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Las cosas por su nombre

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El país de la amnesia

Cuando el martes en la noche la boxeadora puertorriqueña Mónica González se alzó con el bronce en los Juegos Panamericanos de Toronto 2015, le estaba dando, sin saberlo ella, sin saberlo nosotros, sin saberlo casi nadie, una lección fundamental a Puerto Rico.

Toronto fue la primera justa internacional en la que compite Mónica, de 26 años y natural de Guayama. Colocarse, así en paracaídas, como la tercera mejor púgil de su peso en América, no es poca cosa. Es, bien mirada, una gesta casi milagrosa. Titánica podemos llamarla. Pero, con todo el valor que tiene el triunfo a nivel deportivo, no fue esa la lección más importante que Mónica nos dio al defender con honor la bandera boricua ante las Américas.

El viernes en la noche, Telemundo, que transmite los Juegos Panamericanos, difundió una entrevista con Mónica, en la que esta contó, bien a grandes rasgos, la historia de su vida. Muy jovencita, dijo, se dejó llevar, como tantos jóvenes de nuestro difícil país, “por malas influencias”. Fue seducida por el encanto de la calle y lo marginal. Cayó presa. Sí, presa.

Por ahí andaría todavía, por las cavernas subterráneas de la vida, en esa carrera alocada hacia la muerte que es el crimen, de no ser por el deporte, que la hizo encontrarse a sí misma, le dio sentido a su vida y la llevó en ruta gloriosa a lo que es hoy: orgullo de su comunidad en Guayama y de todo un país demasiado necesitado de historias de redención, que celebra la medalla obtenida en Toronto y la manera en que resurgió de las cenizas del crimen y la marginación para convertirse en ejemplo de muchos.

Cosas así logra el deporte todos los días. Lejos de los reflectores de los grandes eventos como los Panamericanos, las Grandes Ligas, la NBA, el BSN, el voleibol superior, incontables niños y niñas están día a día esculpiendo mejores vidas y mejores futuros gracias al orden, la disciplina y el sentido de propósito que el deporte da a la vida. Y, en el camino, aprendiendo a ser mejores personas.

Eso lo sabe cualquier persona sensata. No habría ni que estarlo repitiendo en esta columna.

Lamentablemente, Puerto Rico es, a menudo, el paraíso de la amnesia y lo obvio hay que estarlo machacando una y otra vez para que no se nos olvide. Se vive de acuerdo a los medios, no se maltratan niños ni animales, la educación es importante, no se tira basura en la calle, todo ser humano vale igual, la cultura da cohesión a los pueblos. Cosas así y muchas otras nos tenemos que estar repitiendo todo el tiempo. Da hasta vergüenza que ni cosas así de simples algunos entiendan.

 

En esta semana tocó volver a recordar lo que vale el deporte para un pueblo.

Y tocó recordarlo debido a que, por Puerto Rico haber vivido en Toronto la desgracia de no ganar ni establecer récords mundiales en todos y cada uno de los eventos en que participó, unos cuantos salieron a cuestionar la ínfima inversión de fondos públicos que se hace en nuestras delegaciones atléticas.

Ínfima, sí, porque, bien mirado, y comparado con los beneficios que produce, los tres y pico de millones de dólares que recibe el Comité Olímpico de Puerto Rico (Copur), que es solo una parte de su presupuesto, son verdaderamente una porquería.

Tienen diversa raigambre los que andaban por ahí tratando de quitarle brillo a la delegación que con tanta dignidad nos representó en el extranjero en estos días.

Primero están algunos de los que quieren que Puerto Rico sea el estado 51 de Estados Unidos. Esos saben que en la estadidad la representación olímpica propia no es posible y por eso se agarran de la crisis fiscal para cuestionar nuestra participación en justas internacionales y para intentar minimizar cualquier gesta de los nuestros. Pamplinas; siempre, haya o no crisis, lo han cuestionado.

Segundo están los que viven la vida frustrados consigo mismos, que no tienen ni un logro importante que mostrarle a sus hijos y les duele en el alma cualquier triunfo ajeno. Algunos así fueron los que tuvieron el valor de criticar que Javier Culson, quien lleva ya varios años entre los mejores diez velocistas del planeta, no haya ganado oro o los que no tuvieron la capacidad de entender el inmenso valor de la demostración que dio el conjunto de voleibol femenino dando una batalla épica, de tú a tú, hasta el último instante, con el sexteto de Brasil, clasificado el segundo mejor del mundo en este momento.

El gran Rubén Blades, al reaccionar esta semana a críticas similares que se dirigieron en Panamá, su país natal y que se parece tanto a nosotros, contra algunos de sus atletas, se refirió a personas como las descritas en el párrafo anterior de la siguiente manera: “Hay gente que se pasa su vida gritando desde la comodidad de no hacer nada, hablando sin asumir la responsabilidad que implica el participar, el riesgo de actuar y equivocarse”.

Hay cosas en la vida en las que el camino es tan importante como la meta, en la que andar vale tanto como llegar. El deporte es una de estas, pues, independientemente del resultado, nada borra lo aprendido durante los largos años de sacrificio, disciplina, tesón y enfoque que requiere ser un atleta de alto rendimiento. La medalla y el campeonato son recompensas bienvenidas y celebradas, pero no indispensables para el valor de todo lo andado.

Mónica, Kiria Tapia, Jaime Espinal, que tantas decepciones pasó antes de su momento de gloria en Londres, las chicas del voleibol, Javier Culson, los peloteros, los baloncelistas, los corredores y corredoras, todos los que empuñaron nuestra hermosa bandera en Toronto, son todos ellos y ellas faros que inspiran a miles de niños y niñas que a la hora en que usted lee cómodamente esta columna están en un parque o una cancha llevando sus cuerpos y voluntades al límite, soñando con que en el futuro sea a ellos a quienes les toque oír La Borinqueña en tierra extraña.

Y lo que eso vale, digan lo que digan, no hay manera de cuantificarlo.

(benjamin.torres@gfrmedia.com, Twitter.com/TorresGotay, Facebook.com/TorresGotay)

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