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La cultura del papelito

Me agrada y hasta aplaudo cuando jefes de agencia y corporaciones públicas de Puerto Rico se embarcan en expediciones a Estados Unidos continentales, Europa o la Conchinchina buscando experiencias y nuevas maneras de hacer las cosas para importarlas a la Isla. En la mayoría de las ocasiones se trata de expediciones para emular grandes proyectos e iniciativas novedosas. Y eso está bien.

Pero sería mejor si se copiaran buenos modelos de gestiones que ayudarían a aliviar la burocrática y complicada cotidianidad de quienes viven en Borinquen. Algunas de ellas deberían ser los trámites en los Cesco, en donde cada día miles de puertorriqueños pierden hasta un día productivo de trabajo pasa sacar la licencia, renovarla, pagar multas y otras gestiones que pudieran completarse en minutos.

Son gestiones que se tornan en horas de pesadilla porque para cada paso se requiere un papelito. De hecho, así es casi todos los procesos en Puerto Rico: se requiero un papelito para cada trámite aun cuando estamos en el siglo 21 y todos los servicios pudieran estar integrados, al alcance de un sencillo trámite utilizando el celular y completarse en solo minutos.

Si, minutos.

El miércoles, fui a sacar mi licencia de conducir del estado de la Florida. Días antes de acudir a la oficina, hice una cita a través de la Internet. Como hay tanta gente mudándose a esta zona no había citas disponibles ni Orlando ni en Kissimmee. Sin embargo, encontré en el Condado de Seminole y separé un espacio para mí ( a las 10:15 am) y otro para mi esposa (a las 10:50 am).

Ese día tuve que conducir como una hora para llegar a la oficina. Al llegar, había una pantalla electrónica en la que preguntaban si tenías. Oprimí “si”(porque todo aquí está en inglés y español) y de inmediato, una pequeña impresora instalada en la pared soltó un número con una letra.

A través de una pantalla y altavoces anunciaron en qué ventanilla nos tocaba. La joven que me atendió me pidió mi pasaporte, la licencia de Puerto Rico y algún otro documento con mi dirección aquí.

Seguido, levantó su dedo y señaló hacia un pequeño ciclograma de fondo azul a donde me pidió que me parara. “Sonríe si quieres”, me gritó y al segundo tomó la foto. Me cobró poco más de $50 dólares, me pidió que esperara 5 minutos, pero en dos ya me estaba llamando. “Mister Jouse  Jay Peresssss, here is your driver license”, soltó abanicando con su mano la pequeña tarjeta plástica. “Welcome aboard”, agregó.

Todo el proceso me tomó 17 minutos.

Confieso que es la primera vez que salgo sonriendo en la foto de mi licencia. Tenía mil razones: ni tuve que madrugar, ni dediqué horas a esto. Y cuando me toque renovarla, ni siquiera tengo que venir de nuevo pues todo se hace por Internet y me la envían por correo.

Esto no es ninguna ciencia y en Puerto Rico tenemos la tecnología para hacerlo igual…si es que queremos hacerlo.

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