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Cusco

Para llegar a Cusco, desde Lima, hay que tomar un avión y tragar unas pastillas especiales, que venden en las farmacias, para soportar la altura de 3,400 metros sobre el nivel del mar. Una vez allí, es necesario beber té de coca para negociar el ritmo de la respiración con la falta de oxígeno.

Aterrizo y me siento cansada. Como si hubiese corrido un maratón. Camino y siento que floto. Me cuesta tanto respirar como pensar y articular oraciones. Mi amiga italiana me confirma que se siente igual y despacito nos dirigimos hacia el hostal.

Cusco fue la capital del imperio Inca antes de que Francisco Pizarro la invadiera y posteriormente la convirtiera en ciudad española en 1534. Por ello, Cusco cuenta con diversas ruinas prehispánicas entre las que se destaca el Machu Picchu. Se cuenta que muchas de las magníficas estructuras fueron destruidas para construir con sus piedras la catedral del centro histórico y otras estructuras durante el periodo colonial español. Otras se convirtieron en ruinas a medio excavar.

Me tomo a grandes sorbos el té de coca para estabilizarme. A diferencia de Lima y más parecido a Puerto Rico, el tiempo parece transcurrir despacio. Camino por las calles del centro cusqueño y me inserto en la cotidianidad de una ciudad cuya autenticidad es como la miel para el turismo extranjero. Mujeres peinadas a dos trenzas largas coronadas con un sombrero de ala corta, visten ropa típica de antaño y se desplazan cargando pequeñas alpacas en sus brazos. Se toman fotos con los turistas a cambio de unos cuantos soles y son exigentes con el precio que han fijado a la experiencia cultural cusqueña.

En términos de gastronomía, uno de los platos tradicionales de Cusco es el “cuy”. Se trata de un conejillo de indias que se fríe o se hornea. “Se come con las manos porque los huesos son muy pequeños”—me advierte un mesero al ver mi movimiento hacia los cubiertos. El sabor de la carne oscila entre el conejo y la gallina de palo.

Los mercados de artesanía local exhiben diversas ropas fabricadas a mano. El oro codiciado por los españoles hace más de 500 años parece haber sido sustituido por la baby alpaca o el primer corte que se le hace al animal para confeccionar abrigos, bufandas, guantes y sombreros para el invierno. Sin embargo, a diferencia de antaño, los cusqueños actuales conocen el valor de ese textil y astutamente  venden gato por liebre. El turista obsesionado con la lana de cachemira o cashmere sucumbe ante los buenos precios y la ilusión de llevar un poncho en lugar de un coat convencional.

Pero en Cusco no todo se trata de turismo de comercio. Todas las tardes se presencian procesiones y bailes tradicionales en las plazas, al pie de las iglesias. Adultos y niños bailan al son de ritmos andinos mezclados con alabanzas católicas, producto del inevitable mestizaje o sincretismo sobre el que los historiadores teorizan pero sólo los cusqueños entienden.

Uno de los monumentos más importantes de la ciudad es el Coricancha: una iglesia construida encima de un santuario Inca y que muestra ambas edificaciones. Paseamos por la sierra y visitamos las “salineras” cuya estructura se ha conservado desde los tiempos que preceden la conquista española. Allí, alrededor de 400 familias tienen a su cargo la extracción de sal en una zona conocida como “el valle sagrado”. Uno paga diez soles para poder entrar a dicha edificación incaica que aún se mantiene activa. Mientras camino por las más de 700 “piscinas” de sal, veo a los trabajadores, con pala y pico en mano, pegarle al suelo para sacar el preciado mineral.

En un mundo globalizado y paradójicamente plagado de reclamos de nacionalismo, los cusqueños han sabido combinar la diversidad y desarrollar una cultura que no sacrifica su identidad a pesar de los incontables intentos coloniales de supresión absoluta. Así es Cusco, una ciudad que supo negociar su autenticidad ante la colonización española y hoy, lo hace ante la frivolidad del turismo extranjero.

 

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