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El arte de saber perder

 

Las expectativas que tenía su fanaticada eran tan altas, alimentadas por la seguridad casi rayana en la jaquetonería que é֖l mismo fomentֶó con sus expresiones antes de la pelea, que el cubano Guillermo Rigondeaux, quien reside en Miami, al parecer se ha mantenido en el clandestinaje desde que el 9 de diciembre abruptamente abandonó luego del sexto asalto su pelea por el título junior ligero de la OMB con Vasyl Lomachenko.
Inmediatamente después del combate, el zurdo Rigondeaux, quien apenas logró desarrollar una ofensiva durante todo el encuentro, dijo que se había lastimado la muñeca izquierda en el segundo asalto y sospechaba que podía haber una fractura.
Días después, sin embargo, los exámenes demostraron que el peleador de 37 años, dos veces campeón olímpico y para entonces reconocido como monarca supergallo de la AMB, no tenía fractura, sino una magulladura.

Y luego, cuando los fanáticos de Rigondeaux y numerosos comentaristas, sospechando que este había abandonado la pelea por frustración y sin hacer su mejor esfuerzo utilizando como excusa la supuesta lesión. reclamaban que se diera alguna explicación pública acerca de lo ocurrido, su entrenador Pedro Díaz compareció ante un programa radial de ESPN y sencillamente dijo que Rigondeaux no había abandonado la pelea, sino que había sido él mismo -Díaz- quien tomó la decisión de quitarle los guantes en vista de que su peleador estaba lastimado y no podía hacer nada.
Después de eso… mutis total.
La cuenta de ‘twitter’ de Rigondeaux, quien tiene más de 60,000 seguidores, y donde él había escrito comentarios como “le gano a Lomachenko y a 40 como él-, se ha mantenido callada desde un último mensaje, emitido poco antes de la pelea, en el que agradecía el respaldo de sus fanáticos y les deseaba que disfrutaran del combate.
A medida que la cola del silencio sigue alargándose, entretanto, he podido constatar que ha venido erosionándose el respaldo de buena parte de su fanaticada, por lo menos según se aprecia en muchos de los comentarios que aparecen en la página de Facebook ‘Boxeo cubano USA’, de la que el propio Rigondeaux es uno de los creadores y cuya foto adorna la fachada.

 

“Señores, ¿han visto a Rigo por ahí?”, escribió uno con cierto sarcasmo. “Si lo ven, díganle que salga ya, que ya todo pasó”.
Otros, más magnánimos, afirmaron que en la pelea ocurrió lo que debía ocurrir -Lomachenko, también doble campeón olímpico, igualmente era un gran peleador, pero más grande y mucho más joven- y que Rigondeaux volvería a demostrar su talento cuando regresara a pelear en las 122 libras, su peso natural.
Claro, si lo hace, será como excampeón, ya que la AMB, tal como había anunciado antes de la pelea, ya ha iniciado el proceso para retirarle el reconocimiento como campeón supergallo.
Algunos fanáticos, quizá menos fanatizados, lo analizaron todo con más ecuanimidad. Uno dijo, por ejemplo, que siempre pensó que Lomachenko tenía todas las de ganar por sus ventajas físicas, pero que se volcó apasionadamente a favor de su compatriota no tan solo por un sentido de patriotismo, sino por la seguridad con la que este se había expresado antes de la pelea.

 

Otro, también con realismo, especuló que Rigondeaux cogió la pelea sabiendo que estaba en amplia desventaja, cansado de esperar que aparecieran peleas importantes en su propia división. Y, total, al parecer terminó٠ recibiendo una bolsa de apenas $400,000.
Claro, siempre ha habido peleadores que han fanfarroneado o hecho vaticinios estrambóticos antes de la pelea, muchas veces burlándose de su oponente, pero por lo regular, después de perder, con cierta gallardía proceden entonces a felicitar a su rival y a afirmar que mucho de lo que habían dicho había tenido solamente la intención de promocionar el combate.
Pero Rigondeaux, que yo sepa, no ha hecho ninguna declaración en ese sentido y, para terminar de completar la humillación, Lomachenko afirmó después de la pelea, con bastante elegancia, que no la consideraba una de sus mejores victorias porque sabía que Rigondeaux estaba peleando fuera de su peso y le seguía reconociendo como un peleador excepcional… pero en las 122 libras.

 

Creo que a aquellos de nosotros que no empezamos a ver boxeo de Tito Trinidad pa’cá, toda esta tonada debe sonarnos bastante familiar: a mí por lo menos me recuerda a todo lo que rodeó a la derrota de Wilfredo Gómez ante Salvador Sánchez en 1981 cuando el boricua, que salía de favorito en las apuestas a pesar de estar subiendo de peso para retar a otro gran campeón, se pasó diciendo que esperaba tener una de sus peleas más fáciles y luego le atribuyó el revés no tanto a la posible superioridad de su rival, sino a que él lo había subestimado y no se había esmerado en el entrenamiento.
Pero por lo menos, a pesar de sufrir una paliza y una caída en el primer asalto, Gómez nunca rindió las armas y aún en inferioridad de condiciones se lanzó al ataque durante ocho asaltos.

Y luego hablaba y explicaba. Rigondeaux, lamentablemente… ni eso.

 

 

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y es el autor de San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad. Acaba de publicar su primera novela publicada, El último kamikaze, ganadora del Premio Nacional de Novela del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
(ceuyoyi@hotmail.com).
En twitter, Ceuyoyi, En Facebook, Jorge Prez

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