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Happy birthday, Ball Four

 

En junio de 1970, hace meramente 48 añitos, se publicó Ball Four, uno de los libros deportivos más significativos de la historia… y uno de los mejores también.
En el mismo, Jim Bouton, quien había brillado a mediados de los años sesenta como un joven lanzador de recta meteórica con los Yankees de Nueva York, teniendo temporadas de 21 y 18 victorias y lanzando en varias Series Mundiales, narra, en forma de diario, sus aventuras y desventuras en la temporada de 1969.
Para entonces, ya el estrellato y la fama se habían quedado en el asiento de atrás. En vez de ser un tipo bien parecido y joven con un futuro ilimitado en el equipo de béisbol más exitoso de la historia, dándole validez a la famosa frase atribuida al estelar serpentinero de los años veinte, Waite Hoyt -‘It’s great to be young and a Yankee (Es grandioso ser joven y un Yankee)”, ya para 1969 Bouton tenía 30 años y apenas lograba mantenerse a flote lanzando la bola de nudillo, una alternativa desesperada que buscó luego de que una lesión del brazo en 1965 le embotara la bola rápida.

Bouton cuando ganó dos juegos en la Serie Mundial de 1964.

Y en vez de estar con el equipo más célebre del béisbol, Bouton, que había finalizado la campaña de 1968 lanzando en las Menores, empezó la temporada de 1969 con los Pilotos de Seattle, un equipo de expansión y de pésima calidad que estaba destinado a durar un solo año en Seattle antes de mudarse a Milwaukee y convertirse en los Cerveceros en 1970.
Al principio, Bouton, quien había tramado el libro con el periodista Leonard Shecter en 1968, cuando aún estaba con los Yankees, pensؙó que la lesión y estar jugando para un equipo malo básicamente le habían arruinado el potencial exitoso del libro. Pero resultó ser todo lo contrario: Bouton probó tener un ingenio particular para describir la vida íntima de un jugador común y corriente, en medio de un ambiente lleno de traiciones, racismo e ignorancia, así como la valentؙía de contar las interioridades embarazosas que la prensa de entonces, protectora de la privacidad de los atletas, prefería ocultar.

Una foto reciente.

Tal vez el espíritu de fines de los años sesenta, con sus rebeliones juveniles y protestas contra la guerra de Vietnam, influyeron en Bouton, quien tenía una preparación universitaria cuando eso no era tan común entre los jugadores de béisbol.
De hecho, a fines de 1968, Bouton se unió a un grupo de atletas prominentes de Estados Unidos que fue a México durante los Juegos Olímpicos para protestar la presencia de la delegación de Sudáfrica en plena época del ‘apartheid’.
Así. durante la temporada, Bouton, quien no le había dicho a nadie lo que estaba haciendo, se la pasó tomando notas y enviándoselas a Shecter en secreto, y las mismas incluían tanto lo ocurrido en el día a día de la temporada, como recuerdos de sus años con los Yankees.
Muchos de los jugadores de Seattle quedaron tan bien descritos que se volvieron inolvidables, incluyendo, entre otros, al otrora destacado lanzador Steve Barber, ya para entonces aquejado también por una dolencia en el brazo, quien expresaba la teoría de que la mejor manera de dar la impresión de estar en buenas condiciones física era exhibiendo un buen bronceado; y el receptor Jim Paglaroni, quien se pasaba aconsejando paternalmente a los jugadores más jóvenes, pero no recomendándoles tesón y disciplina, sino la mejor manera de quebrar las reglas: “Si vas a llegar demasiado tarde al hotel, llega bien tarde, como tres horas después de la hora límite, porque, si llegas muy temprano, todavía pueden estar esperándote en el ‘lobby’ para agarrarte”.

 

Y sobre todo la figura simpática y patética a la vez del dirigente Joe Schultz, un veterano de mil campañas en las Menores que por fin había logrado su sueño de dirigir en las Mayores, pero con el detalle de que le habían entregado un equipo terrible y sería despedido luego de esa temporada, para no volver a dirigir jamás.
Su consejo a un jugador que acababa de tener un mal juego, algo que ocurría a menudo, era invariablemente el mismo: “Olvídate de eso y métele a la Budweiser, que los cogemos mañana”.
Pero, naturalmente, los elementos más sensacionales del libro fueron los que destaparon el viejo mito de los Yankees: un Mickey Mantle que cuando bebؙía se ponía a llorar y a lamentar que de seguro moriría joven, igual que su padre, debido a un historial del linfoma de Hodkin en su familia; o el relato acerca de la noche que las principales estrellas del equipo, incluyendo a Mantle, Maris, Whitey Ford, Yogi Berra y, por supuesto, el propio Bouton, retaron a la muerte caminando borrachos por el alero de su piso de hotel para poder ver mejor por las ventanas a las mujeres cuando estaban desvistiéndose.

Pero también estaban ahí los comentarios de Bouton, tan en contra de la corriente: “No tengo nada en contra de los tipos religiosos, pero algún día, solo para emparejar la cosa, después de una victoria, voy a decir que la logré gracias a que no creo en Dios”.
El libro, claro, fue un enorme ‘best seller’, pero Bouton pagó las consecuencias: nadie lo firmó para la temporada de 1970, quedando fuera del béisbol, y las principales figuras de su deporte -y muchos periodistas- lo acusaron de traicionar al béisbol y de violar la santísima privacidad de los camerinos.
Los Yankees, de hecho, no lo invitaron a sus juegos de ‘Old Timers’ hasta 1998, luego de que un hijo de Bouton le escribiera una carta al propietario George Steinbrenner haciéndole el pedido.

 

‘Ball Four’, entretanto, se convirtió en un clásico de la literatura deportiva y en 1976 se también se convirtió brevemente en una comedia de televisión, estelarizada por el propio Bouton.
Pero lo que uno termina recordando, por encima de todo, es el amor por el béisbol, con todos sus defectos y virtudes, que sigue emanando de sus páginas. Después de ‘Ball Four’, escrito por quien ya era entonces un lanzador mediocre, temeroso en todo momento de que un mal juego fuera su último, quedó sepultada para siempre la práctica periodística de pintar atletas perfectos, maquillándoles todos sus defectos, para darle paso a una visión mucho más humana, que, lamentablemente, el periodismo moderno no ha logrado aprovechar del todo.
Recuerdo haber visto una vez un elogio de un lector que decía: “De ahora en adelante no voy a poder ver un juego sin imaginarme que ese relevista está pensando: ‘Un lanzamiento malo, y me bajan a las Menores… o me dejan libre’”.

 

Burlón y rebelde, Bouton escribió sobre todo eso. Y uno se ríe con él.
Pero entonces uno llega a ese desgarrador párrafo final, escrito por alguien que pensaba que tendría que dejar para siempre el deporte que había sido su vida: “Uno se pasa la vida creyendo que tiene agarrada la pelota. Pero a la larga uno descubre, para sorpresa suya, que no era así. Que era ella la que lo había tenido agarrado a uno todo el tiempo”.

 

 

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y es el autor de San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad y de la novela El último kamikaze, ganadora del certamen del Instituto de Cultura Puertorriqueña en 2016.
(ceuyoyi@hotmail.com).
En twitter, Ceuyoyi, En Facebook, Jorge L. Prez

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