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Ojos que no ven, corazón que no miente

¿Qué defensa puede alegar un pobre hombre, cuando su pareja lo pilla auscultándole las piernas u otra parte de la fisonomía a la chica que acaba de pasarle por el lado?
Sólo diré lo siguiente: la gran mayoría de los hombres que cometemos esta pifia, no lo hacemos porque ya estemos cansados de nuestra pareja, ni mucho menos.
Tampoco quiere decir que estemos interesados en sostener una relación extramarital o extramural con la chica cuyas piernas estemos admirando durante varios segundos.
Sencillamente se trata, según creo, de un impulso automático, un acto reflejo al que muchos nos acostumbramos en nuestra soltería, y después se nos hace demasiado difícil controlar… incluso a sabiendas de que tenemos a nuestra media naranja mirándonos y captando toda la escena para la posteridad.


¿Quién no ha visto en la playa a esos padres regordetes que, al jugar con sus retoños, por una de esas casualidades de la vida siempre terminan yendo a recoger la bola junto a la rubia que está soleándose a solas en bikini?
Hasta a mí me pasó una vez algo parecido.
“¿Qué haces?” me chilló en voz baja, sibilinamente, mi esposa Lety, cuando aún estábamos casados, un día en que, movido por un ataque de locura instantánea, me volteé al paso de una minifalda en Plaza las Américas.
Lo último que faltó fue silbar el tradicional “¡fiu fiuuu!”
“Si te gustó tanto, ¿por qué no te vas detrás de ella?” me soltó Lety.
Aunque algunos tengan dudas de ello, déjenme decir que, en efecto, soy un tipo bastante inteligente. O por lo menos de inteligencia promedio. Por consiguiente, sabía que con la evidencia que mi esposa había recopilado en primera fila, de nada me valdría negar nada.
Así que le bajé por el flanco filosófico: “Es algo natural, mi vida”, le dije. “Es la reacción natural de un hombre al ver a una mujer bonita”.
Incluso acudí a la historia reciente inmediata, a aquellos precedentes que respaldaban mi posición, como solía hacer Perry Mason.
“Acuérdate lo que dijo una vez Jimmy Carter”, agregué, mencionando al otrora presidente de Estados Unidos, aquel hombre de intachable moral que, en una famosa entrevista, admitió que “en su corazón había deseado a muchas mujeres”, aunque nunca le había sido infiel a su esposa.
“Y lo dijo para explicar que él no era nadie para juzgar a otras personas, porque sabía que, como ser humano, él había tenido pensamientos impuros también”, proseguí.
Como vi que la había puesto a dudar un poco, le lancé a Lety mi última estocada verbal.
“Además, tú no te hagas”, le dije. “Los otros días, cuando estábamos viendo aquella película de Mel Gibson, por poco quemas el tape de tanto darle ‘rewind’ para repetir la escena debajo de la ducha”.
“Pero eso no es lo mismo”, refunfuñó Lety, ya sin mucho ánimo.
Como puede apreciarse, la discusión tiene sus añitos, antes de que existieran los DVD y antes de que el gran Mel quedara delatado como un borrachín medio racista.
Y mucho antes, también, de que Lety y yo nos divorciáramos, ella para buscar a su Mel Gibson de carne y hueso y yo… para corretear felizmente por la playa como balón errante.

romeomareo2@gmail.com

 

 

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