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Que no nos detengan los vientos

Es difícil encontrar las palabras adecuadas para expresar lo vivido la pasada semana, cuando llegamos a unas montañas a  mil trecientos pies sobre el nivel del mar en la vecina República Dominicana.  No puedo negar el temor que me invadió mientras subíamos aquella loma que parecía no tener final.  Allí llegamos con el propósito de compartir la vida y los talleres de desarrollo humano que ofrecemos,  con los campesinos en la misión de promoción humana y espiritual que la Diócesis de Orlando, Florida,  lleva en ese lugar.

Lo que allí vivimos nos ofreció profundas lecciones para el alma, ante la dura realidad que atraviesa nuestro país.  Nos hospedamos en una casa que la misión posee.  No hay servicio de alcantarillado, por lo que había que bañarse con cubos de agua fría;  y la luz se recibe a través de un sistema de placas solares.  En otras comunidades viven sin luz y buscan el agua en cubos  bajando la loma por unos riscos impresionantes.  Durante la noche, soplan vientos de tormenta que amenazan con llevarse el techo de zinc de la vivienda, y en la mañana nos despertaba el canto de los burros, medio de transporte y trabajo utilizado por los campesinos.

El paisaje a nuestro alrededor era celestial, pues las nubes acariciaban las montañas y los atardeceres  se vestían de diversos colores. En la noche, el cielo estrellado -forrado de cientos de estrellas- era un espectáculo de esos que ya no se ven por estas tierras.

Compartimos nuestros días con jóvenes y adultos cuya realidad de vida es dura. Visitamos una comunidad llamada La Cueva, que en una época  era lugar de escondite de los prófugos de la justicia, y la bautizaron con ese nombre por lo aislado de su localización. Allí nos reunimos con un grupo de mujeres que están montando una cooperativa para crear productos del maní que siembran.  Mujeres sin mucha educación, pero con un espíritu de lucha incansable y gran fuerza para cargar toda clase de cosas en su cabeza,  sembrar la tierra y criar sus hijos con lo que logran conseguir.

Nuestros talleres estuvieron llenos de personas deseosas de aprender. Que se sorprendían y maravillaban  con lo ofrecido y jugaban con una alegría -sobre todo los adultos- que refleja lo natural que siempre habita en quien no está contaminado por los excesos de tecnología y materialismo.

Lo mejor de la experiencia fue la fraternidad. Esa que abunda a caudales, pues en cada esquina hay personas compartiendo y saludando al que transita.  Escuchamos historias como para escribir un libro sobre la sabiduría campesina y la sensibilidad que los caracteriza. 

Salí de allí convencida de que hay un paradigma que estas personas han desarrollado y que a nosotros nos hace falta acuñar en tiempos de recesión.  Hay que dejar los esquemas de comodidad a un lado si queremos construir nuestro nuevo país, pues ya nos está tocando hacer sacrificios en el estilo de vida al que hemos estado acostumbrados.  Dejar de quejarnos por cada cosa incómoda -el calor, el frío, el tapón, etc.-  y alejarnos de la avalancha de anuncios que siguen promoviendo que la felicidad está basada solo en lo material.  Aprender a disfrutar lo simple de la vida, como la excursión a pie que hicimos al río o el cielo estrellado que vimos en aquellas lomas. Valorar lo que se tiene y las relaciones con las personas que amamos.

Sabemos que en Puerto Rico seguimos en picada y tomará tiempo la recuperación, pero como país poseemos un caudal de talentos que nos permitirá renacer.  Nos toca seguir trabajando por mejores condiciones de vida para los puertorriqueños y para toda la humanidad. Aprendamos de nuestros hermanos que viven en condiciones mucho más difíciles  y construyen su país sin dejar que los fuertes vientos los detengan.

 

 

lortiz@csifpr.org

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