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Klitschko dijo su adiós

 

No hay dudas de que Wladimir Klitschko, quien el jueves pasado, sorpresivamente, anunció su retiro del boxeo, irá directito y sin peaje hasta el Salón de la Fama.
La lista de logros del ucraniano de 41 años y 6’6” de estatura, cuyo hermano mayor, Vitali, fue también un destacado campeón del peso pesado, es casi tan larga como la de las metidas de patas de Donald Trump.
Entre otras cosas:
Fue medallista de oro en los Juegos Olímpicos de 1996, en Atlanta.
Tuvo un récord excepcional de 64-5 y 54 nocauts.
Fue campeón en dos reinados diferentes, manteniendo el segundo desde 2006 hasta 2015, un período de nueve años, siete meses y siete días que fue el segundo más largo de la división completa detrás de los 11 años, ocho meses y ocho días que duró el de Joe Louis.

Hizo 18 defensas consecutivas, siendo ese el tercer reinado más largo de la historia de los pesos completos, en cantidad de peleas, después de los de Joe Louis (25) y Larry Holmes (20).
Durante buena parte de ese tiempo fue campeón de la AMB, la OMB y la FIB, y la gran razón por la que no unificó también el cetro del CMB fue que este estaba en manos de su hermano, Vitali.
Lo más excepcional de todo, sin embargo, lo señala Dan Rafael, de ESPN.com, en su artículo del jueves pasado sobre el anuncio del retiro:
“En su segunda etapa como monarca fue uno de los campeones más dominantes de la historia del boxeo, en cualquier división. Prácticamente nunca tuvo serios problemas en sus defensas a medida que acababa con un contendor de alto nivel tras otro”.
Sin embargo, esa abrumadora superioridad sobre sus rivales puede haber sido su talón de Aquiles: casi puede decirse que, así de dominante fue Wladimir en su largo reinado, así de aburrido.

 

Primero, por su estilo: siempre fue un peleador metódico, calculador. Quizás demasiado cerebral: al igual que su hermano Vitali, Wladimir tenía un doctorado en ciencia deportiva de la universidad de Kiev.
Fiel seguidor del viejo estilo europeo y, en especial, de la Europa Oriental, peleaba basándose siempre en los preceptos olímpicos del boxeo a distancia, con la guardia en alto, yabeando y marcando puntos con la izquierda y lanzando ocasionales rectos de derecha.
Con su gran ventaja en estatura y alcance, Wladimir -en especial luego de aprender la lección de los tres nocauts sufridos en la primera etapa de su carrera-, casi nunca decidía arriesgarse.
Y tal vez por esta razón, y en gran medida por la pobre calidad exhibida por la división pesada durante largo tiempo, pese a su inmenso dominio nunca se convirtió en superestrella, viéndose opacado ampliamente, en la taquilla, por figuras como De la Hoya, Trinidad, Mayweather y Pacquiao.
Aunque durante su primer reinado, como campeón de la OMB, Klitschko, basado en Alemania, llegó a hacer varias defensas en los Estados Unidos, apenas tres de las 18 defensas de su segundo reinado se produjeron en el territorio del Tío Sam.

 

Y lo peor era que muchas de esas defensas fueron transmitidas en horas de la tarde en los EE.UU., algunas veces por estaciones menores o incluso se quedaban sin transmisión en la llamada meca del boxeo mundial.
Para colmo, ni una sola de sus peleas fue transmitida por ‘pay-per-view’ en los Estados Unidos, a pesar de que su carrera se desarrolló durante lo que luego ha pasado a ser reconocido como la era dorada del ‘pay-per-view’ y de las bolsas súpermillonarias.

Irónicamente, Wladimir reservó sus peleas más emotivas para el final: el 28 de noviembre de 2015, en Alemania, luciendo lento y desgastado por los años, sufrió su primera derrota en 11 años y perdió sus cetros al caer por decisión ante el británico Tyson Fury, un peleador tosco e incómodo que, para variar, con una estatura de 6’9”, era más alto que él.

 

 

Entonces, el 29 de abril este año, Wladimir lució rejuvenecido y, por primera vez en años, dispuesto a darlo todo sobre el ring. Su problema fue que, en la pelea celebrada en el Wembley Stadium de Londres ante más de 90,000 espectadores, se enfrentó, en el británico Anthony Joshua, a un espécimen de 6’6” de estatura y 27 años de edad, y campeón olímpico de 2012, al que muchos consideraban la próxima superestrella de la división.
Wladimir dio un gran combate: superó una caída en el quinto asalto para derribar y poner en mal estado a su oponente en el sexto, antes de sucumbir luego de dos caídas en el undécimo episodio.
Dado que la revancha estaba garantizada en los contratos, todo indicaba que ambos volverían a enfrentarse el 11 de noviembre en Las Vegas y que, al fin, Wladimir debutaría en un ‘pay’per’view’ en los EE.UU.

 

Incluso, pese a su veteranía, no eran pocos los expertos que pensaban que Wladimir esta vez podía apuntarse la victoria, al haber probado en la primera pelea que podía lastimar a su más joven oponente.
De conseguir el triunfo, incluso podía aspirar a otro combate con pinta de ‘pay-per-view’ frente a Deontay Wilder, de 6’6” de estatura y marca de 38-0 y 37 nocauts, que reina como campeón de la FIB y, con su estilo kamikaze y su gran pegada, siempre brinda peleas emocionantes.
Pero entonces, argumentando que siempre había dicho que se retiraría cuando no sintiera la motivación de siempre, Wladimir decidió decirle su adiós al boxeo y convertirse, automáticamente, en leyenda.

 

 

El autor formó parte de la redacción deportiva de El Nuevo Día de 1981 a 2008 y es el autor de San-Tito, sobre la carrera de Tito Trinidad. Acaba de publicar su primera novela publicada, El último kamikaze, ganadora del Premio Nacional de Novela del Instituto de Cultura Puertorriqueña.
(ceuyoyi@hotmail.com).
En twitter, Ceuyoyi, En Facebook, Jorge Prez

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