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In memoriam Cali Hernández

(En homenaje a nuestro bloguero Oscar “Cali” Hernández, reproducimos aquí la columna que el deportista Raymond Dalmau publicó el 6 de junio de 2018, tras el fallecimiento de su amigo escritor y publicista).

Han pasado tantos años desde que aquel jovencito estudiante de escuela superior, fanático audaz de los Piratas de Quebradillas, se convirtió también en un fanático fiel de Neftalí Rivera, de mi hermano Steve y de mí, que apenas alcanzo a precisar una fecha. Sí recuerdo que Oscar “Cali” Hernández presidía su clase en la escuela Superior Juan Alejo de Arizmendi y tenía un don natural para hacer amigos y conquistar los corazones de quienes lo rodeaban. A partir de entonces, anduvimos siempre juntos y Cali vino a ser, lo que mi cuñada llama, nuestra “mascota”.

Cali era una persona extrovertida, de buen sentido del humor y muy querida en todos los lugares a los que fue. Era inteligente, gran lector y escritor, y poseía un don de palabra excepcional. Cuando llegó el momento de iniciar sus estudios universitarios en humanidades y literatura, le recomendé que estudiara relaciones públicas y siguió mi consejo. Se hizo publicista y resultó ser muy bueno en su profesión.

Y, si querido fue en Quebradillas, igualmente lo fue en el área metropolitana donde se estableció por motivos de su trabajo. Sus raíces quedaban allá, pero sus ramas continuaban creando acá una frondosidad de afectos que a muchos cubrió. Cuando cualquiera de sus amigos tenía problemas, Cali sabía qué hacer para ayudarlos. De igual modo traté siempre de reciprocar su apoyo. En tiempos difíciles éramos sostén el uno del otro. Cali me dejaba ver muchas cosas que yo no veía. Y, sobre todo, sabía mejorarle el ánimo a cualquier persona.

Recuerdo el día, hace como cinco años, en que me llamó desde el hospital para informarme que le habían dado un diagnóstico de cáncer de colon. No es el fin del mundo, Cali —le dije—. Mírame a mí como he batallado por más de veinte años contra esa misma condición y aquí estamos hablando. En adelante, pude ir reciprocando el apoyo emocional que él me había brindado durante mi crisis con el cáncer y él pudo ir reponiendo sus fuerzas para hacer frente a su nuevo reto. Hasta llegó a escribir un libro inspiracional: “Vivir con cáncer”, el cual incluye muchos de sus escritos en el Blog del mismo nombre publicado en elnuevodia.com. El libro que lo sobrevive procura darles ánimo a los pacientes de cáncer en el proceso de enfrentar la enfermedad. Es un libro que rebosa positivismo, porque así era él.

Sin embargo, a veces el cáncer también puede ser inclemente y avanzar hasta el punto de que ningún tratamiento resulta ser efectivo y hay que suspenderlos todos. Aun así, Cali nunca perdió su buen humor. El día anterior, cuando lo fui a ver, estaba consciente y sonriente. Nos despedimos en medio de un gran sosiego como lo que éramos: dos buenos amigos que conocen lo que la vida les depara. Cali se veía en paz.

A Anabelle, a Oscarito y a Carelle mi abrazo solidario por la pérdida de nuestro Cali. Y a su perrito Jack una caricia. Que descanses en paz, amigo querido.

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