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Las cosas por su nombre

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La piñata

Algunos recordarán la maravillosa película argentina llamada ‘Nueve reinas’, estrenada en el 2000, que retrata de manera magistral la degradación moral que vivió el país suramericano a principios de siglo, durante la época nefasta que desembocó en el infame “corralito”.

En la película, todos los personajes están timándose unos a otros, sin tregua y con pasión. Hay una escena genial en la que Marcos, uno de los personajes principales, interpretado por el extraordinariamente talentoso Ricardo Darín, comprende de repente que, en efecto, nadie honesto lo rodea y todos están metiendo la mano en el bolsillo ajeno a ver qué puede agarrar.

Se pregunta Marcos, consternado: “¿En todos lados será así?”.

Los puertorriqueños hemos llegado en este tiempo de tormentas en que vemos rodeándonos tanta trampa y corrupción, a hacernos la misma pregunta. Estamos viviendo bajo la sensación de que todo el mundo anda mirando de reojo a ver quién deja algo mal puesto para agarrarlo o de que nuestro país es una piñata a la que alguien le dio el batazo, cayendo el dulce como aguacero intempestivo, mientras todos nos tiramos sobre todos a ver qué podemos coger.

Así nos dejan las noticias de restaurantes finos clausurados porque se apropiaban del dinero de los contribuyentes; de manejos de viscosa repugnancia en la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE); de directivos universitarios repartiendo entre amigos y familiares miles de dólares de los fondos de una institución indispensable que está al borde del colapso; de modelos y abogados disfrutando del plan de salud de los necesitados; de maestras y maestros desgraciando a sus familias a cambio de unas monedas.

Eso solo lo más reciente, porque un poquito más atrás están un comerciante de poca monta hartándose de billetes al saquear el erario gracias al acceso que le dio su amistad con la alta cúpula del Gobierno; y un juez vendiéndose por yuntas de camisas. Y más atrás todavía alcaldes, jefes de agencia y legisladores desfilando frente a nosotros, cariacontecidos, en traje de preso, cadenas rodeándoles los pies, las manos y las caderas.

La sucesión de todas estas noticias nos deja paranoicos, desconfiando de todo lo que nos rodea, creyendo, porque somos encima de todo eso dados a la autoflagelación y a vivir mirándonos el ombligo, que Puerto Rico es, como le ha llamado más de uno, “la isla del truco”.

Mal de muchos, consuelo de tontos, dice un viejo refrán, que se usa para evitar mirar hacia fuera y entender que, si bien la corrupción es un mal que nos tiene agarrados por el cuello, no es aquí, por supuesto, donde único pasa. La corrupción no es un mal del boricua; es un mal de la humanidad. Y ponerlo en perspectiva nos ayuda a entenderlo mejor y, en consecuencia, a combatirlo.

Durante las últimas dos o tres décadas, por ejemplo, han sido acusados o convictos por corrupción jefes de estado en países como Brasil, Guatemala, Argentina, Costa Rica, Israel, República Dominicana, Francia, Perú, Italia, Egipto, Tailandia, Filipinas y Venezuela, entre muchos otros.

Pero como aquí a donde más nos gusta mirar es a Estados Unidos, echemos un ojo a ver cómo es allá.

En Estados Unidos son incontables los legisladores estatales y federales convictos de corrupción. En este momento en particular, por ejemplo, Sheldon Silver y Dean Skelos, líderes de la Cámara y el Senado estatal de Nueva York, están presos por ladrones. También lo están los exgobernadores de Illinois, Rod Blagojevich, por haber tratado de vender el escaño senatorial que dejó vacante Barack Obama cuando fue electo presidente, y el de Virginia, Bob McDonell, por haberle aceptado regalos valorados en $177,000 a un contratista estatal.

De hecho, los gobernadores de 15 estados de Estados Unidos (Illinois, Virginia, Missouri, Carolina del Norte, Alabama, Connecticut, Lousiana, Ohio, Arizona, Arkansas, Oklahoma, Rhode Island, Virginia Occidental, Tenesí y Maryland) han terminado presos por corrupción. En Illinois la cosa es, de verdad, de espanto: cuatro otros gobernadores terminaron manchados.

La corrupción, como puede verse, es un fenómeno de donde quiera que hay gente de carne y hueso. Lo que sí hay en unos sitios y en otros no, y en esto los puertorriqueños sí que somos una vergüenza, son instituciones fuertes y confiables, que puedan detectarla, encausarla y castigarla.

De hecho, el que haya países de los que no se puedan dar ejemplos de gobernantes presos por corrupción no significa de ninguna manera que no haya pillaje. Lo más seguro es que sus instituciones no la detectan o, si la detectan, no la encausan.

Ese es el caso, por ejemplo, de algunos países de África, destripados salvajemente por bárbaros dictadores de los cuales ninguno ha pagado por sus crímenes. A Estados Unidos, en cambio, pueden hacérsele todas las críticas del mundo, pero, en términos generales, tiene instituciones que funcionan y normalmente le hacen pagar sus crímenes hasta al más lindo, aunque para el crimen común haya fuete y para el de cuello blanco palmaditas.

Acá, el panorama es realmente trágico: instituciones pusilánimes, politizadas, sin recursos y maniatadas adrede por los políticos. Para comprender la magnitud de la incompetencia de nuestras instituciones, baste saber esto: si no fuera por las agencias federales, Víctor Fajardo, Sol Luis Fontanes, Edison Misla Aldarondo, Eduard Rivera, Jorge de Castro Font, Mane Cruzado, Freddie Valentín, Anaudi Hernández, Manuel Acevedo, René Vázquez Botet, Marcos Morell, Angie Rivera y tantos otros no hubieran jamás sido desenmascarados.

No es, en fin, el que haya corruptos entre nosotros lo que debe avergonzarnos, pues en todos los sitios hay. Lo que de verdad debería darnos pavor es nuestra incapacidad de siempre para crear instituciones capaces de actuar cuando se les denuncian, detectarlos si no son delatados, encausarlos sin contemplaciones y hacerlos pagar para que otros aprendan.

En fin, Marcos, que en todos sitios es así, pero no en todos sitios los dejan salirse con la suya.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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