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María y la deuda en la reconstrucción de Puerto Rico

Fueron casi una veintena de servidores públicos quienes estuvieron acuartelados en las oficinas de uno de los Centro de Manejo de Emergencias. Representantes de la Policía de Puerto Rico, Departamento de Educación, Recursos Naturales, Autoridad de Energía Eléctrica, Autoridad de Edificios Públicos, entre muchas otras instrumentalidades del gobierno tenían la difícil labor de ser enlace entre diversos pueblos del centro de la isla.

Era martes en la tarde, a horas de la llegada del huracán. Los funcionarios se reunían para repasar los planes de emergencias. Listados de los catres, los víveres, los refugios, los equipos disponibles, las zonas inundables y las propensas a derrumbes. Esto lo hacían aunque no tenían luz en el Centro y la planta eléctrica estaba dando problemas. Sin embargo, eso no detuvo su labor de salvar vidas ni su esperanza de que María cambiara su rumbo.

Como un grupo de abejas laboriosas, el grupo logró arreglar la planta por ellos mismos. Los recursos de San Juan nunca llegaron y tuvieron que convertirse en mecánicos de plantas para poder dar el servicio. Tan pronto pusieron a funcionar la planta pudieron revisar las listas de los refugios y actualizar los datos de sus necesidades. Estaban dando su máximo en la labor de prevención y salvar vidas.

Las empleadas y empleados del Centro de Manejo de Emergencias habían dejado a sus familiares en sus casas sin saber si eran los lugares más seguros para los vientos de un huracán categoría 5. Sabían que las áreas no eran inundables pero los deslizamientos de terreno son cosas no muy predecibles. Y de momento uno de los servidores públicos me comenta “uno deja a su familia para servir y cuando tenga mayor edad no sé si hay chavos para mí retiro. Pero que sea la voluntad de Dios y lo importante ahora es salvar vidas”. Me contaba que había dejado a su esposa y sus dos hijos en la parte de cemento de la casa mientras daba por perdida la parte de zinc. “Van a estar bien” repetía, tal vez convencido o repitiendo una mentira para sacar fuerzas y trabajar. Un escenario similar era el que repetían los servidores públicos con los que hablé. Tal vez unos con mayores comodidades pero esos elementos se repitieron una y otra vez.

En otro momento me encontré a tres personas conversando sobre el interés de cobro de los bonistas. “No tenemos retiro y ahora nos quieren cobrar aún con ese huracán. Las pocas cositas que logramos tener los pobres las perdemos o por el huracán o por los que nos quieren cobrar” comentaban en la conversación.

Esa es una de las muchas crisis humanitarias que estamos sufriendo en este país. Se le exige a los servidores públicos de a pie que den el máximo para levantar al país. Se les exige que dejen a sus familiares para atender las crisis, para que levanten a Puerto Rico y que lo echen pa’lante. Sin embargo, los salarios que tienen no les garantiza una vivienda digna o unas comodidades básicas que se disfrutan desde zonas con aires acondicionados. Esa gente, junto a las comunidades, abrieron caminos, dejaron a sus familias y salvaron vidas. No obstante, no tienen una seguridad de que van a recibir sus retiros. Un panorama similar se le exige a la juventud. Se les pide que echen pa’lante al país mientras los trabajos que se les ofrecen son la mitad de lo que se remunera en cualquier estado de Estados Unidos. Esa es parte de la reflexión que debemos tener en este repensar de Puerto Rico.

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