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Dos maneras de reaccionar al sufrimiento

Creo que hay por lo menos dos tipos de reacciones cuando ocurre una situación de sufrimiento, aún entre los cristianos. Una es cuando se entiende y se reconoce que aunque no entendamos la razón del sufrimiento, tenemos confianza esperando en Dios.

Eso no quiere decir necesariamente que vamos a estar gozosos, por supuesto. Aunque hay que hacer la salvedad que Dios puede añadir gozo aun en medio de la tristeza. Dice la Palabra que el gozo del Señor es nuestra fortaleza. Es en momentos en que atravesamos una tormenta, cuando realmente experimentamos a veces lo que es el gozo del Señor. Porque es natural que cuando todo marcha bien, nos sintamos contentos.

En medio de una prueba, decir que se puede sentir gozo suena descabellado para algunos, pero para el creyente es la mejor muestra de que verdaderamente Dios está con nosotros, pues ese gozo que se manifiesta a veces, a pesar del dolor que estemos atravesando, no responde a lo que nosotros mismos logramos o hagamos. Es Dios enteramente actuando en nuestro favor; es apenas una muestra de lo abarcadora que es su gracia.

Es difícil de describir, pero ese gozo del Señor se manifiesta cuando, a pesar del sufrimiento, llega esa sensación de plenitud repentina, esa certeza de que todo va a estar bien, de que todo va a pasar. Y aunque no ocurriera así, aunque no se solucionara la situación en el tiempo que esperamos, esa plenitud que Dios nos permite sentir nos da la certeza de que él está y estará junto a nosotros.

Y esto no se trata de que mentalmente nos autosugestionemos. Es lo que equivocadamente proponen algunas filosofías, e incluso algunos que dicen ser creyentes. Que con declarar algo o pensar positivamente, van a lograr cambiar sus circunstancias.

El gozo del Señor se trata de otra cosa. Va más allá de la razón y del intelecto. Por eso no encaja en el pensamiento de los sabios o de los que quieren encajonar a un Dios que es infinito, en su pensamiento finito.

Y es que ese gozo del que habla la Palabra, es uno que no depende de las circunstancias. Es lo grande de los misterios de Dios, de la manera en que Dios obra en nosotros. Que a pesar del dolor y la dificultad, pueda darnos paz y gozo en nuestra alma.

Para algunos puede parecer contradictorio, pero la realidad es que los que lo consideran contradictorio, no podrán explicar por qué aun teniendo todo lo que consideran importante en la vida, incluyendo bienes materiales, familia, excelentes relaciones, etc, no pueden alcanzar esa sensación de paz y plenitud de la que estoy hablando. Podrán tener algo de ‘felicidad’, pero aunque no quieran aceptarlo, solo será pasajera, pues su fundamento no está en Dios, el creador de todas las cosas.

Nada de lo anterior produce esa sensación y esa certeza. Solo Dios produce esa llenura permanentemente.

Aparte de la fe, del sentido de gratitud, la paz y la conformidad con que reaccionemos a un problema o sufrimiento, hay una segunda manera en que solemos responder cuando ocurre una crisis o algo nos hace sufrir: es asumir el papel de víctima y cuestionarnos ¿por qué me sucede esto a mí?

Lamentablemente ocurre tanto entre los no creyentes como entre cristianos. Gente que actúa hasta cierto punto de manera arrogante, asegurando “yo no me merezco esto”.

De un incrédulo lo puedo comprender. Pero no de un cristiano que dice conocer la Palabra y que asegura ser seguidor de Jesús, pero que al parecer ha olvidado los sufrimientos que él padeció por nosotros.

El problema con este tipo de actitud, es que quizás sin pensarlo ni expresarlo, se le está echando la culpa a Dios por el infortunio experimentado. Algunos osan recriminarle y preguntarle ¿por qué tú permites esto? ¿Por qué a mí, que he sido tan bueno y que siempre te he servido? ¿Por qué me dejas pasar por esto?

Otros cristianos tal vez no se atreven a hablarle así a Dios, y ni siquiera dejarían que ese pensamiento aflore en su mente pues saben que sería incorrecto, pero lamentablemente con sus acciones lo hacen peor, pues sus actos hablan muy fuerte de lo que tenían realmetne en su corazón. Y eso lo vemos en cristianos que cuando la crisis golpeó su hogar, o los ataca personalmente, abandonan todo aquello en lo que creyeron. No se dan cuenta de que dan por mentiroso a Dios y su palabra con ese tipo de actitud. Son como los que mencionó Jesús en la parábola del sembrador en Marcos 4, donde habla de los cuatro tipos de terreno.

“Otros son como lo sembrado en terreno pedregoso: cuando oyen la palabra, en seguida la reciben con alegría, pero como no tienen raíz, duran poco tiempo. Cuando surgen problemas o persecución a causa de la palabra, en seguida se apartan de ella”. (Marcos 4:16-17)

Estoy hablando de personas que antes fueron muy ‘fieles’, al menos en apariencia, sin fallar a su iglesia local, sirviendo en ministerios, cooperando en obras de ayuda al prójimo, etc. Pero tan pronto la tormenta azotó su barca, se alejan de la familia de la fe, se aislan a pesar de que sus hermanos procuren comunicarse, y encima de todo, su conducta, incluyendo la manera de hablar y hasta su apariencia, muestra la rebeldía contra Dios y su Palabra.

Posterior a la crisis, en lugar de un discurso de bondad y amor, todo se centra en el ‘yo’, en decir que vivirán para ellos. Sustituyen la gratitud de antes y la alabanza a Dios, por la queja y las actitudes egoístas. Se olvidan que el daño que les pudo hacer una persona, no es culpa de Dios. Pero actúan como si lo fuera. Esa actitud, en realidad, lo que demuestra es lo que realmente estaba oculto. Es preciso decir que Dios conoce nuestros corazones, y como dice la Palabra, “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo conocerá? (Jeremías 17:9)

Por esta misma razón, Dios permitirá y provocará situaciones en nuestra vida para que aflore lo que verdaderamente hay en nosotros, sea maldad o engaño. Si somos humildes, reconoceremos el pecado y nos arrepentiremos. Si somos soberbios y creídos, lo que haremos será ponernos rebeldes con Dios, al punto de que aun aquello que antes reconocíamos que estaba mal o que era una conducta inapropiada, ahora lo practicamos y lo apoyamos. Muy parecido al ‘síndrome’ del hijo que por llevarle la contrario a sus padres, decide adoptar una conducta retante y de rebeldía.

La realidad es que este tipo de personas que han sido lastimadas por una experiencia de dolor, aun sin verbalizar su disgusto o sin pensarlo, no se dan cuenta que están enojados con Dios. Lo peor de esto no es el sentimiento, sino el procurar callarlo y negarlo. El Salmo 32:1-5, el salmista describe muy bien lo que ocurre aun a nuestro propio cuerpo, por callar el pecado, por no reconocerlo, y por otro lado, el beneficio de confesarlo:

“¡Oh, qué alegría para aquellos a quienes se les perdona la desobediencia, a quienes se les cubre su pecado! Sí, ¡qué alegría para aquellos a quienes el Señor les borró la culpa de su cuenta, los que llevan una vida de total transparencia! Mientras me negué a confesar mi pecado, mi cuerpo se consumió, y gemía todo el día. Día y noche tu mano de disciplina pesaba sobre mí; mi fuerza se evaporó como agua al calor del verano. Finalmente te confesé todos mis pecados y ya no intenté ocultar mi culpa. Me dije: «Le confesaré mis rebeliones al Señor», ¡y tú me perdonaste! Toda mi culpa desapareció”.

Dios en su misericordia, siempre da una buena noticia en respuesta a una mala. Al pecador le señala el pecado, pero luego le deja saber que hay perdón. La Palabra le muestra al mundo que está bajo la ira de Dios por culpa de ese pecado, pero le deja saber la buena nueva que Jesús pagó un precio para que todo aquel que lo acepte y crea, no muera y permanezca bajo esa ira por la eternidad.

Hace poco vi una cita de un escritor y pastor cristiano que me impactó porque recoge, utilizando el ejemplo de lo que vivió Job el de la Biblia, lo que debería ser la actitud del cristiano a pesar de sus tragedias y sufrimientos.

“Job no vio la causa de sus sufrimientos, pero vio a Dios y eso le fue suficiente” – Timothy Keller

Este pensamiento me hace recordar lo que decía el apóstol Pablo en 2 Corintios 12:7-9, al pedirle al Señor que le quitara el aguijón que lo atormentaba.

“…Así que, para impedir que me volviera orgulloso, se me dio una espina (aguijón en otras versiones de la Biblia) en mi carne, un mensajero de Satanás para atormentarme e impedir que me volviera orgulloso. En tres ocasiones distintas, le supliqué al Señor que me la quitara. Cada vez él me dijo: «Mi gracia es todo lo que necesitas; mi poder actúa mejor en la debilidad». Así que ahora me alegra jactarme de mis debilidades, para que el poder de Cristo pueda actuar a través de mí”.

Dios no necesariamente quiere solucionarte todos tus problemas, como pretenden creer muchos cristianos. La Biblia está llena de ejemplos de grandes hombres y mujeres de fe que sufrieron y padecieron tribulaciones y aun así permanecieron firmes en la fe.

No quiero minimizar el dolor que estés sufriendo por tu problema. Pero aprendamos a buscar a Dios en medio de nuestro dolor, porque la realidad es, si somos sinceros para aceptarlo, que mientras todo marcha muy bien se nos hace más difícil buscarle.

Siempre me gusta recordar el pasaje de Hebreos 4:15-16 en que se nos recuerda en la condición en que vivió Jesús al venir a la tierra en cuerpo de hombre, razón por la cual sintió y padeció de todo, incluyendo tentaciones, aunque sin pecar. Y es por esa razón que nos invita siempre a acercarnos al trono de la gracia, para que recibamos ese pronto auxilio que necesitamos. Un auxilio de perdón por nuestros pecados, y un auxilio de su gracia que nos equipa y nos da el poder para resistir a pesar de nuestra debilidad.

 

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