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No volvimos a ser gente

Un evidente tema es el que reina en las conversaciones puertorriqueñas desde el miércoles pasado: el apagón. El malestar por el calor, la peste a diesel y el ruido de la planta eléctrica del que puede tenerla, fueron algunos de los protagonistas de este evento. Sin embargo, salió de la penumbra una gran bofetada para el que dice que los puertorriqueños hemos cambiado. Seguimos siendo los mismos de siempre.

La solidaridad, que se representa en el coreado ay bendito que tantas veces criticamos, aún dirige nuestras acciones. Fue evidencia de esto el enaltecedor gesto de los policías que, bajo la lluvia torrencial, dirigieron el tráfico para evitar accidentes. Así mismo se representó en el sacrificio de los empleados de la Autoridad de Energía Eléctrica, quienes en medio de la crisis laboraron jornadas de 12 horas para devolver la electricidad a nuestros hogares, hospitales y centros esenciales.

El sentido de comunidad sigue vigente. Se llenaron las marquesinas, los pasillos de los condominios y las casas de los familiares. Se escuchó, entre el silencio de la noche, el característico choque, pieza contra pieza, de los dominós al moverlos para comenzar la próxima mano. Los centros comerciales se abarrotaron, pero las tiendas estaban cerradas. Nos unió el sentimiento de encuentro y la jocosidad de nuestra personalidad. Seguimos siendo un solo pueblo.

La naturaleza característica de nuestro país tuvo su momento de grandeza. La noche estrellada fue testigo de millones de ojos que dejaron de mirar hacia al frente para subir la vista y no ignorar el espectáculo que siempre nos prepara. El coquí pudo sentirse como el rey, nuevamente, al ofrecer su concierto nocturno sin interrupciones. Aún vivimos en la Isla del Encanto.

Quizás la prisa del diario vivir, la obsesión con el mentiroso progreso y la competencia nos han hecho olvidarnos de quiénes somos. Incluso, muchos reconocimos nuestro abandono al hacer alusión al escrito La noche que volvimos a ser gente, de José Luis González. Sin embargo, la distancia ficticia, en la que la tecnología nos hace entrar, fue quebrantada para demostrarnos que no volvimos a ser gente. Nunca hemos dejado de serlo.

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