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Para no morir

A veces creo, como Sherezade, la princesa persa de “Las mil y una noches” -que hacía cuentos interminables a su marido para no morir- que viajar a mi Puerto Rico me salvará de la muerte. Muerte entendida, por supuesto, en el sentido de incertidumbre y soledad que solemos pasar muchos de los que residimos fuera de nuestra Borikén.

De las “mil y una veces” que he viajado para no morir, puedo asegurar que no recuerdo haber llegado tarde al aeropuerto. Siempre llegaba temprano o minutos antes de abordar. Pero la última vez que viajé, en agosto, rompí esa regla. Estas fueron las “razones” para llegar tarde el día que más anhelaba llegar a tiempo:

– Puse la alarma para la hora incorrecta.

– Me hice café reconociendo que no tenía tiempo. Porque ya saben, uno no puede salir de la casa si no es con su cafecito.

– Paré a echar gasolina porque la noche anterior no verifiqué y la aguja estaba por el piso.

– Pensé que a esa hora de la madrugada no iba a haber nadie en la carretera.

En el aeropuerto de Orlando, por lo menos las veces que he viajado, no se encuentran las filas kilométricas en la entrada antes de pasar por seguridad. Pero el día que más anhelaba llegar a tiempo para viajar a mi Isla del Encanto me di cuenta que la fila estaba igual o peor que la de un viernes negro en Wal-Mart.

Ahora me pongo a pensar: ¿Cuáles serán las verdaderas razones por las cuales los boricuas llegamos tarde a los lugares? ¿Porque creemos que no va a haber tráfico?  ¿Porque nos ponemos a hacer otras cosas teniendo en cuenta que no tenemos el tiempo? ¿O es por gusto? ¿Será porque nos da “cosa” llegar temprano y no tener con quien hablar o qué vamos a hacer mientras esperamos?

No lo digo solo por el aeropuerto, sino en general. Bueno, realmente, no tengo respuestas para ninguna de esas dudas.

Sin embargo, puedo decir que, a mí, eso de llegar temprano me hace sentir bien. No por el hecho de ser la primera, ser “presentá” o como usted quiera interpretarlo; pero creo que es por cumplir con el compromiso y con la hora de llegada. Además, no me gusta dejar “arroyá” a la gente, como se dice.

Durante la jornada de hacer todo lo posible por llegar a tiempo al terminal es cuando me percato que no era la única loca corriendo por los terminales para llegar a tiempo. Había otra chica en la misma situación en la que me encontraba. Por suerte íbamos en el mismo vuelo, e inclusive era boricua, de Manatí.

A ella y a mí nos cerraron las puertas del avión. No nos quedó más remedio que esperar el siguiente vuelo. Durante la espera no me atreví preguntarle las razones que ella tuvo para llegar tarde. ¿Fueron las mismas mías o las de los boricuas en general? No lo sé. Pero sí me contó que iba para Puerto Rico a “recargar baterías”. Quería ver a su familia, ver si hallaba algún trabajo para quedarse. Se sentía sola en Orlando. Tenía, eso sí, dinero. La escuchaba y no podía dejar de pensar que ella, al igual que yo, viajaba a Puerto Rico para no morir.

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