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La primavera a medias

Cuando vivía en Puerto Rico solía atesorar los días grises y lluviosos porque eran menos frecuentes que los días soleados, despejados y calurosos. Hoy soy una fanática de estos últimos. Cada vez que un día soleado se cuela en la fila de días grises y fríos en la ciudad de Nueva York, me emociono como el que recibe un regalo imprevisto o una llamada telefónica inesperada.

Aún es demasiado pronto para plantearse falsa expectativas. Es decir, poco a poco uno se va desprendiendo de ciertas capas de vestimenta. Los gorros, guantes y bufandas de lana se entierran en el clóset. Sin embargo, el invierno nuyorquino carece de una muerte súbita. Por ello, uno tiene que ser paciente y guardar las prendas paulatinamente porque las temperaturas pueden disminuir repentinamente. El proceso de cambiar el clóset de acuerdo a la estación del año fue algo que aprendí a regañadientes. Incluso, se torna tema de conversación entre los más allegados. Frases como el otro día guardé la ropa de invierno y me sentí tan bien… o, todavía me da miedo guardar el coat, denotan la inevitable influencia del clima en el estado emocional de los individuos.

Acostumbrada al clima de Puerto Rico, admito que la llegada de una primavera a medias me desespera tanto como me solía irritar el calor abrasante de la isla. Luego de seis largos meses de invierno, uno llega a sentirse cautivo de la propia vestimenta. Un viejo amigo puertorriqueño me comentó una vez: a mí el invierno no me molesta tanto, lo que me incomoda es ese momento en que uno ya quiere quitarse el coat porque ha venido cargando con él desde noviembre. A diferencia de la resignación que implica la llegada del invierno, el arribo paulatino de la primavera despierta un sentimiento de liberación a medias.

Miro alrededor y los árboles poco a poco florecen, la nieve ha desaparecido por completo y los restaurantes han comenzado a abrir sus respectivas terrazas. Como si se tratase de un premio de consolación a cambio de la dureza del invierno, la intensidad de los colores en la naturaleza incrementa, así como el ánimo de los transeúntes.  

Voy sacando ropas olvidadas en el fondo de las gavetas y me sorprendo al ver tanto color que se escondió bajo los suéteres grises y negros que caracterizan la vestimenta invernal.

Por eso el otro día me precipité y me puse una falda. Me congelé las piernas jinchas que no han visto sol desde agosto. Ni modo. Si los ciclos requieren de cierto estoicismo, yo soy todo menos ecuánime.

 

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