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Vivir con Cáncer

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Mi camino está lleno de ángeles… ellos existen

El camino que recorremos los enfermos de cáncer es accidentado y pedregoso. Es un cuadro complejo en todos los aspectos del quehacer humano, todo se afecta y se trastorna.

Y nuestras circunstancias son profundamente heridas cuando perdemos el empleo, el plan médico y cuando sufrimos otra enfermedad igualmente cruel.

Veo constantemente compañeros y compañeras de la sala de infusiones llegar en silla de ruedas como consecuencia de un derrame cerebral. O con maletines llenos de documentos porque han perdido su empleo y comienzan el doloroso proceso de solicitar ayudas para continuar el tratamiento. O llorando de frustración porque llevan meses buscando trabajo y le cierran las puertas por ser un paciente de cáncer, por representar una carga. O desesperados al enterarse que acaban de agotar los beneficios que su plan médico les provee para los gastos del tratamiento.

Yo también experimento y sufro estas situaciones. Me dan duro y pretenden robarme la paz. Pero nuestro proceso es más hermoso y más importante, y ningún contratiempo nos puede empañar nuestra alegría de querer luchar. No nos podemos desenfocar, no podemos claudicar a la lucha.

Los ángeles existen, Dios los pone en nuestros caminos.

Yo los veo todos los días, hablo y río con ellos. Están ahí, a mi lado, conmigo caminando el camino.

Son los amigos que nos regalan sus oraciones, que extienden su mano para ayudarnos y animarnos. Los que comparten su vida para regalarte vida. Los escogidos por tu corazón.

Es la trabajadora social que te toma de la mano y te conduce por todo el proceso de conseguir los fondos con las fundaciones que apenas le quedan fondos. Pero su entrega, empatía y bondad no tienen límite. La que te dona vida para darte vida.

Es la servidora pública que haciendo honor a su apostolado te regala su apoyo y entrega. Y te abre su corazón de ternuras para que no te sientas solo ni olvidado en ese laberinto gubernamental.

Son esas almas maravillosas que trabajan diariamente en la oficina de tu oncólogo para regalarte una esperanza de vida. Los que dibujan una sonrisa de fe en tu rostro.

Es tu oncólogo, que es tu amigo, que es tu compañero en la marcha. Que está comprometido con tu vida, con tu bienestar y tu felicidad. Que cada palabra y cada mirada está llena de salud.

Es la amiga de la farmacia que te despacha los medicamentos y te despacha también grandes dosis de aliento y de confianza.

Son las personas que trabajan afanosamente en las organizaciones que batallan contra el cáncer y nos proveen la ayuda económica para sufragar los costos del tratamiento. Que te regalan su hombro para tus sollozos.

Son los amigos que te reciben en el laboratorio cada semana con palabras de amor, empatía y solidaridad, y festejan tus avances y tu caminar. Y con un beso y un abrazo energizan tu corazón.

Estos ángeles son el agua que sacia la sed de nuestros caminos, son los mensajeros de Dios. 

Son los que llenan de luz nuestros días y de risas nuestros corazones.

Son los pregoneros de la fe, esperanza y confianza en el Padre.

El camino es accidentado y pedregoso, pero no estamos solos, nuestros caminos están llenos de ángeles… ellos existen.

 

 

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