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El Evangelio no se vende

El evangelio no es un mensaje que se ofrece al mejor postor, o que se vende al que quiera ‘comprarlo’.

Hago la aclaración, porque en una sociedad tan volcada a vivir basando todo en sus preferencias y sus reclamos de ‘derechos’, los mismos cristianos se han contaminado con la misma corriente de pensamiento y ya no quieren algunos someterse a la verdad del evangelio.

Escogen solo lo que les gusta. Pero un evangelio moldeable a sus intereses y caprichos, no es el Evangelio. El Evangelio no se ofrece para que algunos se animen a ‘comprarlo’. Dios en su soberanía influye al hombre para llevarlo a tomar una decisión. Unos se resisten, otros no.

Vendiendo el evangelio, la iglesia ha vendido al mismísimo Jesús. Lo ofrecen cada domingo desde algunos púlpitos, como el remedio a todos tus males o como la medicina a tus problemas de salud. Y en el lenguaje entre líneas, y no tan entre líneas, casi han ofrecido al único Dios verdadero como una mera opción.

Irónicamente el mismo que botó a los mercaderes del templo, Jesús, es ahora mercadeado como una figura simpática que se ajusta a todos tus gustos y necesidades, y que si no te gusta, lo puedes cambiar.

Pero ojo, tal vez no has terminado de leer esto y ya estás generalizando y culpando a esos líderes corrompidos, o diciendo que todos son igual. Y qué me dices de los que andan buscando escuchar precisamente ese tipo de mensaje, que deleite sus oídos y lo haga sentir tan cómodo que no hay necesidad de cambiar.

Ya Cristo no es la razón de ser de muchos cristianos, sino que su razón de ser, es tener mucho, materialmente hablando; es ser feliz y que se resuelvan sus problemas. Todo se reduce al ego y la satisfacción propia. Yo en primer lugar. Cristo a lo último.

Se la ha olvidado al cristiano de hoy día que vamos a la iglesia no a buscar el bienestar propio y a que nos acaricien el oído, sino a reunirnos como pueblo a adorarlo a Él. Pero en lugar de adorar a Dios, acudimos a la iglesia a que nos rindan culto a nosotros.

Tan es así que cuando un predicador comienza a exponer el verdadero Evangelio, ese que confronta y que inevitablemente tendría que llevarnos al cambio, algunos buscan otro lugar donde se sientan más cómodos o a gusto, como si asistir a la iglesia fuera como ir a una heladería donde escoges el mantecado del sabor que te plazca.

Pero el verdadero Evangelio no es para tomar lo que nos plazca y desechar lo que no nos guste. El verdadero Evangelio debe incomodarnos en la comodidad de nuestro pecado. Debe sacudirnos de nuestra complacencia en que alimentamos nuestro orgullo y soberbia, al tiempo que nos hemos justificado en cada mal hábito que tenemos.

“Ninguna disciplina resulta agradable a la hora de recibirla. Al contrario, ¡es dolorosa! Pero después, produce la apacible cosecha de una vida recta para los que han sido entrenados por ella”. (Hebreos 12:11)

No se trata de autoflagelarnos. Pero es que la razón de ser del Evangelio nos debe llevar a adorar a Dios por lo que es y no por lo que nos da. Me debe hacer buscar su rostro en gratitud y en humildad, anhelando glorificarlo, no que me glorifiquen a mí.

Hay quienes ven a Jesús como el simpático líder que acepta a todos tal como son, y hasta se atreven a citar la Biblia para recordarnos que Jesús se sentó a la mesa con pecadores. Y es cierto. Pero lo hizo para mostrarles su amor y su perdón, sin distinción de persona, esperando e instruyéndolos para que cambiaran su conducta.

Pero los que usan la Biblia a conveniencia, nunca citan esos pasajes usando el contexto completo. A muchos les gusta saber que Jesús se reunía con pecadores, pero no les gustan sus palabras, enseñanzas y amonestaciones para que esos pecadores cambiaran su manera de vivir.

A la prostituta le dijo que no pecara más. A los cobradores de impuesto les dejaba saber que Dios desprecia al que roba a los pobres. Y a los comerciantes hacía conocer que Dios abominaba cuando trampeaban las balanzas para engañar al pueblo.

Más bien el Jesús de quien los hipócritas dicen simpatizar con él, parece más bien un objeto sobre el escaparate de una tienda, apetecible a todo ojo porque se ajusta a los gustos de todo el mundo.

Los que dicen que creen, de la boca para afuera, no quieren sin embargo vivir por el verdadero Evangelio. Ese que amonesta, que prohíbe, que provee, que consuela y promete, pero que también demanda.

El Evangelio no es lo que muchos anuncian por ahí en algunos púlpitos, ese mensaje antropocéntrico basado en la falsa idea de, “si quieres que todos tus problemas se resuelvan, ven a Cristo”.

El resultado ha sido que la gente se ha acercado y supuestamente ha aceptado a Jesús, cuando en realidad lo que estaba buscando eran los beneficios y no al dador de la bendición.

El único y verdadero Evangelio trata de una mala noticia a la que sigue una buena. La mala, es que el género humano estaba destituido de la gracia de Dios y destinado a su ira eterna, por el pecado. La buena noticia, es que Jesús intercedió por nosotros y recibió Él esa ira al ofrecerse como sacrificio, como ese cordero que se entregó a sí mismo para morir por aquellos a quien ha escogido en su inmensa gracia.

La razón, entonces, para ir a una iglesia a escuchar un mensaje, no debe ser para que me complazcan y hablen solo del tema que me interesa escuchar para que se resuelva mi problema. Mi problema se resuelve cuando fijo mi mirada únicamente en Jesús, por quien todo fue hecho.

El mayor problema del ser humano no es la enfermedad, el conflicto matrimonial, la estrechez financiera, la rebeldía de los hijos, etc. El problema mayor es vivir una vida de espaldas a Dios.

Si lo busco a Él y lo tengo a Él, lo demás es añadido. Sin embargo, mucha gente quiere las bendiciones de Dios, pero no lo quiere a Él, porque aceptarlo a Él implicaría renunciar a esa vieja manera de vivir.

Por eso es que la Palabra dice que los que están en pecado no quieren acercarse a la luz, para que su pecado no se vea. Y por eso se molestan si otros señalan ese pecado.

“Esta condenación se basa en el siguiente hecho: la luz de Dios llegó al mundo, pero la gente amó más la oscuridad que la luz, porque sus acciones eran malvadas. Todos los que hacen el mal odian la luz y se niegan a acercarse a ella porque temen que sus pecados queden al descubierto, pero los que hacen lo correcto se acercan a la luz, para que otros puedan ver que están haciendo lo que Dios quiere”, dijo Jesús mismo en Juan 3:19.

Por esta y otras razones, ya no podemos andar ofreciendo a Cristo como un sabor de mantecado o como un producto para la venta, el cual la gente escoge si lo compra o no en base a sus preferencias.

Para acercarse a Cristo hay que estar dispuesto a reconocer que se es pecador y que por ende está enemistado con Dios. Y hay que reconocer que Él entregó su vida para restaurar precisamente nuestra relación con Dios y para que fuéramos librados de la muerte eterna.

Esta forma de presentar el Evangelio no es atractiva, y lo sé. Pero el mandato de Jesús para que prediquemos el Evangelio no es para ganar simpatizantes. Es para hacer discípulos. Y el discípulo es el que busca imitar a Cristo y resuelve seguirlo a toda costa, al precio que sea, incluyendo someter su ser a la disciplina de la Palabra de Dios.

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón”. (Hebreos 4:12)

Así que pregúntate hoy si vas a la iglesia a ‘comprar’ lo que te gusta, o a que tu vida sea transformada por la gracia redentora de Cristo. Ese que no, no te condena al señalarte tu pecado. Pero sí quien se sienta amorosamente junto a ti, pecador, a mostrarte el camino amoroso de la redención que Él mismo trazó en la ruta hacia el calvario, hacia la cruz.

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