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Anestesiado

Se siente raro estar fuera de la patria y escuchar los noticiarios que dan cuenta de la devastación que María dejó a su paso por Puerto Rico. Lo sientes como un malestar estomacal. Surrealista. Es como si te vieras fuera de tu cuerpo o frente a un espejo deformado.

Y de alguna manera te confunde la sensación de creer que debiste haber estado ahí mezclada con el alivio de saber que no sufrirás los inconvenientes de un país ya lisiado que acabó de colapsar en algunas áreas.

Pero no hubo peor sensación que el silencio. Esa interminable pausa en la que no supe de mis padres y hermanos. Casi un día después, recibí el críptico mensaje de mi madre que despachó por Facebook: “Estamos bien”. Solo eso. Sin detalles. Sin color. Sin emoción.

Y no supe más. Tampoco sé de queridos amigos.

Quizás es un mecanismo de autodefensa, pero uno se siente como anestesiado.

De esta sensación sólo tengo en mi memoria vagas imágenes del huracán Hugo, que pasó por Puerto Rico en el 1989 en un día similar al que María se asomaba por Borinquen hace 28 años. Recuerdo los vientos arrastrando planchas de zinc y me veo sentado en el balcón en la casa de mis padres mirando la manifestación extrema de un fenómeno natural que solo conocía en la literatura.

Luego vinieron los días, las semanas…los meses sin servicio de agua y electricidad, y el tiempo sin clases en la universidad. Vi las maromas de mi madre para asegurarse que siempre hubiera algo de comer. No recuerdo bien cómo lo hacía, pero en casa, allí en Villa Fontana, nunca faltó el arrocito con corn beef ni algunas verduritas.

María me agarró viviendo en Orlando, en donde llevo poco más de un mes. Y aunque no experimenté la pesadilla de estar en medio del rugido de los vientos ni del agua reclamando su espacio, no hay peor sensación que no saber de los tuyos.

Y tratas de disimular flotando en la cotidianidad de la vida floridiana, …Anestesiado. Esperando.

 

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