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La delicadeza emocional

Mido mi vida en semestres, pues laboro en una universidad. Así que planifico mis proyectos personales en función de esa medida de tiempo. Es por eso que, recientemente en agosto, decidí cambiar de un gimnasio a otro que tiene un menú de clases más a tono con lo que busco actualmente. Entusiasmada con mi ‘nueva escuelita’ llegué a mi primer día de clases, con bulto pink y todo. Justo al entrar por la puerta, me encontré con una persona que me saludó. Sé que coincidí con ella en algún lugar de trabajo anterior, no recordaba su nombre, pero sí su rostro (a veces borro de forma tal, que no recuerdo ni lo uno, ni lo otro). De manera, que ella entabla una conversación conmigo que arrancó así: “Muchacha tienes unas libritas, tú que eras tan delicadita”. Sí, todo en diminutivo. ¿Pierdo mi inteligencia emocional? ¿Dejo secuestrar mi amígdala cerebral? ¿Le respondo? ¿No es importante? Fueron algunas de las preguntas que emanaron en nanosegundos desde mi actividad neuronal. Mi cerebro se transformó en un centro de comando emocional, tal como se ilustra en la película Inside Out. ¿Me enojo? ¿Me entristezco? ¿Me disgusta? ¿Me da temor? ¿O escojo ser feliz, aun cuando lo que me digan pueda sonar ofensivo? ¡Decidí que nada arruinaría el entusiasmo de iniciar en el nuevo gimnasio! Así que brevemente rocé su hombro con mi mano, como en una tierna palmadita de esas que uno da cuando quiere enfatizar, y le respondí con una sonrisa en el rostro: “Me parece que sigo siendo delicadita, ¿no crees?” Esto fue suficiente como para que ella quisiera cambiar a otro tema y yo estuviera lista para proseguir rumbo a mi clase y ¡disfrutarla! Y es que la delicadeza de un individuo nunca ha sido función de su peso. Su expresión perpetúa la aceptabilidad a los estereotipos de belleza que nos han sido impuestos por la cultura, sociedad y la industria. También refleja ese hablar sin pensar, tan común en nuestro día a día. Lo que a su vez atisba falta de empatía y autorregulación, dos piedras angulares de la inteligencia emocional.

Volvamos a su comentario y vamos a extrapolarlo a otros posibles escenarios. Digamos que se encuentra con una persona que su peso o la percepción de su peso, le crea ansiedad o problemas de autoestima. Tal vez, la conversación pudiese haber sido con alguien al que le diagnosticaron un problema de salud o que ha tenido que superar una inmensa y retante situación. En fin, sus palabras no ponderadas, pudieron causar mucho dolor.

Esta situación, me hizo reflexionar sobre uno de mis temas preferidos, y una de las razones por las cuales estoy aquí hoy: el poder de nuestras palabras. Y es que, en nuestra gestión emocional, ese balance entre las emociones y la razón al que aspira la inteligencia emocional, incluye reconocer que nuestras palabras son poderosas: pueden construir y pueden destruir. Pasarlas por el filtro de la inteligencia emocional nos ayudara a tener comunicaciones más efectivas.

La Ontología del Lenguaje, propuesta por el doctor Rafael Echevarría, y utilizada como herramienta para el coaching, postula que el lenguaje es acción y genera realidades.

“Al decir lo que decimos, al decirlo de un modo y no de otro, o no diciendo cosa alguna, abrimos o cerramos posibilidades para nosotros mismos y, muchas veces, para otros. Cuando hablamos, modelamos el futuro, el nuestro y el de los demás. A partir de lo que dijimos o se nos dijo, a partir de lo que callamos, a partir de lo que escuchamos o no escuchamos de otros, nuestra realidad futura se moldea en un sentido o en otro”, indica Echevarría.

¿Qué tal si a la hora de emitir juicios o prejuicios nos detenemos y pensamos las posibles consecuencias de nuestras palabras? ¡Seamos delicaditos!

Arte Kaliany Serrano Viera

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