hacer esa oración? ¿Pero más que a hacer esa oración, a proponernos y aceptar ser transformados?

“Para ti, la mejor ofrenda es la humildad. Tú, mi Dios, no desprecias a quien con sinceridad se humilla y se arrepiente” (Salmos 51:17)

 

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