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Las cosas por su nombre

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La universidad del norte

Al concluir su reunión con el liderato estudiantil de la Universidad de Puerto Rico (UPR) el pasado miércoles, el presidente de la Junta de Supervisión Fiscal, José Carrión III, fue citado diciendo que su visión filosófica del principal centro de educación superior puertorriqueño es que debe ser “como las universidades estatales del norte”, en obvia alusión a Estados Unidos, el país de los anhelos, y no pocas veces las obsesiones, de más del 90% de los puertorriqueños.

Como a quien se le zafa un secreto cuando habla dormido, con ese comentario Carrión desveló, quizás sin querer, uno de los grandes misterios de la trágica situación de la UPR: la racional que anima el brutal recorte que se le recetó como parte del plan de la Junta para tratar de resolver la crisis del Gobierno.

Hasta ahora, no se sabía cómo se llegó a las espantosas cifras disparadas contra la UPR: $450 millones de inmediato y más de $500 millones durante los próximos años, más de la mitad del presupuesto que el centro universitario recibe del Estado.

Como niños sorprendidos en una travesura, la Junta y el gobernador Ricardo Rosselló se han acusado el uno al otro de ser el autor de la sentencia. Pero ninguno de los dos ha podido producir un análisis sobre la razón de las cifras. Ya sabemos: quieren que sea como las universidades estatales de Estados Unidos.

Miremos, entonces, a las universidades estatales de Estados Unidos.

En Estados Unidos hay 629 universidades públicas. Según el College Board, en el año académico 2016-17, el promedio de costo anual de matrículas en estas es de $9,650 al año para estudiantes residentes del estado de la universidad y $24,930 para los que vienen de otros estados o países.

Esos inimaginables costos para un país pobre como Puerto Rico son los que le permiten a “las universidades del norte” depender en solo 25% de subsidios estatales, versus la UPR, que depende en 75% de su asignación del Fondo General. Depender solo en 25% del Estado es una meta que la Junta ha identificado para la UPR.

En la UPR, un año de bachillerato cuesta $1,620 para los locales y $3,735 para los extranjeros. Para que la UPR, en términos de costos, sea “como las universidades estatales del norte”, habría que aumentar la matrícula en un espeluznante 496%. En el plan fiscal del Gobierno aprobado por la Junta, se sugiere un aumento a $4,815 anuales, un brutal incremento de 197%.

Hay datos clave que no se pueden soslayar al examinar estos temas.

Lo primero es que las universidades públicas de Estados Unidos sirven a un país desarrollado, que tiene la economía más potente del mundo y cuyas familias tienen un ingreso promedio anual de $53,889, tres veces mayor que los $19,350 de Puerto Rico. Pese a nuestras alucinaciones, Puerto Rico es un país pobre: el 45.5% de vive bajo el nivel de pobreza. En Estados Unidos, es apenas el 15.5%.

En la UPR, el 28% de los estudiantes viene de hogares con ingresos de menos de $10,000 al año, lo que los planta con fuerza en la categoría de pobres. El 42% viene de familias con ingresos menores a $25,000 anuales, lo cual significa que, dependiendo del número de miembros de la familia, de seguro son pobres también.

Además, 27,528 de sus 55,425 estudiantes subgraduados reciben la totalidad de la beca Pell, lo que significa que sus familias no pueden aportar ni un centavo a su educación. Todos esos, si la UPR se convierte en una universidad “como las del norte”, tienen que dedicarse a otros menesteres en la vida, porque les resultaría imposible costear una educación diseñada para una economía rica.

En este momento, el 57.4% de los puertorriqueños menores de 19 años es pobre, al igual que el 62.3% de los que tienen menos de cinco años, según el Censo de Estados Unidos. Esos tampoco tienen medios para, cuando le llegue el momento, matricularse en una universidad como las del norte.

Para que ellos y los hijos que eventualmente tengan no sigan atascados en la pobreza, tendrían quizás que hacer como los estadounidenses menos privilegiados que van a la universidad para tratar de avanzar en la vida con la herramienta que da una educación de calidad: endeudarse hasta las orejas.

En el 2015, la revista The Economist reportó que la deuda de préstamos estudiantiles ascendía a la estratosférica cifra de $1.2 trillones. Cada estudiante debe en promedio $37,172. En el 2014, $7 millones estaban en retrasos, con las terribles consecuencias que eso tiene en el historial crediticio de jóvenes profesionales que empiezan a labrar su camino.

Ese sistema ha sido señalado como un esquema financiero para esquilmar a los jóvenes estadounidenses y no existe una voz sensata en Puerto Rico que crea que eso nos conviene. Estados Unidos está casi solo en ese abuso, pues en mucho del mundo industrializado se entiende que la educación universitaria es una inversión en la sociedad misma, con incalculables beneficios, y no andan peseteándole recursos a sus universidades.

En Alemania, la cuarta economía más poderosa del mundo, la educación universitaria es gratuita tanto para nacionales como para extranjeros. En Japón, que tiene un ingreso familiar promedio de $53,000, un año académico en universidades públicas cuesta en promedio de $6,500. En Francia, el costo son unos ridículos $200 anuales. En los países nórdicos (Suecia, Noruega, Finlandia, Islandia y Dinamarca, que siempre salen entre los primeros en todos los indicadores de calidad de vida) la educación universitaria también es gratuita.

Puerto Rico, por supuesto, no está en condiciones en este momento de dar educación universitaria gratuita. Pero tampoco la solución puede ser meterle costos que la hagan inaccesible a todos los que la necesitan, por estar soñando con las universidades de un país rico al que, a pesar de más de un siglo de relación colonial, seguimos pareciéndonos tan poco.

La UPR, por supuesto, necesita reformas profundas. Puede, seguramente, ser menoscara de lo que es. Algunos recintos tal vez no son necesarios. Hay mucha gente allí con privilegios que no merece. Pero la reforma que se le haga tiene que partir de la realidad imposible de ocultar de que Puerto Rico es un país subdesarrollado y pobre, que para avanzar necesita de una educación de calidad y accesible, de la misma manera en que una persona necesita el aire para respirar.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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